Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 3. SADIE #2
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3. SADIE #2

—Primero vino tu padre. Tom representaba seguridad, cabeza y el hecho de sentirme incondicionalmente amada.

Nos conocíamos desde siempre, nuestros padres se movían por los mismos círculos y coincidimos en París.

Allí surgió Maggie . —Le costó pronunciar su nombre, aunque mantuvo el rictus severo—.

Me encapriché de ella al observarla vestida de pirata en las escaleras de Montmartre.

Todo el mundo se encaprichaba de ella a primera vista.

Y mientras preparábamos nuestra obra me enamoré perdidamente de su esencia.

Maggie —que lo dijera por segunda vez no lo hizo más sencillo— era color, libertad, caos, vestidos que parecían disfraces y muchas emociones juntas.

Pasión, fervor, adoración, conversaciones que no quería que se acabaran.

Me desordenaba. A mí . —Sonrió con tristeza, y fue lo más cerca que estuvo de hacer una broma en la conversación—.

Cuando la veía actuando sentía que el universo se había creado para que existiese ella, que esa era su razón y meta.

Iniciamos una relación. —Había tanto amor y acidez en sus palabras que tuve que cerrar los ojos con fuerza y volver a mirarla para asegurarme de que seguía siendo ella, Claire—.

Tu padre siempre estuvo al corriente y lo aceptó.

—Me miró e hizo una pausa para que lo interiorizase, aunque, de todas las cosas que me estaba contando e iba a contarme, el tipo de relación que habían mantenido mi padre y ella era la que menos me importaba.

Se dio cuenta y continuó—. Los tiempos habían cambiado, pero, en cierta manera, nuestra libertad era polémica, así que nos la reservamos.

Pretendíamos que nuestra relación fuese para nosotras y la protegíamos como dos niñas egoístas que no comparten lo que tienen porque es demasiado valioso.

Todo el mundo sabía que quería a Tom, pero pocos eran los privilegiados que estaban al corriente de que también amaba a Maggie.

Los primeros años fueron gloriosos. —Casi me pareció ver cómo se ruborizaba y su piel adquiría un nuevo color.

Sin embargo, las comisuras de sus labios se tensaron y la tonalidad volvió a ser cetrina al añadir—: Los últimos, amargos.

Para comprender lo que pasó tienes que conocer un poco a Maggie.

Se había criado nómada, sola, desarraigada, y lo que más deseaba era una familia, pero era una persona terriblemente volátil.

Adoptamos un perro del que se cansó cuando creció y lo tuve que cuidar yo porque decía que la retenía, que la amarraba a un punto en concreto, y que ella quería volar por todos.

A su vez, a mí me llamaba «hogar». Decía que su casa estaba construida con mis huesos y todas las noches, cuando estábamos juntas, me hacía prometerle que siempre la iba a cuidar pasara lo que pasase.

—Tragó saliva, y a mi mente vino la frase del artículo de Travis Fitzgerald que había memorizado de tantas veces que la había leído: «Cuando quien amas te deja de cuidar, caes»—.

Empezó a decir que quería tener hijos. Maggie necesitaba cambios constantes en su vida y estaba en un punto tan álgido de su carrera que lo espectacular le resultaba cotidiano.

Así que quería hijos, sí, pero no quedarse embarazada.

Pensaba que alterar su figura podía pasarle factura en el universo artístico y yo no me atrevía a contradecirla porque de hecho así sería.

—De repente se calló y pareció mínimamente alterada.

Tanto como se permitía. Tomó un sorbo de la botella de agua que descansaba a su lado y adiviné que era por lo que vendría a continuación.

Cuando no pudo posponerlo más me miró y percibí cierto brillo en sus ojos—.

Nos convenció. Hizo que la idea de una familia formada por una parte de los tres nos pareciese preciosa.

—Se aclaró la garganta y por fin lo reveló—: Sus óvulos, su esperma, mi vientre.

Dos bebés maravillosos y sanos. Tom, Maggie y yo lloramos abrazados en el paritorio cuando nacisteis.

Mi corazón se saltó un latido, como si el tiempo se hubiese detenido un segundo, y después resurgió frenético. Rugía. La sala comenzó a darme vueltas y si evité interrumpirla fue porque quería que acabase, conocer el final.