Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 1. DACRE
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DACRE

Nos sorprendieron cuando nos dijeron que el final de Averno se grabaría en Brookings.

Después de toda la filmación huyendo del emplazamiento original más popular de la trilogía, era allí donde se cerraría, donde se cerró.

Su secreto mejor guardado. Además, con el equipo de actores al completo.

Luego, cuando dispusimos de más detalles, todo cobró sentido.

Grabamos varios finales alternativos por si alguno se filtraba.

Sin embargo, desde que leí el guion de uno de ellos supe que ese sería el definitivo.

Se desarrollaba en el bosque en que Libe y Jude se conocieron, cuando mi personaje le dijo: «Soy la persona que te va a secuestrar y que aún tiene que decidir si te asesina a sangre fría o se beneficia de lo que representas».

Tuvimos que rodar de noche, en secreto, con muchas medidas de seguridad y rápido, en pocas tomas, para evitar que se corriese la voz y que aquello se llenase de curiosos.

En el camping donde nos alojamos cuando todo se inició estaban encantados.

Aquello supondría más visitas para ellos y un aumento en el valor de ese destino turístico.

En la ficción, durante los años que transcurrían entre el final de la serie y la película, el bosque había estado maldito.

Ocurrían sucesos . Todos malvados, tenebrosos y desagradables, sangrientos.

Entonces, en un cierto momento, se sabía que era por las almas torturadas que habían sido retenidas allí y que habían enloquecido, y que nosotros liberábamos al final del filme; también porque allí estaba el acceso al Averno y el firmamento, y ambos se necesitaban para reestablecer el orden.

De esta manera, la presencia del cast tenía sentido.

Personajes antiguos y nuevos. Personajes vivos y muertos.

De un modo u otro, todos habían terminado allí. Era poético.

Para la escena que pondría fin a la película, los supervivientes se desplazaban entre los árboles sumidos en un profundo silencio la noche siguiente a la cruel batalla en la que se habían alzado victoriosos.

Caminaban por la naturaleza, unidos, y con ellos aparecían los caídos en su forma más etérea, como fantasmas, a pesar de que los vivos no podían verlos.

Dichos fantasmas iban quedándose atrás, en paz, despidiendo a la audiencia con su gesto más mítico, aquel por el que el fandom los recordaría.

Los demás avanzaban y poco a poco sucedía lo mismo con los vivos.

Se dispersaban, abandonaban con un guiño esa especie de fila que formaban, y desaparecían del plano.

Al final, quedaban solos Jude y Libe, que se detenían en el punto exacto en que Traición estuvo a un paso de matarla y tan reconocible era para nuestra audiencia.

—Al final no me asesinaste —bromeaba ella apoyando la cabeza en el hombro de él.

Él le envolvía la cintura con el brazo y, con intensidad, la atraía más cerca.

—No, al final en lugar de arrancarte el corazón te entregué el mío.

Se miraban, sonreían, devolvían la vista al frente y, sin cambiar de postura, Jude la pegaba más a su costado y depositaba un romántico beso en su cabeza.

Permanecían un rato allí, como quien observa una tumba, y retomaban el movimiento.

Seguían andando en un intento de emular el avance de su relación sin los monstruos acechando y el futuro esperanzador que estaba por llegar, en el que los pecadores ya no los acompañarían.

Con lentitud, el plano se sumaba a esa merecida privacidad, ascendiendo por encima de sus cabezas hasta mostrarlos como dos figuras pequeñas, casi anónimas; después atravesaba las ramas enredadas y se detenía en un cielo en el que las llamas se habían esfumado y que estaba limpio, despejado.

Con la imagen del firmamento estrellado y el sonido de la calma se cerraba el círculo de Averno .

A pesar de que para el último plano solo nos necesitaban a los dos, vinieron todos.

Podría parecer un despilfarro de presupuesto injustificado.

Traernos con todo lo que costaba, cuando algunos ya estaban sumergidos en nuevos proyectos, en lugar de ir grabando planos independientes cuando les tocaba rodar para después fusionarlos.

Un quebradero organizativo y económico. Pero el dinero lo tenían y aquello les compensaba.

No era al azar. Nos estaban grabando para los créditos y para añadir algún extra.

Quedaría bonito mostrar al elenco unido en aquel último paso.

En cuanto Tabitha Mehta dijo «¡corten!» y nos pusieron un buen plumífero a Sadie y a mí por encima para resistir las bajas temperaturas de Oregón, nos separaron.

Hubo un baño de abrazos. Se oyeron aplausos y botellas de champán que se descorchaban.

Algunos lloraron, otros rieron. Eran muchos años dilatados en el tiempo.

Un proyecto común. Rose Plec, que había querido estar allí para la ocasión, me felicitó:

—Buen trabajo, Dacre. —Después se fue a por ella.

Yo sabía que nos habían distanciado por un motivo.

El último abrazo sería el más largo, el más potente visualmente, el más especial, con el que sacarían la tarta y todo el elenco y los departamentos formaríamos un semicírculo unidos para que alguien, Tabitha, Rose y Tracy, dijeran unas palabras.

Teníamos que ser nosotros.

Sadie y yo.

Por eso la implacable sensación que me llevaba a buscarla desesperado estaba relajada, porque sabía que, tarde o temprano, o bien iría yo, o vendría ella; todavía no desaparecería de mi vista.

Candice se puso de puntillas con su look de villana de la película, me besó y me despeinó de un modo adorable, y subí a Agnes por encima de mi cabeza para darle vueltas.

Laura no fue tan efusiva, pero me dedicó el primer gesto agradable desde que habíamos retomado el contacto.

Nate me abrazó cargando una heroica muerte sobre su pecho que bien le valdría la nominación a un premio, y poco a poco fueron pasando los demás.

Actores y equipo técnico, sin distinción.

Llegaba el turno de Gascón. Estaba un poco apartado, cosa extraña en él, así que le cogí de la mano y tiré de él. Le atraje.

—¿Has agotado tu imaginación para molestarme y estás enfurruñado? —me burlé en un susurro esbozando una sonrisa arrogante.

Volvíamos a ser amigos, por eso sabía que estaba raro.

Menos eufórico de lo que debería. El protagonismo y el falso sacrificio de su personaje (al final vivía, pero daba el susto y sacaba algunas lágrimas) eran lo que siempre había deseado.

Un reto artístico con el que demostrar todo lo que valía y los múltiples registros que tenía.

Pero cuando se separó tras el abrazo me resultó frágil, tintineante.

Intentó devolverme el gesto y no le salió del todo.

Se encogió de hombros y tragó saliva tratando de sonreír.

La mueca le bailó en la cara con sutileza para que las cámaras que nos grababan no se percataran.

—Qué va. Tengo todas las neuronas trabajando en elaborar un plan para evitar convertirme por segunda vez en el payaso del gremio. La nariz roja y los chascarrillos malos son de las pocas cosas que no me favorecen. —Quiso que sonase a coña, pero hablaba de verdad.

Los actores pasan por muchos y diversos temores cuando finalizan un rodaje; el suyo era volver atrás en el tiempo, a cuando se disfrazaba de broma andante en las entrevistas, los photocalls o los pequeños papeles secundarios que conseguía.

Con Averno había experimentado no solo lo que era ser actor, sino también que le tomasen en serio, y no quería retroceder.

Fue la única vez allí que me puse serio para fijarme bien en él.

El miedo le estaba devorando.

Era consciente de que aquella era una conversación que no se debía desarrollar en aquel lugar mientras nos grababan, ya tendríamos tiempo, pero tampoco quise dejar pasar la oportunidad de aliviarle, de manera que le dije lo único que podía:

—Voy a estar ahí, Gascón. Suceda lo que suceda. Esta vez no me marcho a ninguna parte.

No podía prometerle los grandes papeles que no estaban en mi mano, pero sí que le acompañaría. Podía ser bastante o no, pero me creyó y dibujó una sonrisa sincera.

—La culpabilidad te ha convertido en mi perrito faldero.

Voy a tener que comprarte un bonito collar —bromeó a la vez que me apretaba el brazo, sabiendo que terminaba su momento, que allí estábamos trabajando.

Comprendí que, al final, lo que más aterra a las personas de las pesadillas es que en ellas siempre estamos solos.

Gascón dio un paso al lado y miró a su alrededor.

Ambos nos percatamos de que estaban trabajando el terreno para que Sadie y yo nos juntásemos.

Podían permitirse que transcurriese cierto tiempo entre la claqueta y nuestra unión, pero no demasiado.

El corazón de los espectadores aún estaría blandito si lo emitían de corrido.

Las personas que se interponían entre nosotros se fueron apartando.

Ella se encontraba de espaldas, emocionada, con un ramo de flores en la mano, pero en cuanto se girase se toparía conmigo y no tendríamos más remedio que acercarnos como si estuviésemos imantados.

Gascón intuyó en mis facciones inexpresivas la desesperación y ansiedad que ese hecho me provocaba y me palmeó el brazo:

—A ella tampoco deberías dejarla atrás. Es la que mejor sabe ponerte en tu sitio. —Fue su último consejo antes de esfumarse de un instante en el que solo debía estar Sadie.

Lo que estaba previsto aconteció.

Las cámaras se abrieron paso entre la gente para no perder detalle.

Observé a Rose Plec y vi que sonreía. Los ojos le brillaron.

La odié y a la vez estuve profundamente agradecido con ella por haber dispuesto de nosotros a su antojo cuando mejor le convenía a la producción.

Gracias a sus argucias había tenido a Sadie durante un tiempo con el que no contaba, aunque los huesos me pesasen y me sintiese desfallecer por perderla.

Rose lo había sabido desde el principio.

Siempre había sido la más lista.

Que nos reencontraríamos, que los sentimientos volverían a surgir y estarían en auge para cuando sobre el papel nos tocase amarnos desesperadamente.

Que no interpretaríamos las escenas y por eso serían tan desgarradoras, tan auténticas.

Averno iba a triunfar por una buena producción, por un mejor guion y por dos actores que se habían desangrado en directo dejando hasta la última gota de su sangre en el set.

Sadie se despidió de las últimas personas que se concentraban a su alrededor y al girar sobre los talones me vio.

Su mirada impactó en mi corazón. Me estremecí por dentro, y por fuera le dediqué la sonrisa que se les presuponía a dos buenos compañeros, para que eso fuese lo que se viese.

Ordené a mis piernas que siguiesen adelante cuando el pánico por lo que iba a suceder las zarandeó, y ella comenzó a avanzar también en mi dirección.

Nos encontramos a mitad de camino con una mueca falsa idéntica.

Impactamos como dos olas.

Cuando nuestros cuerpos chocaron, la gente aplaudió y nos vitoreó. Éramos los protagonistas, los que le habíamos dado sentido a esa película. Los que más triunfaríamos.

Yo solo pude pensar en cómo me las arreglaría para sobrevivir a su ausencia después de haberla recuperado.

Si la gente era capaz de volver a la vida dos veces o eso solo sucedía en el cine.

Había hablado con Rose Plec sobre las promociones por separado cuando Ecos de guerra se estrenase.

Ella no estaba de acuerdo, pero seguía queriéndome explotar y yo me había mostrado intransigente con el tema.

No le había quedado más remedio que aceptar.

«Alimentará rumores», me había dicho, pero los rumores también eran publicidad.

Sadie emitió la risa nerviosa que le tocaba, apoyó la cabeza en el hueco de mi hombro y yo la recogí por la espalda, luchando por mantener a raya mi semblante y los deseos de raptarla.

Dejé caer mi barbilla con suavidad para hacer que descansara en su cabeza como un par de compañeros cómplices y me abstuve de hundir la nariz y oler su pelo.

Obligué a mis facciones a seguir actuando, a sonreír.

Iba a pasar rápido. Unos segundos más y la tortura habría terminado.

Comenzaría una nueva, estaba convencido, pero por lo menos esa que me reducía a ceniza se habría acabado.

Lo que viniese no podía ser peor.

Casi lo había logrado cuando noté que la chica temblaba y algo se me deshizo por dentro.

Enterró la nariz en mi plumas negro. Sadie era inteligente.

Sabía que disponía de pocos segundos, después nuestra actitud llamaría la atención, así que conservó la expresión que no habíamos pactado pero era la adecuada para la escena, alzó la barbilla sin separarse y me lanzó un mensaje directo que solo los dos oímos porque bajé la cabeza y la cubrí con la intención de que las cámaras no pudiesen recoger el movimiento de su boca.

—No estoy preparada para decirnos adiós —confesó en un hilo de compungida voz.

No lo habíamos acordado, pero ambos sabíamos que era lo que sucedería.

Lo correcto.

Los ojos le brillaron y me di cuenta de que lo que quería era enmarcarle la cara, pasarle los pulgares por las mejillas y besarla para borrar todo rastro de tristeza de su rostro.

Nosotros nos veíamos a través de las máscaras.

Esa era nuestra puñetera maldición. También me di cuenta de que en su súplica estaba implícito que la desobedeciese, que me mantuviese fuerte y me negase a nuestros deseos de prolongar aquella agonía.

Sadie Sanders me tenía una inmerecida fe si me veía capaz de hacerlo.

Habría quemado el estado entero por retenerla un segundo.

¿Cómo no iba a hacer todo lo necesario para ganar algo más de tiempo?

Apreté la mandíbula y las manos se me abrieron y cerraron en su espalda aparentando una gélida calma.

Durante aquel parpadeo en el que permití sentir y descuidé la fachada me dije que era mi oportunidad de demostrarle que me había convertido en mejor persona.

Tan solo debía mantener la mente fría, esa era mi especialidad, el problema era que en su presencia me derretía.

Todos los músculos se me agarrotaron de la tensión y mi cerebro envió una resonancia que a punto estuvo de partirme en dos.

Inspiré por la nariz sabiéndome observado y, sin variar la pose, le advertí:

—No es buena idea —acto seguido, cedí a mi instinto—, pero podemos concedernos una mala decisión más. Añadamos el último error a nuestra relación esta noche.

Sadie asintió sin pensarlo.

Empezaba a acostumbrarme a condenarnos constantemente a ambos.