4. SADIE
SADIE
Tardé unos minutos en recobrar el movimiento cuando Dacre se marchó de la terraza.
Quizá porque temía y deseaba a partes iguales que regresase.
Quizá porque para poder pronunciar esas palabras tan dolorosas, punzantes y repletas de falsedades sin que se notase tuve que transformarme en una estatua de piedra, cincelar mi expresión, mi gesto y mi postura.
Solo sé que en teoría la venganza debería haberme hecho sentir mejor, liberarme, pero lo que sucedió fue que me llevé la mano con los dedos temblorosos a la boca, donde antes había estado la suya, y sentí un vacío terrible en las entrañas.
Las piernas me fallaron. El corazón se me anudó y dudé de si se había roto en pedazos.
Para arreglarlo, me dije que todo lo que había salido de sus labios era mentira, que le dolía su orgullo, que su única motivación para recuperarme era demostrarse que podía hacerlo. Que no me quería. Que yo había hecho lo correcto.
Lo repetí hasta que se me grabó en el cerebro.
Luego, en lugar de meterme en casa, me dirigí a la playa, donde la tormenta se había desatado con toda su potencia, me senté en la arena y dejé que las gotas gélidas me calasen.
Entonces me dije que ese era el frío que notaba en mi interior.
Y después tuve que repetirme durante semanas que si me sentía enferma era por ese descuido y no por lo ocurrido con Dacre.
Me dije muchas cosas durante años hasta que después del baile dejé de mentirme.