6. SADIE
SADIE
A lo largo de los años había fantaseado muchas veces con ver a Dacre Stewart deshacerse en lágrimas, derrumbarse, con vengarme, pero cuando sucedió simplemente quise que se acabara, o sostenerle mientras lo hacía. En lugar de resultarme satisfactorio, algo se me quebró por dentro.
Y eso que él fue rápido. En cuanto me acerqué y estuve a su altura y le acaricié, Dacre me sorteó veloz y se marchó a la otra punta de la sala, donde segundos antes yo estaba apoyada en la mesa de lo que un día, en la ficción, fue un laboratorio.
Me dio la espalda. Aun así, veía cómo sus hombros subían y bajaban.
Durante unos segundos me quedé paralizada.
Me sentía igual que cuando tocas una pompa de jabón y explota, como si acabase de rozar un precioso castillo de arena, este se hubiera venido abajo y el polvo con su neblina todavía me rodeara y me cegara.
Menos mal que me recompuse pronto.
Me acerqué a Dacre de nuevo, y había comenzado a levantar el brazo cuando él me dijo con la voz rota:
—No me gusta que me veas así.
—Menos mal que a mí me gusta verte de todas las formas.
Proseguí con el movimiento, le rocé el costado y le giré con suavidad.
Verle fue devastador. No era la primera vez que me encontraba cara a cara con un Dacre Stewart destruido. En mi casa de Pacific Palisades también había sucedido, pero en aquella ocasión no me permití sentir. En esta sí. Y noté el agujero que se me formaba en el pecho.
—Necesitas ayuda —le recomendé, como semanas antes él había hecho conmigo.
—Lo sé.
Estaba encorvado y su gesto era desgarrador.
Recordé algunas de sus palabras en mi casa cuando me relataba su infancia y me estremecí:
«Si nadie me había querido nunca era porque nadie debía quererme».
Entonces no le creí, en aquel instante lo que pensaba de sí mismo y yo había contribuido a afianzar me asoló.
Levanté las manos y rocé una de sus lágrimas.
—En mi casa de Pacific Palisades quise hacerlo —le confesé mientras todavía le acariciaba las húmedas lágrimas—, no quitártelas, acompañarlas. Cuando te fuiste me quemaban las puntas de los dedos.
Dacre esbozó una sonrisa torcida, pero seguía teniendo los ojos muy tristes.
—Si hubieras venido detrás de mí, te habrías desquitado. Me quedé un buen rato llorando en tu puerta.
—Yo estuve mucho tiempo bajo la lluvia en la playa para que el frío que se me había metido en los huesos tuviese sentido.
Recorrí el trayecto de una lágrima y cuando le abandonó me fui a por la siguiente. Dacre tembló. Estaba tan desprotegido que quise abrazarle, acunarle en mi cuerpo.
—¿Cómo hemos acabado así? —se me escapó.
—No lo sé. Bueno, sí, me hago una idea.
—¿Y te gusta?
—Lo odio —confesó, y le di la razón asintiendo con la cabeza. La segunda lágrima se perdió y me fui a por la tercera. Había algo hipnótico en hacerlo, en tocarle. La humedad aterrizó en su boca. Le rocé los labios.
—¿Crees en los finales felices, Dacre?
—Creo en los finales que no dejan secuelas graves.
Seguí acariciándole la boca.
Su tacto suave.
Percibí el aliento cálido escapando al hablar.
Todo ello activó cada terminación nerviosa de mi piel.
Ladeé el rostro y me incliné hacia delante.
—¿Qué haces, Sadie? —preguntó con la voz entrecortada.
—Improvisar.
Y sin más, le besé.