Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 1. SADIE
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1. SADIE

SADIE

Shonda me perdonó en cuanto hablé con ella.

Tan solo tuve que llamarla cuando me encontré preparada y accedió a verme.

Le expuse la situación y no me hizo falta terminar antes de que me dijera: «Vuelvo a representarte.

No te apures. Todas las relaciones tienen conflictos.

Nosotras no íbamos a ser diferentes». Y me dedicó una sonrisa de las suyas, contenida, como si todos los músculos de su cara se opusieran con firmeza y aun así la sonrisa se le escapara con una mueca rara.

Habíamos quedado en una exclusiva cafetería de Los Ángeles.

Desayunamos y la conversación no tardó en fluir como si nada hubiera pasado entre nosotras, hasta que retomé el tema:

—Tengo una duda.

Shonda no se hizo la sorprendida y enlazó los dedos sobre la mesa.

—La estaba esperando.

Me retorcí incómoda por si mi impertinencia podía molestarle.

—¿Por qué no me lo contaste?

Conforme lo dije me sentí aliviada y agradecí a mi psicóloga el trabajo que estaba haciendo conmigo.

Ella me había ayudado a verbalizar las cosas que me importaban, que me preocupaban.

Dar ese paso semanas antes habría sido imposible.

Habría permanecido callada y con la duda.

Estaba haciendo una excelente labor conmigo.

Notaba una clara mejoría a pesar de que me quedase mucho trayecto por delante.

El trabajo lo tenía que hacer yo, y no era poco, pero la terapia me daba acompañamiento y herramientas.

Por si acaso Shonda no me había entendido, le aclaré:

—¿Por qué no me contaste que habías rechazado a Austin y tenía razones para tratar de ponerme en tu contra?

La mujer se recostó contra el respaldo de su silla blanca y dibujó un incontenible gesto de profundo desagrado por la mención de mi ex y por el mueble.

La cafetería en la que estábamos tenía una decoración peculiar.

El sueño de todo niño o niña que aspirase a ser una pomposa princesa de Oz.

De esta manera, las mesas simulaban tocadores, las sillas blancas tenían elementos rococós y un acolchado de tonalidad rosa palo.

El rosa, en general, predominaba entre los demás colores.

A mi agente la decoración de aquel sitio no le gustaba en absoluto, pero la comida era abundante, buena y no le haría un tremendo agujero en la cartera.

«Nadie se hace rico sin escatimar en gastos», me explicó una vez.

La observé mientras reflexionaba sobre cómo responderme.

—No es mi estilo malmeter. Me resulta aburrido.

Además, parecía demasiado enrevesado. Tiendo a darme la relevancia que merezco, no te confundas, pero no en ese ámbito.

Las peleas de patio de colegio me superan, me entra una terrible jaqueca si me meto, aunque debería haber caído en la cuenta de que su edad mental —prefirió no referirse a él por su nombre— no superaba los cinco años y que actuaría en consonancia.

Tú me importabas, Sadie. —Bajó el volumen de una voz que se le tornó rasposa—. Aún me importas.

—Gracias —admití con el corazón acongojado, y al darse cuenta de que me estaba emocionando le restó hierro al asunto sacudiendo una mano y fijando la atención en otro lado.

—Acaba de entrar una mujer con corona. Ojalá se atragante con los huevos Benedict que seguro se pide.

Me reí por el espíritu del Grinch que la poseía, pegué un trago a mi té matcha con leche y tenté a la suerte incorporando una petición más.

—Hay otra cosa que me gustaría decirte.

Sus ojos centellearon perspicaces.

—Esa también la estaba esperando.

No había vuelto a hablar con Dacre después del baile.

El rodaje de Ecos de guerra comenzaría al cabo de tres semanas y tendría una duración de tres meses y medio si no había contratiempos.

Algunos directores situaban estratégicamente las escenas románticas para el inicio de la filmación, con la intención de que si más tarde había fricciones entre el dúo protagonista estas estuviesen salvadas.

Era un recurso que se podían permitir en las películas, no en las series, como sucedió en Averno ; ahí todo era más lineal y disponían de menos margen de juego.

Sin embargo, nuestra directora, Tabitha Mehta (repetían con ella), y su equipo las habían escaletado al final.

Imaginaba que bajo algún razonamiento estratégico que a mí se me escapaba y que por supuesto tenía que ver con nosotros.

Aquello no evitaría que nos viésemos próximamente, pero sí que cuando lo hiciésemos fuese de un modo más superficial.

No sabía cómo me sentía al respeto. En mi cabeza existía una especie de cuenta atrás para ese momento, un marcador al que se le caían los números, pero no era el tema del que le quería hablar.

—Represéntalo —le pedí en voz baja, y añadí con intensidad—: Por favor.

No me hizo falta decir su nombre.

—¿Por qué? Por el bien de todos espero que no estéis volviendo a las andadas...

Se me quedó mirando y descubrí que entre lo que había dicho y lo que en realidad pensaba existían matices, pero evité profundizar en su opinión sobre nosotros y me apresuré a negar categóricamente con la cabeza.

Entre Dacre y yo no había ocurrido nada y, después de todas las formas en las que ambos nos habíamos pisoteado el corazón sin piedad, dudaba de que eso pudiese cambiar.

Agrupé todos mis argumentos y le confesé, atemorizada por si se negaba:

—La mirada le brilla cuando actúa. Es lo que quiere, lo que puede tener, pero te necesita.

Desconocía los motivos que le habían conducido a apartarse de la interpretación después de Los nueve círculos .

Si había sido su propia decisión o de las productoras, que no habían encontrado dónde encajarle antes de olvidarse de él.

Pero el verde de sus ojos se suavizaba cuando hacía las lecturas de guion y en el set su mirada cobraba fuerza.

Ecos de guerra sería el fin de nuestras carreras o un impulso para todos, estaba segura.

Especialmente para Dacre. Su papel era sublime y su interpretación lo elevaría todavía más.

Con la ayuda de Shonda nunca volvería a bajar, yo lo sabía.

La mujer me miró a través de las gafas redondas que se le escurrían por la nariz y chasqueó la lengua.

—Está bien —accedió, en apariencia resignada, aunque, por la sonrisilla que se le escapó y que tardó un parpadeo en borrar, averigüé que representarle sería algo que la haría profundamente feliz.

Tampoco sabía la razón por la que sus caminos se habían separado, pero Shonda nunca había dejado de quererlo en el plano laboral y, muy a su pesar, tampoco en el emocional.

—Gracias. —Sonreí agradecida y me llevé la taza a la boca.

Dacre había nacido para deslumbrar. El talento que tenía no merecía menos. Daban igual las cosas que hubiesen sucedido entre nosotros. Aquello era innegable.

Shonda me estudió unos segundos en silencio y apuntó:

—Tan distintos y a la vez tan iguales...

No le hice mucho caso a su comentario ni a la cadencia de su voz. En aquella cafetería tan solo me alegré de que Dacre Stewart pudiese retomar y encauzar su carrera.

Pero durante aquel desayuno sucedió algo más.

Allí fue donde dejé de sentirme mal por desearle por una vez lo mejor.