3. SADIE #3
—Hicimos un parón en nuestros trabajos porque nos apetecía disfrutaros.
A Tom le gustaba haceros cosquillas, Maggie vivía fascinada con vuestros pequeñitos pies y yo me quejaba todo el tiempo porque me dejabais los pechos secos y teníais una capacidad pulmonar envidiable.
Fue un momento... perfecto. La felicidad estaba allí, era aquello...
—Su mirada se dulcificó un segundo, perdida en el pasado, y al siguiente se endureció más de lo que lo había estado antes.
Me di cuenta de que, a pesar de mantener la postura erguida, estaba clavando los dedos en la tela de su pantalón—.
Entonces sucedió lo inevitable. Cuando algo dejaba de ser novedad, Maggie se aburría.
Retomó la profesión y poco a poco espació las visitas que nos hacía.
Yo me enfadé con ella y ella me acusó de pretender retenerla, de estar celosa por el amante de turno que tenía aquellos días, del que ni siquiera recuerdo el nombre.
Todo se enturbió entre nosotras y, aun así, en ningún instante dudé de la promesa que tantas veces le había hecho de que la cuidaría siempre, porque no concebía poder amar a nadie más de lo que la quería a ella. Sencillamente, era imposible.
Apretó los labios. Una solitaria lágrima se le escapó y rodó por su mejilla.
No le gustó que yo me diera cuenta. El modo en que trataba de reprimir sus emociones me resultó casi más triste que si estuviese deshecha en el más puro llanto, porque yo sabía lo que era contenerse tanto y que llorar por dentro dejaba más secuelas.
No obstante, cuando Claire apartó la mirada, incómoda porque no quería que la viera, la respeté.
Aguardé hasta que estuvo recuperada por completo, recobró el control y pudo continuar.
—Cuando las cosas le iban mal venía a casa.
Cuando hacía cosas mal, también. Y se lo permití hasta que una noche te encontré jugando con algo que jamás debería haber caído en tus manos.
Tenías tres años. Y descubrí por las malas y con un profundo dolor que sí que existía alguien a quien quería más que a ella: a vosotros.
A ti. —Me dedicó algo parecido a una sonrisa—.
La eché de casa, le cerré la puerta y mi corazón se volvió tan inestable que al poco tu padre y yo nos separamos.
—Comenzó a resumir los siguientes acontecimientos sin entrar en los detalles que realmente no hacían falta para entender lo que pretendía contarme.
Reparé en que Claire hablaba como un cascarón vacío y la piel se me erizó—.
Habían pasado años cuando me lanzó el dardo envenenado en un programa de televisión, pero mi amor por ella todavía se mantenía intacto, se mantiene.
—«Cuando quien amas te deja de cuidar, caes», recordé, al tiempo que Claire decía—: Comencé a beber.
Luego se mató en el accidente de coche, me legó sus vestidos, y cuando me reencontré con su olor la cosa se agravó.
Acababa de venir de esnifar su aroma a escondidas y beberme media botella cuando nos dijiste con una sonrisa en la cara que te habías apuntado a teatro.
Aquello me desestabilizó. De repente te miré a ti y a la que vi fue a ella.
Su fantasma. Tu hermano había sido el que se había llevado sus rasgos, pero entonces, por un segundo, tú y ella me parecisteis demasiado semejantes.
Compartíais una fascinación por el universo artístico, la devoción por la interpretación, y aquello era peor que haber heredado sus facciones.
Me enfadé. Había renunciado a tanto para que te librases de ese mundo y tú, precisamente tú, estabas dispuesta a tirarte en él de cabeza.
Me prometí que te ahorraría su destino y que lo haría al precio que fuese.
Ahora sé que hay precios demasiado elevados.
»Tenía la cabeza nublada y comencé a entremezclarte con mis recuerdos de ella.
Cuando repaso el pasado no distingo muy bien a cuál de las dos hablaba en determinados momentos y...
El resultado ya lo conoces. No solo fui cruel, déspota, punzante e hiriente; es que, además, en lugar de conseguir mi objetivo contribuí a que tu pasión por la interpretación aumentase.
Nunca fuiste fácil de manipular, igual que nunca tuviste la culpa de los actos de Maggie o de que yo te quisiera más que a ella.
Me ha costado años separar tu imagen de la suya.
Aun cuando estaba limpia no lo lograba. Pero ahora sé que sois personas diferentes y que tu futuro será distinto.
Proyecté demasiadas cosas que no debía en ti.
Y me arrepiento. Lo siento mucho, Sadie —admitió antes de sentenciar su discurso con unas últimas palabras—: No puedo pedirte que me perdones porque no soy tan mala persona como para ponerte en ese aprieto, no porque no lo desee.
La única manera de remediar lo sucedido es en adelante hacerlo mejor.
Terminó. La cabeza me ardía y por mis venas circulaba fuego.
Me puse de pie de un salto. Tenía demasiado que procesar.
¿Maggie Banks también era mi madre? ¿Cómo coño nos lo habían ocultado Claire y Tom?
¿Lo sabía Freddie? ¿Por qué en lugar de sincerarse e ir a la puta terapia antes me había hecho tanto daño?
Muchas preguntas y una respuesta que no iba a llegar en ese momento.
No tenía derecho a pedirme perdón, coincidía con ella, pero ¿acaso yo quería concederle una oportunidad en ese «en adelante hacerlo mejor»?
Como digo, era demasiado para resolverlo en aquel momento.
Su relato era duro, pero no justificaba nada.
Necesitaba irme. Poner distancia. Sentir y pensar. Asimilar. Caminé por el pasillo del patio de butacas arrastrando los pies con el peso de la verdad sobre los hombros, y solo cuando estuve en la puerta a punto de escapar me detuve y sin mirarla alcé la voz y le dije:
—Kaylee está en lo cierto. El guion es espectacular. Merece ser producido.
Luego me fui a que la arena y el mar de Pacific Palisades me acunaran.