5. DACRE
DACRE
De repente me sentí caer.
Nunca me había planteado cómo me sentiría cuando todo lo acumulado me venciera, pero fue como si me desplomase.
Con todas las verdades fuera no me quedaba nada a lo que agarrarme.
Las piernas me fallaron y por mi garganta ascendió una arcada.
Trastabillé y me sujeté en una de las estanterías de metal para no perder el equilibrio mientras contenía el vómito.
Cerré los ojos y apreté los dientes, soportando el temblor que me astillaba los huesos.
Estaba cansado de ser el malo, de hacer el mal incluso cuando el objetivo era algo bueno.
Lo había visto en sus ojos mientras me escuchaba.
Le había hecho daño. Otra vez. Todo por tener mi puñetera conciencia tranquila.
El consejo de Shonda apestaba. Quería arrancarme la piel a tiras.
Oí un ruido en la sala y mis sentidos se activaron.
Alcé los párpados. A pesar de lo que había hecho, de lo que acababa de descubrir, Sadie venía a consolarme.
Su primer instinto era ayudarme, aunque no me lo mereciera y no se lo fuese a permitir.
La corté a tiempo y le advertí:
—No. Ni se te ocurra ser compasiva conmigo, Sadie Sanders.
Ella frenó con los ojos todavía húmedos.
Había llorado y en el futuro lo iba a hacer más.
Por mi culpa.
La verdad de cómo se había orquestado mi partida le había afectado.
Aun así, alzó la barbilla y me plantó cara.
—¿Qué pretendes? ¿Que me quede aquí viendo cómo te vienes abajo?
—Exacto.
—Pues lamento decirte que no pienso hacerlo.
Nos quedamos observándonos el uno al otro, furiosos.
Nuestras respiraciones estaban disparadas.
¿Qué tenía que hacer para que Sadie Sanders me odiara y me olvidara?
Su perdón, su rápida preocupación, solo ponía de manifiesto que me superaba, que siempre sería mejor persona que yo, que nunca le había llegado a la suela de los zapatos.
Nos sostuvimos la mirada y fui consciente de cómo trataba de serenarse, y hasta que no lo logró no volvió a hablar.
—No estoy de acuerdo con lo que hiciste —dijo con voz pausada—. Es más, me genera un conflicto interno inmenso, pero puedo entenderlo.
Mis pulsaciones estaban disparadas, me costaba articular palabra. Quizá por eso, en vez de con una frase elocuente le respondí con un bufido amargo y una intervención a la defensiva que ella ignoró.
—Tú, siempre tan benevolente en tus juicios.
—¿Fue con lo que te chantajeó mi hermano?
Mi mirada se abrió. Me aferré con más fuerza al estante.
—Pareces sorprendido.
—Lo estoy.
—¿Por qué?
—La gente no suele sacar a relucir sus miserias cuando no es estrictamente necesario.
Y en ese caso no lo era.
Jamás se lo habría contado.
No habría añadido sal a la herida.
Ella ladeó el rostro y me examinó.
—Es curioso que precisamente tú lo digas.
Avanzó un paso.
Yo me eché hacia atrás, retorciéndome.
—¿Por qué?
—Porque acabas de hacer lo mismo, Dacre.
Podrías haberte ido de aquí sin contármelo, pero has decidido hacerlo.
Ser sincero y no dar por sentado que la verdad me destruirá o, en el caso de que así sea, has elegido no robarme el derecho a sufrir.
Tarde, pero lo has hecho. ¿Acaso no ves las semejanzas?
Prorrumpí en una carcajada cargada de sarcasmo. Luego le escupí con frialdad:
—No compares.
—¿Por qué?
Sadie no detuvo el movimiento. Dio otro paso. Retrocedí. Parecía un baile. Estábamos armonizados. Solo que ella podía seguir avanzando y a mí me estaba dejando arrinconado en la esquina, entre los estantes y la puerta.
—Tu hermano sufrió un ataque e hizo tonterías. Se le fue la cabeza. Podría estar justificado. Yo te hice daño porque me había encaprichado de un papel protagonista. No son las mismas circunstancias.
Adelantó una nueva zancada y mi espalda chocó con la pared.
Estaba atrapado.
Sadie me contempló con dureza.
—Estas semanas me he dado cuenta de que olvidas convenientemente una cosa.
Me faltó mostrarle los dientes de lo angustiado que me sentía.
—¿Qué?
—Yo también te hice daño en mi casa de Pacific Palisades, y cuando anuncié a Rose Plec que abandonaba Averno sabiendo que tú podías intuir que era por tu presencia, conociendo que además podría acarrearte consecuencias laborales.
—Alzó la mano y me acarició la mejilla con dulzura sin ningún tipo de miedo—.
Y me arrepiento profundamente de ambas decisiones.
Esto no es una competición para ver quién lo hizo peor, Dacre. Los dos lo hemos hecho mal y bien.
Al sentir su contacto, rompí a llorar.