Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 7. SADIE
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7. SADIE

SADIE

Cuando Dacre me dirigió la mirada había incertidumbre, miedo, hambre y esperanza en ella.

—Vamos a complicarnos la vida —me avisó sin oponerse.

Los ojos le brillaban.

Esbocé una sonrisa triste.

—¿Desde cuándo eso ha sido un impedimento? —Fue lo primero que se me pasó por la cabeza como respuesta, ya que yo tampoco sabía muy bien lo que estaba haciendo.

—Podríamos aprender de nuestros errores —siseó entre dientes.

No obstante, en lugar de obedecer a sus palabras, sus manos se colocaron en mi cintura y la agarraron con firmeza. Noté el contacto en todo el cuerpo. Negué con la cabeza.

—Esto no va de cometer las mismas equivocaciones y reconciliarnos.

—Ah, ¿no? —En realidad, Dacre no pareció sorprendido, más bien su tono era amargo.

Reagrupé mis ideas y le expliqué:

—No. Tuvimos un inicio catastrófico y el desarrollo ha sido agridulce, con muchos altibajos. Podemos concedernos un buen final. Uno memorable y que le dé sentido a toda nuestra historia.

El actor guardó silencio. Pensé que me rechazaría, y yo lo habría aceptado.

Pero cuando me habló lo hizo con firmeza, como si pronunciara un juramento, una promesa.

—No voy a olvidar nada de lo que hemos vivido, Sadie. Aunque pudiera, no querría.

Con la ferocidad de su declaración sus labios ascendieron y alcanzaron los míos.

No hubo más diálogo.

Hicimos el amor en aquella sala. Nunca he entendido muy bien la diferencia entre el sexo y eso si el acto es el mismo, supongo que es el término que te viene a la cabeza cuando lo recuerdas, y el que a mí me aparece en la mente es que allí, mientras nos acostábamos, le quise.

Atrancamos la puerta, no nos fiábamos del todo de Gascón, y nos desnudamos lentamente.

El uno al otro, deleitándonos en el proceso.

Luego él encontró una manta oscura que dejó caer al suelo.

Más tarde recordé que nos pertenecía, que se trataba de la manta que Libe le ponía encima a su personaje después de que lo torturaran para cubrir sus heridas y salvarle.

Me tumbé encima.

Dacre me contempló desde arriba sin pudor, se puso el condón y, con la misma lentitud con la que nos habíamos deshecho de la ropa, se hundió en mi interior.

Colocó los brazos flexionados en mis costados y me penetró.

Gemí de la impresión. Recibirle fue como tocar el cielo y bajar al infierno y quemarte.

Nos perdimos entre movimientos suaves, demandantes, respiraciones entrecortadas, jadeos que se trasladaban a la boca que besaban, y mantuvimos los ojos abiertos en todo momento.

Nos memorizamos. Al menos, yo lo hice. Sus muecas, el volumen de sus músculos, lo que despertaba dentro de mí.

Me lo llevé con los sentidos y en cada una de mis pulsaciones.

Y cuando terminamos, aún con el regusto del orgasmo replicándose en el temblor que agitaba nuestros huesos y los labios hinchados, sudorosos, apoyamos la frente en la del otro. Estuvimos respirándonos un buen rato.

—Me concederás que ha sido mejor final del que nos merecíamos —bromeé con la congoja subiéndome por el pecho.

—Ha sido el que siempre debimos tener —me corrigió él.

Entonces le abracé.