Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 3. SADIE
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3. SADIE

SADIE

Me presenté en el teatro de mi madre en Santa Bárbara un miércoles por la tarde antes del rodaje de Ecos de guerra con los nervios a flor de piel.

No había nadie custodiando la entrada, tampoco andamios en la fachada, así que pude pasar directamente y ninguna persona me molestó mientras deambulaba por el modesto y precioso hall de la entrada, maravillándome con sus detalles antes de encaminarme a la sala donde encontré a Claire dando instrucciones a unos operarios.

—¿Qué es esto? —le pregunté mientras enfilaba por el pasillo del patio de butacas en dirección al escenario con un sobre blanco en alto en la mano.

Claire estaba de espaldas debajo de las tablas. Se giró lentamente y al distinguirnos a mí y al objeto que le mostraba, y que reconoció porque ella misma me lo había mandado, les dio un descanso a los trabajadores.

—Dejadnos solas, por favor —les dijo.

Era envidiable el manejo de sus emociones. Por mi parte no estaba tan relajada. Alcancé mi destino con el pecho agitado y aguardé a que el último de ellos se hubiese marchado para insistir.

—¿Qué es esto ?

Mi madre se encogió de hombros.

—Hola, Sadie. Es un guion.

—Eso ya lo he visto.

Al instante me reprendí por habérselo revelado.

Había recibido el paquete por mensajería urgente el día anterior y, a pesar de todas mis reticencias al ver el remitente, lo había leído.

La maldita curiosidad era mi punto débil.

Luego, lo había vuelto a cerrar con pegamento, con mimo, para que pareciese que no lo había hecho, pero era demasiado tarde para retractarme de mis traicioneras palabras.

—Toma. —Se lo tendí y ella lo cogió. Vestía elegante.

Cómoda pero casual, con el pelo suelto. Casi parecía la antigua versión de ella misma que con el paso del tiempo a mí se me había ido borrando de la memoria.

Aguardó por si tenía algo más que decirle y me crucé de brazos antes de soltarle—: ¿Y bien? ¿Qué pretendías que hiciese con él?

—Me gustaría que lo leyeses y me dieses tu opinión.

Es uno de los guiones con más posibilidades de ser la primera obra que se interprete en Second Chance.

—Me reveló así el nombre del teatro. Que se llamase «segunda oportunidad» casi me pareció un insulto.

Solté aire entre dientes y emití una carcajada irónica.

—¿Y qué más? ¿También quieres que me presente al casting?

Ella mantuvo la calma.

—Podrías. Como te he dicho, este texto es solo uno de los candidatos, aunque de los que más potencial tienen. Todavía queda mucho para el casting, pero si decides presentarte, puedo asegurarte que sería justa.

Las palabras que un día me dijo reverberaron en mi cerebro y lo frieron.

Repetí parte de su discurso pasado con tonalidad gélida.

—Nadie quiere una piedra deslucida en su elenco, mamá —le recordé con desdén.

Ella se tomó un segundo para responderme con aquel rostro inexpresivo que tan poco me decía.

—Ambas sabemos que ese día me equivoqué.

Aquella frase había marcado mi vida. Diseccionándome en consulta me había dado cuenta de que mis problemas venían de la base, de mis cimientos, del trauma que había desarrollado siendo una niña, del que ella era el detonante.

Inseguridades, miedos, frustración, rechazo a mis propias emociones y una necesidad constante de validación y de superarme y reforzar el concepto de que valía para cualquier cosa, sobre todo las que me negaban.

Por Claire, mi sueño se había deslucido y tenía tintes de venganza.

Por Claire, mis niveles de exigencia rozaban la locura.

Nuestra reconciliación no iba a ser tan fácil como enviarme un guion, tener mi criterio en cuenta y aceptar que cuando me comparó con una puta piedra no estuvo acertada.

Ni ella lo merecía ni yo tampoco. De hecho, no sabía por qué diablos yo estaba pensando en reconciliarnos cuando era evidente lo que Claire quería.

—No voy a validar el texto que has elegido porque nadie más haya accedido a hacerlo.

—Kaylee Boyd ya me ha dicho que es lo más maravilloso que ha leído en años —me corrigió, aclarándome que lo había compartido con su amiga la exitosa productora—.

Aun así, me gustaría conocer qué opinas.

Es cierto. Aunque el guion ha sido un pretexto para que vinieras.

No he logrado localizarte de otra forma.

—Quizá es porque no quiero que me localices —gruñí a la defensiva, y ella fue directa al grano para no perder el tiempo por si me marchaba.

—No pretendo que me perdones solo porque soy tu madre cuando llevo años sin ejercer como tal. —Tomó asiento en una butaca de la primera fila con parsimonia y, tras intentar resistirme, terminé apoyándome en el borde del escenario.

—Entonces, ¿para qué querías que viniese?

—Para ofrecerte una explicación que estará muy por debajo de tus expectativas.

Mis pulsaciones se dispararon. Había fantaseado con ese momento, con el día en el que Claire Dawson bajase la guardia y se confesara, infinidad de veces, a pesar de enfadarme profundamente conmigo misma después por desearlo.

Sin embargo, en el instante en que se presentó, cuando por fin iba a suceder, lo que sentí no fue la furia que imaginaba, ni siquiera la superioridad por tenerla por una vez donde quería; lo que sentí fue miedo.

Temí que lo que la hubiese separado de mí, en lugar de tratarse de algo grande e irrevocable, fuese una absurdidad con la que poner de manifiesto de nuevo lo poco que yo le había importado siempre.

No saber su motivo era descorazonador. Conocerlo y que no llegase a la altura del dolor causado podría destruirme.

Me hacía la indiferente, la inquebrantable y dura, pero en el fondo era frágil.

Lo que necesitaba era que ella se arrepintiese de todo lo que me había hecho y que lo lamentase, aunque fuese decisión mía recoger sus palabras y cómo tomarlas. Necesitaba simpatizar algo con ella, a pesar de que nada de lo que pudiera decirme justificaría ninguno de sus actos.

Camuflé el nerviosismo que tenía e intenté mostrarme serena.

Relajé la respiración y los músculos faciales.

Debía mantener la postura fría.

—¿Por qué ahora?

Había conservado un contacto correcto a lo largo de los años.

Visitas cuando Freddie me hablaba.

Y mensajes en fechas señaladas cuando ya no lo hacía.

Claire había tenido múltiples oportunidades y nunca las había aprovechado.

¿Por qué entonces?

—Porque cada vez que miro este teatro veo tu cara el día del ballet del Cascanueces y soy consciente de que lo que sucedió en aquel patio de butacas no se puede reparar por mucho que invierta en ello.

Al menos así podrás saber a quién tenías a tu lado ese día.

Lo mínimo que te mereces es conocer por qué.

La sola mención del Cascanueces hizo que me plantease marcharme.

Contestarle que había oído su oferta, pero que no me interesaba.

Era demasiado tarde. Después de aquel día al que acababa de hacer referencia, yo no había querido volver a ver mi ballet favorito.

Me había robado la tradición de las Navidades.

Y recordarlo escoció. Sin embargo, quería, necesitaba , saber, así que lo que hice fue darme la vuelta camuflando la inquietud de mi pecho, impulsarme con las palmas de las manos en la madera y subir al escenario de un salto, donde me senté en el borde con las piernas colgando.

Delante de mí se extendía el patio de butacas, vacío excepto por una ocupante a la que le dije:

—Te escucho.

Claire me estudió unos segundos y suspiró resignada.

Luego se tomó un pequeño descanso antes de empezar.

Mi madre llevaba años asistiendo a diferentes terapias y aquella era la primera vez que parecía dispuesta a abrir la cámara acorazada de sus secretos.

Durante los pocos segundos que duró la pausa pude alegrarme por ella.

Sentirme aliviada de que por fin hubiese dado con la profesional adecuada o que ella estuviese preparada para escucharla y seguir sus pautas.

Las psicólogas no obraban milagros. Necesitaban de la disposición de los pacientes.

Y mi madre nunca lo había puesto fácil. No obstante, nuestra relación tenía el pulso tan débil que apenas lo notaba.

No experimentaba nada. Ni alegría ni tristeza, solo cansancio por algo que se había demorado demasiado.