3. DACRE
DACRE
Cuando llegamos al hotel fui directo a buscar a Shonda sin pasar siquiera por mi habitación para quitarme el sudor.
Nos alojábamos en el mismo resort que en el reencuentro, de manera que lo conocía bien.
No tardé en localizarla. Nuestra representante había viajado a Brookings para marcar territorio, poner límites y evitar que sucediera lo de la última vez.
Por el camino, se había topado con que pensaban hacer algo especial, recogerlo en vídeo, con la última escena, y se había visto obligada a asistir, del mismo modo que obligada estaba en la fiesta improvisada que a la vuelta surgió en uno de los salones del complejo.
Hubo personas que se acercaron a hablar conmigo cuando entré, pero pasé de largo ignorándolas.
Anduve hasta que me aseguré de que Shonda me veía, y con un gesto de cabeza le pedí que me siguiera.
Ella se disculpó con la gente con la que estaba hablando.
Era igual de solitaria que yo, pero más correcta.
Después se unió a mí en mitad del salón y caminamos en silencio hasta que encontré una puerta cualquiera abierta, pasamos y al otro lado nos recibió una estancia con sofás de cuero marrón y una chimenea cuyo fuego estaba apagado.
Caminé hasta la chimenea y me puse de espaldas.
Noté cómo la inquietud me recorría los hombros como una serpiente.
—Cuánto misterio y qué desagradable es que me saques así de un evento, sin decir ni una sola palabra...
—Shonda acudió a mi lado. En el fondo, agradecía haberse marchado de ese lugar porque así se ahorraba tener que sociabilizar.
Además, le carcomía la curiosidad, aunque jamás lo admitiría y no dejaría de mostrar su indiferencia—.
¿Vas a hablar o tengo que confirmarte que no me gusta jugar a las suposiciones? —me animó, y yo disparé:
—¿Nos han ofrecido contratos?
Ella respondió lentamente con la sospecha impregnando su voz.
—Sí, una lluvia de ofertas. De hecho, he tenido que pedirle a mi ayudante que se revise la vista por si le conviene graduarla por todas las horas que se va a pasar leyendo guiones en adelante para el cribado.
Y todavía no se ha estrenado la película —apuntó a sabiendas de que, si ya me reclamaban entonces, con el filme, el deseo por mi figura se multiplicaría. Era un secreto a voces.
Asentí con firmeza y ella me dejó hacer.
Una de las cosas buenas de Shonda es que no presiona ni rellena el silencio con cuestiones absurdas, permite a la desesperación llevar su proceso. No tiene prisa. Y yo estaba muy desesperado.
Apoyé las manos en la repisa de la chimenea con violencia y cerré los ojos.
Tomé aire por la nariz y lo expulsé por la boca para tratar de relajarme.
No surtió efecto.
Luego traté de analizarme a mí mismo.
Desentrañar las emociones de los personajes de una novela para después aplicarlas en mis interpretaciones era sencillo, ellos te decían qué hacer.
Solo tenías que creértelo e imitarlo. Saber lo que yo mismo estaba experimentando, no tanto.
Yo no tenía un maldito manual. No era una novela.
Pero tenía que sentir. Mi corazón latía y estaba vivo. Me sucedían cosas.
Navegué por mis profundidades y no encontré nada.
«Vas a volver —me dije—, Hollywood te quiere de nuevo y va a arrepentirse por los años en los que te ha rechazado», insistí, pero no noté ni una mínima perturbación en mi interior, así que, algo irritado por los resultados, probé con la segunda opción.
Agarré con más fuerza la chimenea y con los ojos todavía cerrados le pregunté:
—¿Sadie te pidió que me representaras?
Ella replicó con ironía:
—¿El mundo es redondo? Ya sabes que sí, Dacre.
Asentí de nuevo.
Por supuesto que lo sabía.
Shonda no había necesitado decírmelo cuando me llamó.
Es más, quizá había influido en la rapidez de mi decisión de volver con ella sin pensarlo, de eso no estaba seguro.
La ilusión de conocer que lo que Sadie sentía por mí se había visto alterado hasta el punto de pedir un favor para ayudarme había sido tan abrumadora que me había extasiado.
Pero no era ese día el que me preocupaba, era el que ahora estaba viviendo.
Por segunda vez traté de examinarme y llevar a cabo un viaje introspectivo.
La confirmación debería haberme despertado algo positivo, una chispa de alegría, pero si lo hacía, yo no la encontraba.
Era como caminar a oscuras. Estuve así un buen rato hasta que me di por vencido.
Alcé los párpados y golpeé la chimenea. Cuando me giré estaba furioso.
—¿Por qué nunca consigo ser feliz? Tengo todo, y nada, se me escapa.
Había más rabia y frustración en mis palabras que un intento de desatar compasión.
Como Shonda era la única que estaba allí la fulminé con la mirada cuando en realidad lo que me apetecía era fulminarme a mí mismo.
Había logrado regresar, eso no era fácil.
Había logrado que la chica a la que quería dejase de mirarme con asco, eso debería haber sido suficiente.
Me encontraba en un punto bonito de mi vida y lo único que me apetecía era arrancarme las tripas.
No podía ser solo por Sadie. Estaba en mí, como un parásito, la insatisfacción.
El hambre que nada calmaba. Y si no era la ambición o el amor, no me quedaba nada más a lo que recurrir.
Me encontraba hueco y perdido.
Famélico de emociones.
Shonda me observó con los ojos entornados y descubrí por qué había recurrido a ella.
Mi representante nunca tuvo miedo de verme como realmente era, no le afectaba.
El resto se habría preocupado, alarmado, pero ella tan solo me dio una lección de sinceridad sin andarse por las ramas.
Esperó a que mis pulsaciones se relajasen, y al darse cuenta de que no iba a ser posible me dijo:
—Cuando te encontré en Las Vegas no pensé que estuvieses roto, y ahora tampoco lo hago.
No hay nada malo en ti, Dacre. A las buenas personas les pasan cosas crueles y las buenas personas también llevan a cabo actos indeseables.
No somos perfectos, y es precisamente eso lo que nos define, los fallos.
Te crees malvado, pero eres incapaz de cruzar algunas líneas; trazas barreras, eso es lo que veo cada vez que te equivocas.
No lo que has hecho, lo que no estás dispuesto a hacer.
Como ahora mismo. Lo que te preocupa no es la perspectiva de no encontrar la felicidad, es que tienes la posibilidad de marcharte de aquí con la conciencia limpia, pero las consecuencias de ese acto te dan miedo.
Lógico. Mi consejo, si lo quieres y no me estás haciendo perder el tiempo, es que no desaproveches la oportunidad de actuar como debes.
No es que no tengas sentimientos positivos, Dacre, es que tus principios no te van a permitir sentirlos hasta que no hagas las cosas bien. Por una vez. Cambia la historia.
Dio en el clavo.
Tenía principios . Y no podía arreglar cómo había empezado nuestra historia, pero sí cómo iba a terminar.