1. SADIE
SADIE
El rodaje de Ecos de guerra comenzó. Propusieron utilizar dobles en las escenas en las que Jude y Libe no coincidían específicamente en pantalla.
Dacre y yo estuvimos de acuerdo. De esta manera, grabamos por separado los primeros planos y juntos en los momentos grupales y cuando había algún tipo de contacto entre nuestros personajes en los que el juego de cámaras no podía engañar al espectador.
Pero unas semanas después eso se acabó. Las facilidades.
Llegaba la recta final y con ella el momento de la verdad.
Estábamos en el mes de abril. Me removí nerviosa por la casa de Pacific Palisades y no sé cuántas veces revisé el reloj, solo que las manecillas parecían avanzar o muy despacio o demasiado rápido.
Estaba a punto de descubrir si el actor iba a acceder a mi petición y aparecer.
Le había mandado un escueto mensaje esa misma mañana para el que no había obtenido respuesta, y también había avisado a la seguridad de la puerta de que Dacre Stewart vendría a verme; no era necesario que me avisaran una vez que enseñase su identificación, aunque era absurdo porque cualquier persona en el planeta Tierra le reconocería.
Volvíamos a estar de moda. Los medios de comunicación nos sacaban en portada e incluso nos había tocado grabar un puñado de escenas falsas para confundir a la audiencia y que de esa forma no sospechasen por dónde le iban a venir los tiros.
Bueno, tiros no había, los pecados no los necesitaban, pero una dosis importante de violencia gratuita y drama, sí.
Caminé hasta la puerta. La incertidumbre me estaba devorando.
Le había pedido que nos viésemos allí y no tenía del todo claro que se presentara.
Jugueteé con los padrastros de mis maltrechas uñas para evitar obsesionarme con el paso del tiempo y la puerta sonó.
El estómago se me encogió y sentí una descarga cuando agarré la manilla.
Tomé aire, la abrí y, al encontrarme con el chico al otro lado, lo solté todo de golpe mientras pronunciaba su nombre:
—Dacre...
No sé qué expresión debí de poner, no la había ensayado y no la controlé, pero por su respuesta deduje que era de sorpresa. Con él nunca había dado nada por sentado, y después de lo que había sucedido, del dolor que le causé en ese mismo lugar, menos. Me contempló con su gesto impasible y dijo:
—¿Te has confundido de destinatario al mandar el mensaje?
—No, no, solo que pensaba que quizá no vendrías.
Me apresuré a echarme a un lado para invitarle a entrar. Dacre no se movió. Apretó la mandíbula y miró detrás de mí, al interior.
—Piensas muchas tonterías.
—Eres imprevisible.
Después de un par de segundos, entró.
—Cuando me dicen que vaya a un sitio, voy.
—Eso no es verdad.
—En tu caso la mayoría de las veces —me corrigió molesto.
No le gustaba estar allí, en el lugar en que le partí el corazón.
Parecía un animal enjaulado, al acecho. Había valorado otras opciones para hacer lo que quería proponerle, pero todas me parecían o demasiado íntimas o demasiado públicas.
El miedo ante lo que iba a venir me paralizó y observé cómo la tensión también invadía cada centímetro de su anatomía.
—¿No piensas ofrecerme un puñetero vaso de agua? —Me sonrió al rato con desdén.
Parpadeé y recuperé la movilidad.
—¿Quieres? —le pregunté poniéndome en marcha, y él me detuvo con sus palabras y una mano que se levantó para rozarme, pero que finalmente cayó a un lado de su cuerpo.
—Estaba de coña. La situación está siendo de lo más incómoda.
—Lo sé, y se va a poner peor.
—Lo dudo. —Soltó una carcajada sarcástica.
—Confía en mí.
Nos dirigimos a la terraza que daba a la playa.
Era una tarde cálida. El sol se escondía en el umbral del firmamento y pequeñas y brillantes estrellas se superponían a la claridad del cielo saludando a la noche.
Allí la cosa empeoró. Los dientes de Dacre rechinaron todavía más.
Sabía que no era el mejor escenario, de hecho, era uno pésimo con nuestros antecedentes, pero se trataba del único que teníamos.
Tomé asiento en el balancín y él hizo lo propio en la silla.
—Eres toda una experta recreando el pasado.
—No es mi intención —me disculpé, y pensé: «Y espero que no salga igual».
Dacre parecía cansado, demacrado. El esfuerzo físico de su personaje en la película era brutal y había pedido interpretar el máximo de escenas que le fueran posibles.
Las disfrutaba porque le ayudaban a recuperar el tiempo perdido, quise creer, y Shonda, que le representaba, coincidía conmigo en las pocas ocasiones en que hablábamos de él.
Me retorcí en el asiento y el actor me animó a soltar lo que fuera que me tenía tan alterada, deduje que para largarse de allí a la mayor brevedad posible.
—Venga, lo que sea que quieres decirme y a mí no me va a gustar escuchar no puede esperar.
Contemplé sus inaccesibles ojos verdes y anuncié:
—Mañana tenemos que besarnos.
Una sombra cubrió su mirada.
—Gracias por la información, pero lo que va a suceder mañana es algo que tengo bastante en cuenta, y empeora mi humor.
Me gustó nuestra sinceridad y me planteé si parte de su agotamiento no se debía precisamente a que, como yo, no paraba de darle vueltas al tema. Habíamos apurado al máximo, pero Libe y Jude no podían esperar más y nos arrastraban con ellos a su destino romántico.
En las películas, en muchas de las producciones románticas con tintes de acción paranormal, tan solo hay tres besos.
Lo que le pone a la gente la piel de gallina es la anticipación.
El tira y afloja entre los protagonistas.
La duda razonable de cuándo sucederá. No hay que abusar de ellos.
Es mejor dar tres y que corten el aliento a una decena y que el acto pierda importancia.
En nuestro caso, el beso suave de reconciliación mientras Traición agonizaba, el de pasión y el final.
Lo que pensaba proponerle versaba sobre el primero, el que según la escaleta iba a tener lugar al día siguiente y aceleraba mis palpitaciones.
Dacre aguardó, en alerta a causa del lugar en el que nos hallábamos, y cuadré los hombros.
Era una locura, lo sabía, pero no le había hecho ir hasta allí, en mitad de la tensión que reinaba entre nosotros por las verdades de las que no habíamos hablado, para ni siquiera planteárselo.
Me aclaré la garganta y le dije con bastante más seguridad de la que sentía:
—Lo que propongo es que lo adelantemos, que lo hagamos hoy.
Son pocas las veces que he logrado sorprender a Dacre, pero aquella fue una de ellas.
Le pilló desprevenido.
Dejó de mirar irascible el entorno, se concentró en mí y con gesto suspicaz repitió lo que yo había dicho, por si acaso no me había entendido. Aquella era la única explicación posible, según su cerebro.
—Propones que nos besemos —resumió sin paños calientes, y le añadí matices.
—Propongo que repliquemos esa parte concreta de la escena, sí.
Su siempre calculadora mirada se abrió del todo y dio la sensación de que le iba a dar un ictus allí mismo.
—Pareces escandalizado —apunté.
—¿Tú no? —replicó todavía impresionado, y luego tragó saliva—. ¿En qué clase de momento se te ha ocurrido que es buena idea, Sadie?
—Cuando me he dado cuenta de que en nuestro primer beso no quiero que esté todo el equipo. No sé si podré hacerlo. Al menos, si fallo, que sea solo contigo.
La tensión que le estaban provocando mis palabras le llevó a levantarse. Me taladró con la mirada. Había ira en sus ojos verdes y también miedo, mucho miedo ante lo que le pedía.
—Entonces, ¿tu excelente plan es que nos enrollemos hasta que lo superes? —dijo destilando sarcasmo.
—No lo tengo tan atado.
—Pues es un punto importante.
Se puso a dar vueltas.
Atravesó la playa, llegó hasta la orilla del mar y allí chilló. Fue un grito breve, pero muy intenso. Sacó todo el aire de los pulmones.
Agotado, se sentó en la arena.
Yo le dejé hacer. A mí me había dado tiempo a macerarlo y pensarlo, pero a él le pillaba de nuevas.
Tenía que interiorizarlo y tomar su propia decisión.
A esas alturas yo sabía de sobra que en mi caso besarle me afectaría de un modo irremediable.
No quería que todo el mundo fuese testigo.
No quería que sucediera durante los ensayos, tras la lectura del guion que habían ajustado de manera excepcional para esa misma mañana con la intención de que no tuviésemos la tentación de escapar.
Deshacerme por dentro y recobrar el retumbar de un tambor en mi pecho era algo que debía hacer en privado.
Pero esa era mi elección, con la esperanza de que luego mejorara y lo pudiese disimular más. Podía discrepar con la suya.
En el tiempo que Dacre estuvo pensando pude ir a la cocina y hacerme con una jarra de limonada y dos vasos. También servirlos. Y el hielo estaba deshecho cuando regresó con un rictus severo.
—Está bien —accedió. Creo que sonreí. Entonces me advirtió—: No pongas esa cara.
—¿Cuál?
Me contempló fijamente, chasqueó la lengua y apartó la mirada.
Se dirigió a su silla y le dio la vuelta arrastrándola tal y como estaba en la escena de Jude. Entonces, mientras se sentaba de un modo brusco, habló con el mismo desprecio que el que su personaje tenía hacia sus propios sentimientos.
—En realidad da igual; para mi desgracia, todas son mi debilidad.
Dejó caer la cabeza hacia delante y simuló estar en peligro de muerte.
Llegaba mi turno.