2. DACRE
DACRE
Visité la casa de Chippewa Falls en el periodo entre el reencuentro y el inicio del rodaje de Ecos de guerra .
Lo hice solo. Juliette, Ian y Cody tenían su vida en Nueva Orleans con sus trabajos, el colegio y las rutinas, y Candice había iniciado una relación con Laura que la tenía levitando, cosa que no le impedía recriminarme constantemente: «¿Cómo me has permitido ser tan tonta durante años?
Esta te la voy a guardar hasta que seas un anciano», aunque después me abrazaba y susurraba contra mi pecho: «Gracias por cuidarme tanto, Dacre. Sin ti no sé cómo lo hubiera hecho».
Correspondía a su afecto apretándola fuerte.
Agnes estaba muy ilusionada con la novedosa situación.
Le gustaba ver a su madre contenta y le gustaban también las cosas increíbles que Laura era capaz de hacer para asombrarla.
Nadie puede competir contra las inherentes habilidades para lograr cualquier imposible de una asistente de producción.
Son verdaderos magos. De esta manera, me alegraba de lo bien que les iba a mis dos familias, y comprendía que una de ellas, la de Candice, comenzase a buscar su propio espacio apartándose de mí, lo que no significaba que me abandonaran; siempre formaría una parte importante de sus vidas.
Sin embargo, aquello, su bien común, me situaba en una delicada posición de soledad y me traía de vuelta fantasmas pasados.
Lo peor de sincerarme la noche de la tormenta en la vivienda de Pacific Palisades de Sadie no fue que ella me rompiese el corazón, ni recordar la etapa en la que me sentía tan insignificante que no merecía ser querido, fue la nueva sensación que ella me introdujo en el cuerpo.
Sacudí la cabeza para evitarla y me concentré en lo que tenía enfrente.
La casa de Chippewa Falls estaba terminada.
Los obreros habían hecho un trabajo espectacular.
Las paredes lucían lisas y blancas, la fachada, impoluta, y los suelos deslumbraban.
También habían reforzado las ventanas y renovado el tejado.
Dentro hacía frío. Era normal. Nos encontrábamos en temporada de nevadas y todavía no había activado la calefacción, por eso me alojaba en un hotel.
Sin embargo, el aire había dejado de colarse por sus grietas y rugir por la noche.
La vivienda estaba restaurada. Completa. Nueva.
Me apoyé en el marco de la puerta del salón y reflexioné.
No viviría en Wisconsin. No era mi lugar.
Quizá vendría mucho de visita, pero, definitivamente, de tener que establecerme no sería allí.
En la lista antes estaba Nueva Orleans o Los Ángeles, si es que mi carrera despuntaba al retomar a Jude.
A mi cabeza acudió Sadie. La proximidad en el mapa en la que esa segunda opción nos situaría.
Y de inmediato me enderecé muy recto y con los labios apretados.
Decidí que me centraría en buscarle una utilidad a aquella recién renovada casa, por mi abuela y porque pensar en Sadie Sanders no era bueno para mi salud.
Molly odiaría que la vivienda estuviese vacía acumulando polvo y estropeándose por la falta de uso.
A ella le gustaba el ruido, el ajetreo, la alegría y la vida.
Tenía que dar con una solución que honrase su memoria.
Mi contrato para Ecos de guerra era cuantioso.
Shonda lo había negociado francamente bien.
Y, si sabía administrarme, no tendría problemas con el dinero, así que no necesitaba hacer de la casa un negocio y venderla.
Me calé el gorro de nieve y la bufanda que había encontrado en el trastero alquilado en el que guardaba las cosas de mi madre y mi abuela para que las obras no las dañaran.
Serían prendas viejas, pero cumplían bien su función.
Salí a la calle, donde renovados copos se unían al manto blanco que lo cubría todo.
Llevaba buen calzado, de manera que decidí ir andando hasta el hotel.
Tampoco estaba lejos. Por una vez, había huido de lujos y me quedaba en un pequeño hotel de la zona para estar en comunión con el barrio.
Era de noche y las luces iluminaban las puertas de las casas.
La temperatura llamaba a encerrarte y descansar.
Pero en lugar de hacer lo lógico y tomar la ruta que me llevaría a descalzarme y cenar, me encaminé a casa de Cameron.
Supongo que podría haber contratado a un detective para que averiguase la puñetera identidad de mi padre biológico y quitarme de líos, pero quería lograrlo yo mismo por pura cabezonería.
Además, imagino, otra de las razones era que me ayudaba a tener la mente ocupada y a no obsesionarme con qué estaría pensando Sadie ahora que se había dignado a reconocerse a sí misma la verdad.
Durante el baile me había quedado muy claro por su cara de pánico aderezada con algo más que por fin me había creído. Volví a apartarla de mi mente.
Los padres de Cameron, Brock y Ruth, y su hermano, Logan, habían despejado la entrada de su vivienda esa misma mañana.
Los había visto al asomarme desde la ventana de la casa y Logan casi había dado un palazo a su padre al levantarla para saludarme.
No obstante, las suelas de mis botas crujieron al aplastar la nueva capa que se había formado encima.
Llegué a la puerta, dejando un sendero de huellas tras de mí, y llamé al timbre.
No comprendía el hermetismo de Cameron, pero pensaba sonsacarle la información que poseía al precio que fuera.
Aguardé y, como pasado el rato nadie vino, acompañé el timbre con unos golpes de nudillos en la madera.
Al poco, Brock asomó. Como siempre, el padre de la familia evitó mirarme demasiado tiempo.
—Cameron no está —anunció con evidentes ganas de cerrarme la puerta en las narices y deshacerse de mí.
—No he visto salir su coche y llevo por aquí mucho tiempo —repliqué.
—Se habrá ido andando.
Arqueé las cejas.
—¿Con este temporal?
Brock se encogió de hombros desganado.
—Siempre ha sido un inconsciente.
Había algo mal en aquel hombre, pero como él nunca me había prestado demasiada atención, yo tampoco lo hice.
—¿Podrías decirle que he venido a buscarle?
— Podría.
Le dediqué una sonrisa tensa.
No había cerrado la puerta, pero me estaba tocando las narices con su actitud.
—¿Vas a hacerlo?
Su mirada subió. Una capa traslúcida había cubierto sus ojos los últimos años. Cameron me había contado que había perdido visión. Pero todavía se apreciaba su antigua tonalidad verde taladrándome.
—¿Sigues intentando convencerle de que te revele cosas que ni tu madre ni tu abuela quisieron contarte?
—¿Mi respuesta va a influir en la tuya?
—No —mintió.
—No —mentí yo—. Venía a hablarle de los acabados de los rodapiés. No ha sido lo que esperaba. Su labor de vigilancia deja mucho que desear. —Esbocé una sonrisa falsa y él ni siquiera llegó a eso antes de despedirme.
—Le diré que eres un incompetente que no sabe solucionar sus propios asuntos y viene a regañarle.
Cumplió su ferviente deseo y me cerró.
«Puto carácter de mierda», pensé.
Justo en aquel momento la puerta del garaje se abrió y Cameron salió con su vehículo sin dirigirme la mirada y pasando de largo.
Tuve que morderme la lengua para no gritarle todo lo que pensaba.
Mis neuronas se pusieron a trabajar para tejer un plan, y me disponía a darme la vuelta cuando alguien me chistó desde un lateral.
—¡Chist!
Miré en la dirección de la que provenía el sonido. Pronto descubrí que se trataba de Logan, el hermano del imbécil de Cameron y el hijo del irascible Brock, que me llamaba medio escondido entre las sombras para que me uniese a él.
Siempre habíamos tenido buena relación. Cuando él era adolescente (creo) había sufrido una lesión cerebral traumática (desconocía dónde y cómo).
Dicho accidente le había provocado una discapacidad intelectual que lo había apartado de las pistas de baloncesto en las que destacaba y su personalidad había sufrido una regresión hacia una más infantil.
Cuando yo era pequeño jugaba conmigo. Participaba en mis experimentos, y cuando crecí y me teñí la ropa él también lo hizo.
Ambos lucimos tonalidades oscuras en las prendas durante mucho tiempo.
Aquello nos unió. Para compensarle, cada vez que un crío o un adolescente le llamaba «tonto» o insinuaba con crueldad que le faltaba «un verano», yo cogía una bolsa de mierdas de perro, acumulaba una buena cantidad, se las metía en el bolso a algún adulto y acusaba de ello a quien había insultado a Logan.
Nos distanciamos cuando me fui a Nueva Orleans, aunque, si lo pensaba bien, fue de los pocos que lamentaron mi partida, mostrándose taciturno cuando se enteró.
Al regresar para la rehabilitación de la casa habíamos retomado nuestra relación.
Lanzábamos algunas canastas juntos. Me parecía un buen tipo.
Amable y soñador. Nada que ver con el huraño de su hermano.
Y en su presencia yo me templaba. Se me relajaban las pulsaciones y la tensión, y mi carácter, que podía ser tan de mierda como el de su padre, se afinaba.
Acudí a su encuentro y nos escondimos en la parte trasera de la vivienda.
—¿Ocurre algo? —pregunté.
Logan, un hombre condenadamente alto de ojos negros y pelo oscuro, me estudió:
—¿Estás enfadado con Cameron?
Como no era del todo buena persona se me había pasado por la cabeza engañar al hombre que tenía delante y sonsacarle información, pero gracias a esa fugaz idea había descubierto que podía presumir de principios, de tener pocos, pero alguno, porque no pensaba aprovecharme y hacerlo.
—Estamos en un momento delicado —le reconocí—, pero no tiene nada que ver contigo.
Cameron es... —se me complicó no decir «gilipollas» del cabreo que tenía y todavía no sé cómo lo logré— una cámara acorazada para guardar secretos, y yo quiero que me cuente uno que me pertenece, nada más.
—Me percaté de que Logan había salido de casa sin ponerse chaqueta ni bufanda, y como mi abrigo no le valdría me quité el gorro y la tira de lana que llevaba en el cuello y se los coloqué por encima—.
Si te mueres congelado le daré la excusa a Brock para que se compre una escopeta y haga sus pruebas de tiro conmigo, como lleva deseando tanto tiempo —bromeé para explicarle mi impulsivo acto, pero Logan no se rio como de costumbre—.
En serio, no tiene nada que ver contigo.
—Mamá dice que andas preguntando por tu padre. Papá dice que eres muy pesado y Cameron...
—Prefiero no saberlo —le corté, porque la tentación de tratar de tirar del hilo con él si me encendía aún más iba a ser demasiado grande para resistirme.
Tenía un puñado de principios, sí, pero no era de piedra.
Y ese chico podía ser la pieza que se interponía entre mi deseo y yo.
Además, nunca me había importado utilizar a las personas.
Pero no lo hice, así que algo había cambiado—.
Tengo derecho a conocer la identidad de mi padre.
Pero no va contigo, así que, por favor, mantente al margen.
—¿Por qué quieres saberlo? Nunca te ha interesado.
Arrugó el ceño más de lo normal y medio exploté.
—Porque, ya que su familia no se ha dignado a darme las buenas noches ni un puñetero día de su vida, me gustaría saber al menos que si el hombre que me engendró viviera lo habría hecho en alguna ocasión. Como ves, no soy demasiado exigente con mis expectativas paternales.
Me callé de golpe.
Siseé como una serpiente.
El sabor de la amargura se me instaló en el paladar.
Quizá sí que había algo más, quería saber de dónde venía.
Siempre había actuado como si el hecho de que mi familia paterna hubiese renunciado a conocerme no me había afectado, y a lo mejor sí que lo había hecho, y quería sanar la herida.
Saber su nombre. Ver una puta fotografía.
Que la familia que le quedó viva no le definiese como habían hecho siempre.
De repente quise irme porque me estaba cabreando con ellos, con Cameron y conmigo por haber tardado tanto tiempo en darme cuenta.
Devorado por la impotencia, yo no era alguien con quien Logan Sullivan mereciese estar, menos alguien en quien debiese confiar.
Observé cómo su piel al descubierto se erizaba y los dientes le tintineaban, y le dije:
—Métete en casa. Tú y yo podremos seguir echando partidos. Te lo garantizo. No voy a involucrarte. Esto es entre nosotros.
Le animé a que entrara, y el hombre dirigió un vistazo fugaz y culpable a la vivienda que tenía tras de sí y después me susurró, como si se tratase del mayor secreto jamás revelado:
—Tu madre le tejía gorros. Este —se retiró el que le había dado— no llegó a dárselo, pero sé que pensaba hacerlo porque el verde era su color favorito y aún no tenía ninguno. Ni te imaginas lo contento que se puso cuando vio tus ojos. Eran como los de su padre...
Tragó saliva y me lo tendió junto con la bufanda que también le había dejado. Luego se marchó como alma que lleva el diablo, frotándose las manos sin mirar ni una sola vez atrás.
Con aquellas pinceladas de la verdad, Logan Sullivan cambió mis planes nocturnos.
En lugar de irme a mi habitación del hotel, regresé al trastero del barrio que tenía alquilado y que era de donde lo había sacado.
Había encontrado el gorro y la bufanda metidos en una bolsa que había abandonado encima de una caja.
La distinguí solitaria en cuanto encendí la luz, y con la sensación de que estaba a punto de descubrir algo importante, una pieza clave, me encaminé a su encuentro.
Contuve el aliento y hundí la mano en su interior.
Como recordaba, algo crujió. Había un pequeño papel dentro.
En su momento había pensado que se trataba de una etiqueta o un trozo de folio sin importancia al que no había hecho caso, pero entonces lo saqué. Y lo más grave: lo leí.
Para Sullivan.
Con amor,
Haley
De repente todo cobró sentido. Lo vi claro.
Sus cuidados, la acogida, la preocupación cuando casi me congelo, su hermetismo con el tema y a la par su dedicación conmigo.
El gesto de culpabilidad de Logan al traicionarle.
La mirada verde de Brock. «Lo contento que se puso cuando vio tus ojos.
Eran como los de su padre...». El pozo de profunda tristeza que me había parecido distinguir en sus ojos a veces cuando le mencionaba a mi madre.
Cameron Sullivan era mi puto padre biológico.