8. DACRE
DACRE
No nos marchamos de inmediato. El suelo no era excesivamente cómodo, pero nos quedamos.
Me recosté contra una pared y Sadie se hizo un ovillo y se acurrucó contra mi cuerpo.
Nuestros dedos entrelazados. Había algo de posesivo e íntimo en esa postura y en la intensidad con la que nos agarrábamos, a pesar de que ninguno de los dos creíamos en cosas tan arcaicas como que una persona podía pertenecerte, ser algo más que libre.
Bien visto, el escenario era espeluznante.
Atrezo de un laboratorio infernal, cajas apiladas y estanterías sucias.
Pero no nos importó. Lo importante estaba dentro de nosotros, y era una bomba de calor que se extendía.
Aun así, para combatir el frío, que en ese lugar de Oregón nunca daba tregua, nos tapamos con la bata blanca de uno de los actores científicos, y continuamos abrazándonos.
Era tal el enredo de articulaciones que en ocasiones dudaba de cuáles eran las mías y cuáles las suyas.
La sensación me encantaba. Reparé en que la tela blanca era insuficiente, pero nos cubría las partes más vitales de nuestra desnudez.
Nos quedamos en silencio y le besé el hombro.
Fue un beso suave pero sentido.
Quise quedarme en la textura de su piel, cartografiarla y que fuese mi mapa.
Éramos conscientes de que con nuestra actitud egoísta prolongábamos la agonía de una irremediable despedida, pero qué bien se sentía alargar ese tipo de tortura.
La atraje hacia mí, la quería más pegada si es que eso era posible. Ella se dejó, presionando mi piel.
Recuerdo que jamás he estado más alerta que esa madrugada en la que con total seguridad los primeros rayos de sol habrían comenzado a despuntar en el exterior mientras nos rodeaban frascos llenos de cabezas, corazones y extremidades amputadas.
Necesitaba estar despierto para atrapar el instante, y sospechaba que ella hacía lo mismo.
No nos lo dijimos, pero el modo en el que nos fusionábamos y nos tocábamos con cierta desesperación dentro de la ternura era la confirmación.
Por una vez nuestras acciones y las motivaciones que las dominaban no distaban demasiado unas de otras.
Tenía que llegar el día en el que nos pusiéramos de acuerdo.
Sonreí con cierta amargura ante ese pensamiento.
Sadie apoyó la cabeza en mi clavícula y con las yemas de los dedos me recorrió.
Trazó líneas rectas y torcidas, y llegó a un punto en el lateral, entre mis costillas.
Cuando lo pulsó me retorcí. Emití una carcajada involuntaria.
Lo repitió y sucedió lo mismo. Se separó para buscar mi mirada y me observó con los ojos de miel abiertos como platos por el descubrimiento.
—No me digas que tienes cosquillas.
Era curioso que las cosas más nimias nos impactasen, que nos conociésemos tanto y a la vez tan poco.
—En ese sitio demasiadas. También tengo en la curva del cuello. —Me enderecé y volví a abrazarla.
—¿Por qué nunca me lo habías contado? —preguntó dejándose acunar.
Como si se tratase de un experimento, hundió un par de dedos de nuevo entre mis huesos y me removí al compás de su tacto.
La risa volvió a brotar de mi interior y el gesto se le trasladó a la cara.
Ver su mirada iluminada y divertida fue como si un tsunami me arrasara.
No había mentido. Así debería haber sido siempre.
—No suelo revelar debilidades que otros podrían usar en mi contra. —Me encogí de hombros.
Sadie presionó de nuevo con el dedo en mi costado y en mi cuello para comprobar si le había dicho la verdad. Las dos veces reí y ella terminó contagiándose de la carcajada. Al final, la atraje con la excusa de detenerla cuando la realidad era que ya la echaba de menos, que no quería que se fuera.
—¿Comprendes ahora el porqué de mi secretismo ? —le dije.
Descansó la mejilla sobre mi pecho y, serpenteando por mi abdomen, que se encogió ante su roce, suspiró y me confesó:
—Habría querido hacerte reír más.
La melancolía que impregnó su voz no me gustó.
—Discutir después de cada toma también tiene su mérito.
—Lo digo en serio. —La tristeza no la abandonó.
—Y yo.
Me quedé pensativo. Quería decirle todo lo que había significado para mí, pero me resultaba imposible. Aun así, lo intenté.
—Puede que nos hayamos equivocado en muchas ocasiones, pero sigo pensando que esto, lo nuestro, tal y como está, con sus múltiples fallos, es especial.
Apoyó la barbilla para poder mirarme a los ojos.
—¿Lo crees de verdad?
—Creo que superas cualquier fantasía que hubiese imaginado, por eso no te vi venir.
—¿De qué hablas?
—De que, si hubiera sabido el peligro que representabas para mis principios y lo indefenso que iba a estar ante ti, en lugar de bendecirte con mi arrogante indiferencia la primera vez que nos vimos probablemente habría salido corriendo cuando me hiciste el corte de mangas.
Sadie titubeó.
—¿Te arrepientes de no haberlo hecho?
Me concedí el deseo de enmarcarle la cara y besarla una vez más.
—Ni un solo segundo, lobita. Confía en este mentiroso.
Ella sonrió contra mis labios, se separó y dijo:
—Lo hago, ese es el problema, que en el fondo nunca dejé de creer en ti.
—La solté y volvió a su posición anterior.
Dibujó círculos en el antebrazo con el que la sujetaba mientras cavilaba—: Si el problema fuesen las circunstancias podríamos enfrentarlas.
No sé las consecuencias que tendrá Ecos de guerra en nuestras vidas, pero estoy convencida de que podríamos con ellas.
—Yo también lo estaba—. Pero ese no es nuestro conflicto.
—No, no lo era—. Nuestro conflicto es que nunca nos liberamos del todo del otro.
Al menos, el mío. Fuiste mi primer amor y desde entonces siempre has existido.
Ya fuera a través del orgullo, los remordimientos, el enfado, el rencor, el odio o el amor, has estado presente, y me gustaría saber quién soy sin nadie más que yo acechando en mi interior. Estar sola y conocerme. ¿Lo entiendes?
Fruncí los labios.
Sadie malinterpretó mi gesto.
—Comprendo que no te guste lo que acabo de decir.
—Lo que no me gusta es darte la razón cuando las consecuencias de hacerlo me perforan la arteria, pero la tienes.
Sadie se merecía esa oportunidad, igual que yo.
Con el paso del tiempo algo que debería ser bonito se había acabado convirtiendo en veneno, éramos parásitos dentro del cuerpo del otro y nos impedíamos avanzar.
Me pregunté cuántas veces había estado más pendiente de las emociones que ella me despertaba que de las mías propias, incluso cuando fingía lo contrario, y la respuesta fue abrumadora.
Estaba en lo cierto. Teníamos que desintoxicarnos, depurar la sangre, averiguar quiénes éramos y ser nosotros mismos sin la influencia de nadie, por descorazonador que aquello sonase sosteniéndola entre mis brazos.
Apreté los dientes. No quería dejarla marchar, más bien quería secuestrarla, pero era lo correcto. Ella rompió el silencio.
—Creo que, si nos hubiéramos conocido en otro contexto, uno en el que no hubiera sido imprescindible ampliar nuestra relación después de nuestra pésima primera mala impresión, me habría acercado, siempre he sido una persona echada para delante, y al vislumbrar tu arrogante prepotencia te habría dicho que no te lo creyeses tanto, que tenías ojos de serpiente.
Apuesto a que no habrías sabido cómo encajarlo, habrías dado media vuelta y sin intercambiar ni una palabra te habrías largado.
Habría sido una historia muy corta que ninguno de los dos recordaría ni como anécdota.
Por lo tanto, la culpa no es nuestra, es del rodaje.
Fantaseo mucho con lo que hubiera ocurrido de ser otra versión de nosotros mismos —bromeó para destensar la situación, y le pregunté:
—¿Puedo opinar?
—Sí, claro.
—No estoy de acuerdo.
—¿En qué?
—En que habría dado igual el escenario o el diálogo, me habrías interesado, atraído.
No fue el rodaje, fuiste tú, que estás fabricada con los materiales exactos y las dosis correctas para hacerme perder la cabeza.
Siempre me habrías gustado. Por eso en mi caso me parece una pérdida de tiempo pensar en volver al pasado u otras versiones nuestras.
En cualquier realidad alternativa que logre imaginar me enamoro de ti.
Ese fue el motivo de que me afectase tanto nuestro encuentro en tu casa de Pacific Palisades.
No por lo que dijiste, en el fondo sabía que mentías.
Fue porque... te esperaba combativa, con ganas de vengarte, revuelta.
Pero te encontré cruel, querías hacerme daño al precio que fuera, y eso, la posibilidad de que hubieses cambiado por mi culpa, me arrasó.
Comprobar que no lo conseguí, que sigues siendo tú, es el mejor regalo que podías hacerme esta noche. Gracias, Sadie.
Nuestras miradas se encontraron, tragó saliva y entonces la alarma sonó.
—Maldito Gascón. —Chasqueé la lengua mientras escuchaba cómo se disculpaba a gritos por haber abierto una vitrina corriendo por los pasillos. Nos apresuramos a vestirnos y ella me pidió un último favor:
—Dime una mentira, Dacre.
—Esto va a ser fácil. Dime una verdad, Sadie.
—Te quiero.
Llamaron a la puerta y la noche que nos habíamos concedido llegó a su fin.