2. DACRE
DACRE
En la escena a Jude no le estaban saliendo las cosas bien y es que en sus planes siempre había un contratiempo llamado Libe.
En los míos era Sadie. Para escapar de la dimensión a la que le habían enviado se había aliado con alguien todavía más tenebroso y despiadado que todos los villanos de las temporadas anteriores.
La nueva figura tenía que provocar un fuerte impacto entre el público.
Un genocida conocido por ser capaz de cualquier cosa con tal de destruir el mundo, el Averno, y tragarse sus almas con un apetito voraz.
Al principio, mi personaje no había tenido ningún reparo en apoyarlo.
La pizca de humanidad que Libe avivó se había apagado a base de las reiteradas y desgarradoras torturas que Jude había sufrido durante años hasta que su conciencia fue anulada.
Pero luego volvió a verla a ella y a sus hermanos y algo en su interior se activó.
No era un héroe, con su naturaleza jamás podría serlo; sin embargo, protegía a quien le importaba, y el resto de la humanidad se beneficiaba de ello.
A su señor el cambio de actitud y el libre albedrío no le habían gustado.
Las almas de los pecados saciaban más, pero por lo que fuera la de Libe, a pesar de ser humana, parecía especial, muy apetitosa.
Jude le había jurado que estaría en su bando, despreciando en cada oportunidad a Libe para resultar creíble, pero le había traicionado y el monstruo se había apoderado de su alma y su mente, que estaban hechas pedazos.
En aquel instante que íbamos a representar, la humana, interpretada por Sadie, acudía con un batallón a salvarlo, y era la primera en encontrarlo.
Se agachaba a su altura y le acariciaba la barbilla mientras le buscaba el pulso.
Jude no daba ninguna señal de estar vivo.
—¿Por qué eres tan idiota? ¿Por qué? —le decía desesperada con las lágrimas abandonando sus ojos—. Si alguien se ha ganado el derecho a matarte soy yo, y nunca podría hacerlo. Te odio por quererte tanto. —Y entonces, con cuidado, le alzaba la cara—. Por favor, reacciona.
Eso era lo que íbamos a interpretar.
Sencillo, ¿verdad?
Pista: no.
Me retorcí en el asiento con la cabeza caída como mandaba el papel.
Admitirme a mí mismo que seguía sintiendo algo por ella era duro. Acceder a su plan, una puta tortura.
—¿Empezamos ya o qué? Tengo una vida que atender —la apremié.
Comprendía su planteamiento. En nuestro primer beso nos sentiríamos más vulnerables. Luego sería igual de perturbador, pero más llevadero. Sin embargo, entenderlo tampoco mejoraba las cosas. Sadie balbuceó:
—Tú... ¿no tienes que repasar tus líneas?
—Me las sé —repuse cortante.
Omití mencionar que había leído nuestras escenas mortificado tantas veces que rozaba la locura. Para ella nuestro primer beso después de tanto tiempo era complicado, pero para mí no era distinto.
—Necesito ponerme en situación.
Abrí los ojos y la encontré agachada enfrente como rezaba el guion.
Demasiado cerca.
Demasiado todo.
Arqueé las cejas y repetí lentamente con una tonalidad gélida:
—Ponerte en situación.
—Sí, como comprenderás es una actuación compleja.
—Y tanto —repuse con aspereza mientras luchaba por no reparar en lo cerca que se hallaban sus labios—. Has tenido... No sé. ¿Días?
—Semanas —me corrigió intuyendo por dónde iba.
—Semanas macerando esto y no has tenido tiempo de ponerte en situación.
—Podías negarte.
Solté una carcajada sarcástica.
—Que yo me negara era una posibilidad totalmente remota y lo sabes. Veamos. ¿Cómo están ellos en la escena?
Abandoné mi posición desmadejada y me pincé la nariz con la intención de hallar una solución rápida para terminar deprisa. Sadie me siguió. Utilizar nuestros paralelismos podría servir.
—Jude y Libe acaban de descubrir una verdad abrumadora del otro.
—¿Más verdades abrumadoras, lobita ? ¿Es que acaso nos gusta sufrir? Porque por mi parte creo que le estoy perdiendo el gusto a esto de pasarlo mal. —Chasqueé la lengua. Ella se quedó callada con una expresión indescifrable en el rostro—. ¿Qué? —repuse cansado.
—Nada. Hacía tiempo que no me llamabas así, Lobita, de esa manera... —Su voz fue perdiendo volumen. Su gesto se abrió, se estremeció, y me percaté del impacto que esa palabra del pasado había tenido en su pecho. Decidí actuar antes de que su efecto se replicase en el mío.
—Venga, va. A la de tres decimos algo que el otro no sepa.
Asentimos.
—Uno, dos y...
—Mi madre es Maggie Banks.
—Mi padre es Cameron, de la casa de acogida.
Nuestras verdades se solaparon.
Nos miramos.
Apreté mucho los labios formando una tirante línea recta al hablar.
—¿Por qué me lo cuentas?
Mi voz sonó hueca. Que Maggie Banks era su madre era posiblemente el secreto que más debía guardar de toda su jodida existencia.
Que me lo contase, volver a hablar de nuestras cosas, me gustó demasiado y me enfadé por ello, por el anhelo interno que yo sentía por aquella complicidad. Sadie tuvo que pensar la respuesta.
—Has hecho muchas cosas desde que hemos vuelto a coincidir y... Supongo que confío en ti.
Solté otra carcajada amarga.
—Es una decisión que no te ha salido demasiado bien en el resto de las ocasiones; ¿por qué no aprendes?
Parecía cabreado cuando lo que en realidad estaba era frustrado.
Durante años mi único consuelo había sido que Sadie no me creía, eso me protegía, pero ahora lo hacía y yo me sentía expuesto, con los sentimientos pululando a mi alrededor igual que mis ganas de lanzar dentadas y morderlos por su mera existencia.
—Una parte de mí cree que esta vez será diferente. Distinta.
—Pues deberías silenciarla por exceso de optimismo —refunfuñé, y de repente caí en la cuenta de algo.
Sadie acababa de confesarme que Maggie Banks era su madre.
No debería importarme, pero lo hacía. Con los labios fruncidos y asegurándome de tener en la cara un gesto infranqueable, le consulté—: ¿Cómo te sientes?
—¿Respecto a nuestro beso o respecto a Maggie?
—Respecto a lo que no soy capaz de hacerme una idea. Maggie —le aclaré.
—Siento curiosidad, ¿y tú?
—No pienso volver a dirigirle la palabra a Cameron en lo que me queda de vida.
Aquello fue peor que el propio beso.
La intimidad. La confianza. Lo bien que se sentía.
Quise ponerle fin.
—¿Estás en situación? —le consulté.
Rio con nerviosismo.
—Qué va. Ahora estoy más asustada que antes. Venga, vamos. Por mucho que esperemos, la sensación no va a mejorar.
Nos preparamos de nuevo. Volví a echar la cabeza hacia delante. Mi personaje tenía el pulso débil, casi no se podía sentir, de manera que me dejé caer, laxo, moribundo, permitiendo que la inercia tirase de mi cuerpo desvanecido y magullado.
Ella también hizo su trabajo.
A diferencia de Jude, que se encontraba rozando el abismo, Libe venía de una batalla.
Había luchado, había peleado y me había localizado.
A pesar de tener los ojos cerrados fui consciente de cómo su respiración se envalentonaba hasta verse cansada, cogía el aire a trompicones y, cuando comenzó a rozarme en busca de las constantes vitales que no halló, los dedos le temblaban.
—¿Por qué eres tan idiota? ¿Por qué? —dijo.
El llanto llegó a su voz. Me maravillé de lo bien que actuaba.
El cosquilleo que sentía en el cuello gracias a las yemas de sus dedos me asoló y fui consciente de que venía la peor parte—.
Si alguien se ha ganado el derecho a matarte soy yo, y nunca podría hacerlo —continuó con un lastimero gemido.
Lo estaba haciendo bien. Lo estaba haciendo perfecto.
Sus manos agarraron mi cabeza caída con más fuerza y la alzó.
Tuve que concentrarme para no dibujar ninguna mueca—. Por favor, reacciona, por favor...
Su voz se perdió.
Hubo duda.
Incluso la brisa marina desapareció.
Durante un segundo, solo uno, pensé que había cambiado de opinión, que no lo haría, que se daría cuenta de la absoluta locura que suponía que nuestras bocas volviesen a tocarse y miraría la situación desde otra perspectiva.
Quizá si los dos nos lo proponíamos y nos manteníamos firmes, podríamos pedir a Dirección que encontrase la fórmula para no tener que hacerlo, que usasen dobles, trucos de cámara, lo que fuera, para el beso; para eso estaban los expertos.
Me desvanecí en aquella ilusión y sin previo aviso su boca se aproximó.
Creo que lo sentí como los rayos de sol cuando tocan un cuerpo helado. Duelen, magullan, el contraste es demasiado fuerte, demasiado potente, te quejas, pero cuando quieres darte cuenta ya los tienes dentro, inundando tu interior del más puro calor, reanimándote.
Sadie se mantuvo en su papel.
Los siguientes besos que Libe y Jude protagonizarían eran más pasionales, viscerales.
Había lengua, manos que iban a las nucas y presionaban la cara más cerca.
Desvanecimiento del oxígeno. Ropa que se arrancaba a tirones.
Pero aquel era como insuflar vida. Tenía que ir con cuidado.
Acariciar un pecho y aplicar la fuerza adecuada para no romperlo.
Llegaba mi turno.
En aquel instante mis emociones, las de Dacre, ya habían enloquecido, estaban febriles, había perdido la cabeza, pero quería darle exactamente lo que me había pedido, lo que necesitaba, así que en lugar de apartarme o devorarla hasta consumirnos en esa tortura protagonicé lo que sobre el texto se me solicitaba.
No podía ser un gesto brusco. Lo dominante en la escena eran las sutilezas.
La boca de Sadie permanecía apoyada sobre la mía y sus lágrimas me alcanzaban.
Sentí la primera en mi rostro.
Experimenté una descarga que utilicé en mi propio beneficio suavizándola.
Primero era un espasmo que el espectador podía confundir con la ilusión de que Jude estuviera vivo.
Sadie lloraba aún más. Jadeaba. La siguiente perturbación era más evidente.
Entre lágrimas Sadie hablaba contra mis labios.
«Vamos, vamos, vamos, por favor». Sus ojos se cerraban y yo abría los míos.
El estómago de la audiencia se estrangulaba.
Lo hice y me pareció la fantasía de la que no querría despertar nunca.
Su olor, su tacto, la visión de tenerla conmigo.
Poco a poco, mi cuerpo también recobraba el movimiento, pero ella no se daba cuenta.
Empezaba con las manos, el tronco recuperando parte de la postura, y la mirada que pasaba de la débil confusión a la aceptación y el amor.
Continuaba dolorido y eso se transmitía cuando por fin hablaba, cuando con un hilo de voz mi frente se pegaba a la suya, descansaba y le decía:
—Hasta cuando me estoy muriendo apareces para desestabilizarme.
Sadie se separaba sin ocultar la emoción y acto seguido me abrazaba con fiereza.
—Duele —me quejé, como hacía mi personaje. Fue a apartarse y logré reunir las fuerzas, como hacía él, para levantar los brazos y apretarla—. No te separes. Ninguna tortura desde la creación del universo ha sido tan placentera.
Terminamos la escena. Superamos la prueba. Pero nos quedamos agarrados.
Sadie lloró como Sadie, no como Libe.
Yo le acaricié el pelo enhebrando sus finos mechones como Dacre.
Ella gimió y suspiré aguantando el torrente de electricidad que me demudó el gesto.
Aquello estaba bien, se sentía bien, quienes no estábamos bien éramos nosotros.
Nos habíamos hecho demasiado daño para poder recuperarnos.
Esa era la verdad que nos dolía. Permanecimos así el tiempo que necesitamos para aceptarla y al final nos soltamos.
Carraspeé para aclararme la garganta.
—¿Te encuentras mejor?
—No. ¿Y tú?
—Tampoco. ¿Crees que ahora será más fácil?
—Ni de coña —admitió.
Me puse de pie dispuesto a irme y le dije:
—Pediré a Rose Plec que hagamos giras promocionales separadas cuando la película esté montada y vayan a estrenarla, así todo esto tendrá una fecha de fin. Cuando acabemos de rodar. Dicen que ayuda.
Mi voz sonaba hueca, desprovista de vida.
Me sentía vacío después de haberla rozado.
Como si me hubiesen insuflado energía para, segundos más tarde, robármela toda de golpe.
Estaba agotado, rendido. Sadie se encaminó al balancín con el mismo gesto mohíno que el mío, la mirada perdida, terriblemente triste.
—¿Crees que accederán? —dijo, mostrándose de acuerdo con mi necesidad de terminar algo que no podía ser y nos arañaba.
Me encogí de hombros socavado.
—Va en línea con todas las exigencias excéntricas y absurdas que ya les he pedido y me han concedido. Déjalo en mi mano.
—Vale. —Por segunda vez me creyó.
No me hizo falta decirle que me marchaba para que lo supiera. Me encaminé a la puerta que conducía a su habitación, y justo cuando estaba cruzando el umbral me llamó:
—Dacre...
Me giré.
Se había sentado.
—¿Qué?
Tenía los ojos vidriosos y un gesto devastado.
—Te mentí.
—No te preocupes. Yo te he engañado muchas veces. En cierta manera, es lo justo. —Le resté importancia, pero ella no me lo permitió. Sus palabras me apisonaron.
—La noche que te llamé después de Los nueve círculos ... Todo lo que te dije en esta terraza era mentira.
Asentí notando que volvían a introducir el corazón en mi interior y que dolía más que no tenerlo.
—Gracias.
—Merecías saberlo.