Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 4. FREDDIE
67%

4. FREDDIE

FREDDIE

Nate y yo nos volvimos a besar un par de meses después de retomar el contacto en la fiesta de Los Ángeles.

Era inevitable, supongo. Pero, aun así, nos concedimos tiempo para asentar las bases y que con los labios del otro no nos zarandeásemos.

Sucedió en mi casa de Santa Bárbara. Nate venía mucho aprovechando que el rodaje todavía no se había iniciado y yo me quedé sin excusas para negarme lo que más deseaba.

Con todo, alinear corazón, mente y espíritu fue algo que nos costó a ambos.

Para besarlo tenía que deshacerme de la colección de cobertores que había ido adquiriendo y que en su presencia ocultaban parte de mi cara, de mi boca.

No fue una decisión fácil y el momento tampoco resultó agradable, y aún menos amable para mis terminaciones nerviosas.

Como resumen, en general, no fue bonito.

En la ficción lo edulcoran todo. Lo idealizan y lo hacen romántico.

Todo gira alrededor del amor. El amor mueve montañas.

El amor puede con todo. En la realidad, corrijo, en mi realidad fue desgarrador.

Me sentí un experimento fallido. Igual que el personaje al que arrancan la parte más superficial de su piel, la epidermis, y lo dejan expuesto como a uno de esos dibujos de los libros de biología en los que los músculos rojizos aparecen hinchados y por detrás asoma parte del cráneo, da la sensación de que los ojos saltones se le van a salir de las cuencas y cuando sonríe muestra unos blanquecinos dientes que parecen flotando en el interior de una mueca inhumana.

Al menos, Nate no lo ficcionó.

Evitó pasear las yemas de los dedos por mis cicatrices con una banda sonora melosa de fondo y se abstuvo de pronunciar alguna de las típicas frases como «Eres hermoso» que me habrían hecho cerrarme.

Le dio a la tragedia el espacio y la importancia que merecía.

La reconoció mirándola a los ojos. Me reconoció en mi dolor y no le restó ni un ápice de valor.

En su lugar, tragó saliva con lentitud, con su garganta subiendo y bajando de la impresión, y me pidió un permiso silencioso para seguir recorriendo las cicatrices con las pupilas.

Asentí con los labios apretados.

Entonces se dedicó a perseguirlas una a una desde el sitio en el que empezaban hasta el punto en que se perdían por debajo de mis pómulos o en el nacimiento del pelo. Se estremeció.

—¿Te duelen? —me consultó acongojado.

—Ya no.

Aceptó mis palabras y avanzó con sumo cuidado con una de las manos hasta la mejilla que no había sufrido los estragos del ácido.

En ningún instante redujo el contacto visual, sin duda para tenerme en cuenta en todo momento.

Allí acarició la línea que le daba forma a mi cara con el pulgar trazando círculos y se detuvo al llegar al lóbulo de mi oreja.

Frenó el movimiento sosteniéndome por un lado y se dirigió al otro. Al complicado.

La seguridad no le abandonó cuando repitió la travesía, pero sí contuvo el aliento.

Las cicatrices eran como raíces, como los tallos de un ramo de flores.

Rozó las que se encontraba por su paso sin alterar la expresión, aunque el pecho le subía y le bajaba con violencia, hinchándose y deshinchándose, y cuando llegó al final y me tuvo agarrado por ambos lados de la cara soltó todo el aire que cabía en sus pulmones.

—¿Ha sido difícil?

—Mucho —admití.

—¿Continuamos?

—Hasta el final de lo que sea esto.

Me hizo cosquillas como si sus dedos fuesen el filo de plumas finas y apuntó:

—Puedes descansar, Freddie.

Me rendí a mis sentimientos y me dejé caer en la palma de una de sus manos.

Cerré los ojos. Ronroneé con el pecho. Me deleité en el calor que desprendía y en el placer de su contacto.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, yo sentado en el borde de la cama, él de rodillas delante.

Nate no me presionó para que fuese más rápido.

Pero cuando alcé los párpados, que habían dejado de pesarme, me encontré con su mirada azul revestida de determinación.

—Me gusta la persona que eres.

Agradecí que lo dijera en presente, sin intentar traer a mi yo del pasado de vuelta.

—¿Más que la de antes?

Ladeó el rostro.

—Sois distintos, pero ambos estáis bien. —Sonrió, y en un segundo su expresión se tornó más tensa—. Voy a besarte.

—¿Ahora? —Carraspeé con la garganta seca. Sospechaba que iba a ocurrir. Aun así, no pude evitar que la certeza me encogiese el estómago y me pinzase las tripas.

—Lo habría hecho el primer día, después de recriminarte tu actitud en aquella cocina, pero me pareció precipitado. —Se encogió de hombros, la sonrisa le bailó dubitativa y preguntó—: ¿Puedo?

—Sí. También habría aceptado en aquella cocina.

Humedecí los labios y su boca impactó con la mía, que estaba hambrienta de él.

Fue un choque perfecto.

Un beso espectacular.

Mi primer nuevo gran beso.

Después poco a poco las cosas se normalizaron.

El rodaje de Ecos de guerra aguardaba a la vuelta de la esquina.

Todavía no lo habían anunciado, era confidencial, pero su grabación se desarrollaría entre un pueblo de Maine y los estudios que la productora había preparado en Los Ángeles, de los que no se había filtrado ninguna imagen.

Querían cambiar de escenario porque Brookings se había convertido en una especie de parque temático de Averno .

Eso le llevaría a viajar antes de retomar la docencia.

Habíamos hablado del futuro. Nos prometimos que ya no existirían temas tabús entre nosotros y lo estábamos cumpliendo.

Por el momento, yo continuaría en Santa Bárbara, pero más adelante no descartaba mudarme.

Total, no tenía ni idea de lo que iba a hacer con mi vida. Podía dudar en un estado u otro.

Intuí su presencia a mi espalda.

De nuevo nos encontrábamos en mi habitación.

Mi madre prácticamente vivía en su teatro y Nate se había alojado en un hotel de la ciudad.

Se planteaba permanecer allí mientras durase el rodaje en Los Ángeles.

A fin de cuentas, la distancia era poca.

«Una hora más de insignificante madrugón», según sus propias palabras.

Yo acababa de terminar de volcar las fotografías en mi portátil.

Otro de los pequeños cambios que podía sumar a la cada vez más amplia lista era que había vuelto a coger la cámara.

Realizaba fotos del proceso de restauración del teatro.

«Para matar el tiempo», me decía. Una vez que Claire se involucró, era ella la que daba instrucciones a los empleados y yo parecía un pasmarote a su lado, así que decidí tomar mi propio camino.

Fotografiaba las instalaciones, detalles de la decoración con los trabajadores desenfocados de fondo, del antes y el después, y me había tomado la licencia de realizar alguna encendiendo a mi antojo los focos que ya pendían de su techo para que fuesen más artísticas.

Nate las observó mientras las pasaba una a una para comprobar que estaban todas y apuntó:

—Son muy buenas.

Sonreí de lado.

—No finjas saber de lo que hablas para consolarme. Parecen hechas por un amateur . Estoy muy desactualizado con las nuevas técnicas.

—Pues a mí me gustan. —Se encogió de hombros—. ¿Te has planteado...? —Dejó la frase en el aire y asentí entendiendo por dónde iba.

—Mi madre me ha sugerido que tome algunas imágenes cuando comience el casting, durante los ensayos y, después, de la obra. Dice que las pondrá en la página web y en los folletos publicitarios. Le ahorraría costes.

Claire había invertido una buena cantidad de dinero en aquel sitio, pero sospechaba que en su oferta había más intención de ayudarme que de que verdaderamente no se pudiese permitir contratar a un profesional.

Estaba rara. Extraña. Con su aspecto de siempre, pero inusualmente comunicativa.

También parecía que era más consciente de mi presencia, y lo más preocupante: que me tenía en cuenta.

Nate apoyó las manos en mis hombros con familiaridad y los masajeó mientras continuaba hablando.

—¿Qué opinas?

«¿Qué opinaba?».

Me dejé caer echando la cabeza hacia atrás, y cerrando los ojos le dije:

—Cuando fotografío no pienso, solo lo hago.

Es agradable tener la mente en blanco de vez en cuando.

Ser, en lugar de pensar constantemente en lo que soy.

—Negué con la cabeza por lo enrevesado de mis palabras, interrumpí su masaje, abrí los ojos y me incorporé sentándome recto.

Sin avisar, roté sobre las ruedas de mi silla y le envolví por la cintura para que se sentase encima.

Aparté mechones de melena rubia de su cara y se los coloqué detrás de la oreja—: ¿Qué hay de ti?

¿Listo para sumir al planeta en una vorágine de destrucción, caos y guerras?

—Aludí a la nueva trama de su personaje en una película cuyo guion me había dejado leer.

—Para eso el planeta no me necesita... —repuso, y acto seguido sonrió como un niño pequeño—. Estoy muy ilusionado.

—Me gusta verte así —concedí suavizando la expresión.

Él se ruborizó.

—Y a mí me gusta que te guste.

Enarqué las cejas con escepticismo, aunque estaba sobrecogido por dentro.

—¿Te das cuenta de que el nivel de nuestras conversaciones decae en picado?

—Estoy feliz, así que no había reparado en ello. Pero ahora que lo mencionas... Nunca fuiste el excelente orador que te creías —me picó.

—Porque prefiero emplear la lengua para otras cosas más estimulantes —deshice el nudo que se me había formado en la garganta por la palabra que iba a añadir y le contemplé con adoración—, cariño.

Nos besamos e hicimos el amor allí mismo.

Cuando terminamos fui a por una manta suave blanca y nos la eché por encima.

Me senté ovillado sobre su regazo, sobre mi casa.

Nate me recogió y me abrazó. Descansé la cabeza en el hueco de su hombro y la palma de mi mano cayó sobre su pecho.

La sonrisa que mi rostro no había parado de lucir desde que nos habíamos besado aumentó.

—Por favor, deja de excitarte tanto en mi presencia. Me vas a amputar un dedo con tus latidos —bromeé, pero Nate no correspondió a mi coña.

Levanté la vista con el ceño fruncido y le encontré observando algo, ensimismado, abstraído, con la mirada perdida y el gesto ceñudo.

Seguí la dirección que marcaban sus ojos y me topé con la fotografía que tenía de Sadie conmigo en el escritorio.

Automáticamente la imagen escoció. Quise apartar la vista, pero algo me impidió hacerlo.

Hacía mucho tiempo que no la miraba. A veces las cosas pasan a formar parte del mobiliario y dejas de reparar en ellas como si no existieran, igual que a veces los sentimientos reprimidos dejan de intentar salir a flote y los olvidas en el fondo del océano, los acomodas en una parte de tu insignificante memoria, donde agonizan hasta la extinción.

Suspiré.

Se trataba de una imagen en la playa, del día que mi melliza se documentaba para la obra del instituto de 101 dálmatas y la animé a ir a por el papel de Cruella de Vil.

Allí comenzó todo. Su meteórica carrera.

No recordaba quién nos la había hecho. Estábamos sentados sobre la toalla de Sadie.

Yo la envolvía por la espalda y ella se dejaba caer en mi cuerpo, cómoda.

Parecíamos felices, contentos, ilusionados.

Cómplices. Como siempre habíamos sido. Uña y carne. Uno.

De repente experimenté las brazadas de cientos de sensaciones contenidas luchando por alcanzar la superficie y salir a flote, y recordé por qué nunca reparaba en la fotografía cuando la veía.

Una sensación amarga se me instaló en la boca del estómago.

También bajo las costillas. Aparté la vista.

Nate se dio cuenta y esbozó un gesto apenado.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

—Nunca me habéis contado qué pasó entre vosotros. Me entristece veros así.

Por más que lo intentaba las sensaciones de mi interior no se ahogaban, y mira que las empujaba. Al contrario. Cada vez eran más fuertes, así que me puse a la defensiva.

—Así, ¿cómo? Sadie es una exitosa estrella internacional. Tiene un novio cojonudo que también es un actor puntero y...

—Tenía —me corrigió—. Y era un gilipollas.

Cogí aire luchando contra lo que parecía incontrolable y reculé un poco.

—Bueno, Sadie es una exitosa estrella internacional. Tenía un novio en apariencia cojonudo que resulta que era un gilipollas y... ¿Qué más da? Está cumpliendo su sueño. Es feliz. No me necesita.

La mirada de Nate descendió hasta la mía y me observó como si no pudiese dar crédito a lo que estaba oyendo. Habló con suavidad.

—Estás confundido, Freddie, profundamente equivocado.

Me removí en su regazo.

Ya casi estaban, casi habían salido, veía las burbujas de su respiración subir en columna y explotar al contacto con el aire.

Quise que la conversación acabara.

—Quizá en mi valoración de Austin no he estado afinado, pero no suelo opinar de gente que ni conozco y la prensa es muy engañosa...

—No, en eso no —me interrumpió, y me sostuvo más fuerte antes de transmitirme el mensaje que lo contenía todo, y yo me preparé para la estocada—. Sadie no puede ser feliz sin ti, y tú no puedes ser feliz sin ella.

Las emociones aprovecharon aquella brecha.

Escaparon.

Cogieron una bocanada de aire.

Respiraron.

De nuevo, bombearon sangre.

Y Nate no paró.

Me relató una versión de mi hermana muy distinta a la que yo leía en la prensa.

Sadie no era tan feliz como a mí me había parecido.

Yo tampoco, por cómo reaccioné ante cada pedazo de información nueva que descubría.

Fue como si llevase mucho tiempo andando por el bosque, me hubiese detenido y, embelesado, contemplase el cielo.

Pero entonces miré hacia abajo y vi que estaba atrapado.

Un cepo se había cerrado en torno a mi pie.

Y me desangraba. Experimenté el dolor. Observé la sangre.

Las mentiras que me había dicho comenzaron a desvanecerse igual que la falsa sensación de seguridad en ese aparente ambiente de paz rodeado de árboles con el piar de los pájaros.

Sadie no estaba mejor sin mí porque yo era tóxico, pesimista y contagiaba a las personas que quería, las arrastraba.

Sadie no estaba mejor sin mí porque yo no estaba bien sin ella.

Era el amor de mi vida.

Mi gran amor.

Desde pequeño todos mis latidos habían hablado de ella.

Entender el tiempo que yo había robado a nuestra relación fue desolador.