2. SADIE
SADIE
Sabía que no debía pedírselo, igual que sabía que si lo hacía idearía algo, que no podría resistirse, que sería tan débil como yo.
Nos estábamos consumiendo, acabando con nuestra energía, y permanecíamos enganchados a aquello que nos la absorbía.
La opción de recobrar lo que un día pudimos ser no existía, ambos éramos demasiado reticentes a ello, por eso nos conformábamos con nuestros pequeños instantes de consuelo.
Insuficientes pero momentos, al fin y al cabo.
No sabía que estaba echando la vista atrás y reduciendo la velocidad hasta que Freddie me instó a que me apresurara. Me rodeó los hombros con el brazo y con una sonrisa me dijo:
—Vamos, Sads, aquí estaréis acostumbrados a las temperaturas bajo cero, pero de donde vengo yo este frío es insufrible. Se me están congelando los mocos. No sabía que tal cosa podía suceder. Es la sensación más desagradable y asquerosa que he vivido en mucho tiempo —dijo riendo.
Volver a verle de buen humor me llenaba por dentro. Estaba allí por Nate y por mí, y si se había decidido a caminar conmigo era porque se pasaría el resto de la noche con su novio.
Anduve un paso y eché de nuevo la vista hacia atrás, vulnerable ante el poder de atracción que Dacre ejercía en mí como si él se tratase de la luna y yo de las mareas.
Estaba allí visiblemente contrariado, aunque intentaba no aparentarlo, por lo que acababa de adoptar su habitual gesto inexpresivo cuando las cámaras habían dejado de grabar y la postura quieta, como si después de su propuesta se hubiese congelado.
Sabía que mi súplica le confundiría, pero no había sido capaz de no hacérsela.
No quería estar con él, no en las condiciones en las que nos encontrábamos después de tanto, pero tampoco deseaba dejarlo marchar.
Suspiré y negué con la cabeza.
Angustiada, retomé el movimiento y Freddie me observó con suspicacia.
Siguió la dirección que segundos antes había marcado mi propia mirada y de repente lo comprendió todo.
Apretó los labios. Al principio, parecía enfadado.
Molesto. Traicionado. Me había repetido tantas veces la animadversión que sentía por Dacre que comencé a temer que aquel descuido nos distanciara.
Creo que esa era otra de las razones por las que Dacre y yo no podíamos volver. Freddie le odiaba y yo no me perdonaría que nuestro frágil vínculo se debilitara o acabara roto por culpa de una relación que había demostrado de todas las maneras existentes que no era posible.
Él la había fastidiado.
Yo también.
Ninguno de los dos había actuado siempre bien con el otro.
Y el amor no tenía ese tipo de fallos. Era un sentimiento abrasador que sacaba lo mejor de ti, y en nuestro caso había sacado lo malo, de manera que debía de tratarse de otra emoción, una sin nombre.
Me mordí los labios y en mi cabeza esbocé una disculpa, aunque no sabía exactamente qué era lo que quería decirle a mi mellizo. ¿Que me perdonara por sentir? ¿Que no sabía cómo ponerles un lazo a mis sentimientos y que me obedeciesen?
Llegamos al punto en el que los focos que habían iluminado la escena y la despedida se desvanecían y el terreno daba paso al aparcamiento.
Fue allí donde Freddie frenó sin previo aviso.
Me recorrió una sensación nerviosa, la de la incertidumbre por lo que acababa de averiguar y no necesitaba que le confirmase.
Durante unos segundos pareció petrificado, la musculatura de su cuerpo estaba tensa, apretaba la mandíbula, le chirriaban los dientes.
Me lancé a intentar arreglar lo que fuera.
—Freddie... —titubeé, y él me cortó.
—Le amenacé —escupió secamente. Yo parpadeé de la impresión.
—¿A quién?
Mi mellizo se encogió de hombros desganado, y el asco que profesaba a la persona cuyo nombre dijo a continuación influyó en la modulación indiferente y fría de su tono.
—A Dacre —confesó—. Le dije que participase en el reencuentro y que te convenciese, o que de lo contrario te haría una cosa muy mala.
Aquello me horrorizó.
Mi hermano no sería capaz..., ¿o sí?
—¿El qué...? —balbuceé con un hilo de voz y las emociones enredadas.
Él me miró vacilante, con la culpabilidad en los ojos y la duda sobre si contarme la verdad o no bailándole en la punta de una lengua que finalmente chasqueó.
No me iba a decir cuáles eran las condiciones del chantaje, las consecuencias ni lo que había usado en contra de Dacre.
Me soltó y se apoyó contra la carrocería de una de las caravanas de Maquillaje.
De repente parecía muy cansado, como si el peso de lo que había estado a punto de hacer le hubiese alcanzado.
—Da igual, yo no habría sido capaz de cumplirlo.
Se disculpó. Bajó la mirada apesadumbrado y arrepentido y comenzó a juguetear con las manos como cuando era niño, se daba cuenta de que lo que había hecho estaba mal y tenía que admitírselo a sí mismo.
Estuvo así un buen rato hasta que por fin me miró a los ojos con una mueca que le conocía muy bien, la de que no le gustaba lo que iba a decirme pero, a pesar de todo, debía hacerlo.
—El caso es que nunca me planteé utilizar a otra persona para lograr lo que quería, en mi mente siempre estuvo recurrir a él. Solo podía ser Dacre.
—¿Por qué?
Detestándole no tenía sentido que le pidiera ayuda o confiase en que hiciese lo que fuera, a no ser que lo que tuviese en su contra fuese grave. Se me hizo un nudo en la garganta y las siguientes palabras le rasparon a Freddie en la boca.
—Porque sabía que él no me obligaría a cumplir mi palabra.
Dacre era el salvoconducto de que podía permitirme la licencia de pronunciar cualquier burrada sin la necesidad de tener que ejecutarla.
Él... haría cualquier cosa por protegerte, Sadie, por cuidarte, sin oponer resistencia o hacer preguntas, aunque le convencí de que su motivación era precisamente lo opuesto, salvar su propio culo.
Tiene muy mal concepto de sí mismo y me beneficié de ello.
Lo que me estaba contando me dolió y la curiosidad por lo que había sucedido no hizo sino crecer, pero sabía que no era el momento. De repente todas las veces en las que le había acusado de forzarme a participar en el reencuentro me pesaron. Tragué saliva y me dejé caer a su lado sobre el vehículo.
—¿Por qué me lo dices ahora?
Soltó una risa amarga.
—Porque tengo ojos en la cara, Sadie. Veo cómo os miráis. Cómo os seguís mirando.
—¿Y qué? —Nuestras emociones no tenían por qué afectarle.
Dio una patadita a una piedra que tenía debajo, la lanzó lejos y clavó las pupilas en las mías.
—Porque no quiero ser el impedimento. No quiero que estéis juntos, pero tampoco quiero ser yo el motivo que os lo impida.
Por mucho que me reviente, Dacre Stewart ha hecho bastante más por ti durante estos meses que yo.
Él ha estado, a pesar de no apetecerle una mierda.
No vaciló en cuanto me vio, e hizo lo necesario para que todo lo que quería sucediese sin que tú sufrieras.
Creo —carraspeó por lo mucho que le costaba pronunciar las siguientes palabras— que a su manera te quiere.
Que nunca ha dejado de hacerlo. —El resentimiento todavía no había abandonado su voz, pero me di cuenta de que la esperanza se abría paso.
Acababa de admitir algo positivo del actor, que me quería, que era una persona entregada, que me cuidaba.
Eso, unos meses atrás, habría sido impensable.
Algo se me estremeció en el pecho.
Freddie desvió la mirada y sus ojos chocaron con los del actor, que no nos había quitado la vista de encima y nos contemplaba camuflando la tensión.
Me pregunté si sospecharía de lo que estábamos hablando y de ahí la rigidez de su cuerpo o si continuaba dándole vueltas a lo que iba a ocurrir esa noche.
Dacre y Freddie se sostuvieron la mirada con seriedad, sin nada amistoso en sus gestos. La tensión se cortaba en el aire. Pensé que de un momento a otro se abalanzarían el uno sobre el otro, Freddie intentaría pegarle y el actor se vería obligado a contenerlo sin apenas esfuerzo.
Pero no fue lo que sucedió.
El primero en claudicar fue mi hermano. Protagonizó una especie de asentimiento seco y al segundo Dacre le imitó. Sellaron algo muy similar a una tregua y deseé que, más adelante, si todo iba bien, llegase la paz.
Un conductor vino a por Dacre, el actor se marchó, y antes de hacer lo mismo me vi en la obligación de aclararle algo a Freddie.
—Si no funcionamos, no es por ti.
Cuando aquello se acabase, porque se iba a acabar, no quería que mi hermano cargase con ningún resquicio de culpa.
Freddie había sido injusto al culpar de su ataque a Dacre, y quizá en cierto modo me lo había contagiado, pero si nuestra historia rehuía los finales felices era por nosotros; nadie más tenía ese protagonismo.
Retomamos la marcha y me pregunté de qué iba la amenaza que le hizo, cuál sería nuestro último error y sobre todo qué secuelas dejaría.