Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 4. SADIE
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4. SADIE

SADIE

Cuando Dacre me habló de cometer un último error no me imaginaba que se refería a un delito.

Quedamos en la barrera del complejo, de madrugada, con los últimos coletazos de borrachos regresando a sus cuartos después de una fiesta excepcional.

Llegué la primera y me apoyé en la piedra.

El actor surgió al rato de entre las sombras y lo hizo acompañado.

Se acercó a mí adelantando al resto y me fue desmenuzando el motivo de la presencia de cada uno de nuestros acompañantes con cierta apatía. Había algo vacío en su mirada.

—Quiere protegernos de nosotros mismos —dijo señalando a Candice, que, junto con Laura, se había quedado un poco rezagada.

Asentí. Admito que en un primer momento me molestó que viniera, pero entendí que en realidad Candice se encontraba en una posición delicada. La de mantenernos a salvo a ambos. No querría estar en su piel.

—¿Y ella? —Señalé a Laura. Como digo, habían tenido la delicadeza de detenerse unos pasos por detrás y simulaban admirar la belleza de las figuras del jardín que, con la oscuridad cubriéndolas, tenían cierto aspecto tétrico, gótico, como de animales de cuento caídos y sumergidos en una pesadilla que los retorcía.

—La han arrastrado —dijo con esa apatía que le acompañaba.

Yo estaba recostada en la barrera de piedra. Me enderecé y me pregunté si su estado tendría que ver conmigo, si había ido demasiado lejos al provocar aquel encuentro.

Gascón surgió entonces con aire desollado. Respiraba a trompicones y, por el estado de su ropa, no tuve ninguna duda de que venía directo del evento en el salón, donde, a diferencia de nosotros, él lo había dado todo como correspondía.

—¿Y este? —Alcé las cejas mientras se aproximaba.

Éramos demasiados. Aquello se distanciaba, y bastante, de lo que tenía en mente.

Busqué la mirada de Dacre. Al actor también debería importarle, tener su propia opinión al respecto, pero parecía desanimado, como si poseyese más información que yo sobre lo que iba a pasar.

Y la poseía.

—Ha venido a evitar que ellas tengan éxito —explicó.

En ese instante, Gascón asomó por su espalda. Estaba animado. Al menos, uno de nosotros se mostraba entusiasmado por lo que fuera que iba a suceder en aquella reunión improvisada.

—¿Nos vamos? Me muero por saber lo que ha ideado esta maquiavélica mente para el final de la etapa de Averno .

Quise corregirle y decirle que la mente de Dacre no tenía nada de maquiavélica, pero, en su lugar, pregunté:

—¿No se lo has contado?

¿Se habían apuntado al plan sin conocer su desarrollo?

—Era una sorpresa —admitió, de nuevo, hueco.

Cuando Dacre nos tuvo allí a todos y nos explicó lo que íbamos a hacer, Candice se llevó la mano a la boca y emitió un gritito histérico, Laura rumió poco convencida «De esta me despiden» y Gascón silbó y dijo: «Mola, aunque estas cosas se avisan.

Tendría que haber venido preparado para llevarme el trono».

Su plan no era otro que asaltar una de las naves de almacenaje de los materiales de la película y la serie y llevarnos lo que quisiéramos de recuerdo. Me pareció justo. Nos habíamos entregado por completo a su universo, así que nos merecíamos quedarnos con un trocito de él.

Laura se ofreció a conducir.

El nerviosismo de los demás no se replicó en el semblante de Dacre cuando nos dirigimos al coche ni cuando nos subimos, a pesar de que era él quien lo había tramado.

Parecía que tan solo había elegido un escenario al azar para reunirnos a todos.

Su comportamiento alicaído comenzó a preocuparme.

Menos mal que su actitud contrastaba con la emoción desmedida y en aumento que presentaban los demás, sobre todo Gascón, que no podía estarse quieto.

—¿Podremos llevarnos todo lo que queramos, sin límites? —preguntó el susodicho emergiendo del asiento de en medio de la parte de atrás del vehículo.

Estaba sentado entre Dacre y yo, que permanecíamos con la espalda apoyada en el respaldo. Me percaté de que Candice, desde su posición de copiloto, colaba la mano por uno de los huecos y acariciaba la pierna de Dacre a la par que este decía:

—Haz lo que te dé la gana.

La chica sabía más que yo.

Habrían hablado antes.

Me gustó su complicidad.

—Pero mira que eres borde, aunque con tu mala influencia compensas —rio Gascón.

El resto del camino Dacre siguió raro, muy raro, excesivamente silencioso y cetrino.

Alcanzamos nuestro destino. Si me quedaba alguna duda de que había algo que se me escapaba esta se resolvió en cuanto bajamos.

La mirada preocupada que Candice nos dirigió a ambos cuando salimos del vehículo no admitía dudas, pero...

¿qué podía ser peor de lo que ya conocíamos?

Mentiras, engaños, traición y mi puñal clavado en su corazón.

Decidí confiarme, aunque mi instinto me dijo que no lo hiciera. Caminamos hasta la puerta.

—¿De cuánto tiempo disponemos? —consultó Gascón, y Dacre le respondió:

—Del que quieras. Esto no es el robo del Louvre.

Los objetos principales de Los nueve círculos y Averno se encontraban expuestos en los estudios abiertos al público, los que tenían la función de museo.

Pero habíamos producido mucho más material.

De esta forma, y por si acaso en el futuro los necesitaban, los guardaban en una nave aparte, justo detrás del museo.

Era amplia, pero no estaba iluminada como las demás y no tenía personal de seguridad vigilando.

—Desbloquearé la alarma —anunció Dacre. El frío provocaba que su aliento se condensase y ascendiese como columnas de humo.

—¿Cómo has conseguido los números? —le interrumpió su amigo.

—Mis mensajes son el regalo perfecto de cumpleaños. —Esbozó una sonrisa amarga.

—Así que has sobornado a alguien. Genial, continúa.

Dacre nos explicó que no teníamos límite de tiempo, aunque convendría haber terminado antes de que fuese de día, y que podíamos hacernos con cualquier cosa, la que fuera, menos las que se encontraban en urnas, que tenían su propia alarma con un código que desconocía.

—Son un par, así que no creo que tengáis la imperiosa necesidad de cogerlas y ponernos a todos en peligro. —Le dirigió a Gascón un gesto de advertencia y él le regaló una mueca inocente que ninguno se creyó.

Con toda la información nos dirigimos a la puerta.

Desbloqueó la alarma y pasamos. La nave tenía varios tipos de iluminación y activó la más tenue.

Desganado, repitió las breves indicaciones y nos pusimos en marcha.

Tomé el pasillo de la derecha. Recordaba el espacio.

Allí era donde el Departamento de Arte acumulaba sus bártulos.

Había salas, pasillos y montañas de cajas.

—Mira, cada uno se ha ido hacia un lado —escuché a Gascón hablando a mi espalda, deduje que con Candice—. Además, no se van a poner a follar sabiendo que estamos por aquí merodeando.

—Me preocupa más que encuentren alguna daga... —le contestó ella poco convencida.

Me alejé y dejé de oírlos.

A pesar de que no era lo que había imaginado cuando habíamos quedado, la experiencia me estaba gustando.

Recobré la sensación efervescente de cuando era niña y espiaba las fiestas de mi madre.

Mi madre... Todavía tenía que reflexionar acerca de qué haría con ella.

Caminé un buen rato deshaciendo pasillos y finalmente entré en una de las salas.

La luz blanquecina que pendía del techo parpadeó por la falta de uso cuando la encendí.

Enseguida descifré lo que tenía delante.

El laboratorio, la sala de torturas donde los científicos hacían sus desgarradores experimentos excusándose en el conocimiento y el poder de la ciencia.

En el tour por los estudios principales habían incluido las mazmorras y los espacios de tortura más vistosos, pero no estos.

Aquí el daño era más sutil, aunque superior, menos llamativo para el público.

Me dirigí al final, donde el líquido de las probetas relucía con el tono verde de la mirada de Dacre, y la puerta que había dejado entornada se cerró detrás de mí.

No sé cómo, pero adiviné que se trataba de él, quizá porque era lo que había deseado todo el rato.

—Me has encontrado —le dije todavía de espaldas.

—Te he seguido —me corrigió.

Me giré y le encontré de pie, al fondo, observándome.

No sé por qué sonreí, aunque su gesto continuaba siendo inescrutable.

—¿Por qué hemos venido aquí? —le pregunté quedándome en el sitio y apoyándome en la fría mesa metálica que tenía detrás.

Dacre me contestó con indiferencia.

—Candice se ha empeñado en que le dijera a dónde iba y me he visto obligado a decirle algo. Cualquier lugar habría servido, pero este era el más creíble. Nuestra última noche asaltando los almacenes de Averno .

Me recorrió una sensación agridulce.

—No la llames así. «Nuestra última noche».

—¿Por qué? Es la verdad.

Le aparté la mirada. A pesar de que estaba en lo cierto, no quería que nuestro encuentro final estuviese bañado de tristeza. Deshice el nudo de la garganta y contemplé lo que nos rodeaba. Material científico, estanterías llenas de cosas.

—¿No te trae recuerdos? —le pregunté observándole de nuevo en un intento de reconducir la conversación. Con esos artilugios a su personaje le habían mutilado, lo habían abierto en canal y le habían introducido múltiples líquidos corrosivos dentro para comprobar el alcance de su poder.

Él ni siquiera los miró.

—No me encariño con lo material. Lo deseo más de lo que después lo quiero.

—Pero ¿no hay nada que te quieras llevar? —insistí.

Estiró el brazo sin retirarme la mirada y agarró lo primero que pilló de uno de los estantes.

— Esto .

Al ver lo que era, reí.

—Bonita cabeza reducida en un frasco.

Su mirada se intensificó.

—Lo que me gustaría llevarme del rodaje no se puede robar, Sadie.

Mi bajo vientre se estremeció.

—Venga, va, seguro que hay algo. No puedes ser tan poco materialista.

Él pareció dudarlo y finalmente me concedió el deseo, me obsequió con unos últimos segundos de calma.

—El guion del primer capítulo con la biblia en la que figuraba como el número tres. Sería agradable mirarlo y pensar que me conformé y no hice todo lo que estaba en mi mano para cambiarlo.

Entendí de qué hablaba. Durante la grabación de Averno todos sus actos habían estado dirigidos a alterar esa posición en la lista y convertirse en el número uno, tal y como había terminado sucediendo en la película.

Había resquemor en su voz. Algo punzante.

Peligroso. Y quise evitárselo. A fin de cuentas, ya le había perdonado. Al menos, por eso.

—Aspirar a llegar lejos no es malo.

Resopló.

—Depende del precio que estés dispuesto a pagar. El mío fue alto. —Hasta ese momento no se había movido, pero entonces lo hizo. Ladeó el rostro y con sus pupilas fijas en las mías me dijo—: ¿Para qué crees que hemos venido, Sadie?

Sonreí.

—Para robar algo mejor que una cabeza en un frasco, eso seguro.

Dacre negó con la cabeza. Había demasiada seriedad y dureza en la contundencia de su expresión. Sus ojos se transformaron en dos rendijas, esbozó una sonrisa rasgada y tuve el tiempo mínimo para prepararme para lo que venía antes de que dijese con aspereza:

—Estamos aquí para que me puedas dejar atrás sin remordimientos o cargos de conciencia. Voy a romperte el corazón. Otra vez.

Y acto seguido me contó cómo fue su verdadera salida de Averno .