Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 3. DACRE #3
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3. DACRE #3

Pensé que aquella había sido nuestra despedida y me pareció bastante más de lo que merecía, pero entonces apretó la mandíbula con determinación, sus manos se deslizaron hasta mi nuca y cuando presionó de nuevo mis labios con los suyos atrayéndome había más deseo, más exigencia, más de todo lo que estaba dispuesto a darle.

Dejé de creer que era un espejismo, una fantasía, un sueño que se tornaría en pesadilla cuando despertara, y le respondí con la ferocidad que demandaba.

La devoré con el nuevo beso.

Sadie ahogó un gemido en mi boca.

Me puse de pie y de un salto la actriz enrolló las piernas alrededor de mi cintura.

La cargué a pulso presionando nuestros sexos hasta una de las paredes de la terraza, donde apoyó la espalda.

Sus manos se deslizaron por mi clavícula, por mi pecho, por el bajo vientre, y subió parte de la camisa.

Yo le besé la curva del cuello, el hombro desnudo y cualquier fracción de su cuerpo que quedaba al descubierto.

Nos miramos de nuevo experimentando brutales espasmos de deseo.

La respiración entrecortada. El corazón bombeando como si cada latido fuese una puta explosión y nos retorciéramos.

Sonreí como jamás había hecho en mi vida y como pensé que jamás volvería a hacer cuando abandoné su casa a los pocos minutos.

Sadie me había perdonado.

También me quería.

Fueron muchas las novelas que me había leído durante el proceso de documentación para entender y poder replicar lo que se sentía siendo un dios, un pecado, pero en aquel instante lo experimenté en mis propios huesos.

Estar con Sadie era como habitar por encima del bien y del mal, el cosquilleo que te domina cuando te ofrecen la inmortalidad.

Mi sonrisa aumentó, me incliné hacia delante para profundizar en un nuevo beso, y a mitad de camino escuché que decía entre jadeos:

—Suficiente.

Vacilé conforme ella apartaba las manos, me empujaba y se dejaba caer en el suelo de un salto perfecto.

Sadie habría podido salir de mi arrinconamiento contra aquella pared, pero sospecho que se quedó para disfrutar de primera mano de su momento, de su obra.

Por mi parte, fruncí el ceño confundido mientras intentaba recordar cómo era eso de ponerse alerta.

—¿Qué? —le pregunté sin entender lo que estaba sucediendo.

La expresión que desde mi entrada había fingido se tornó natural y me mostró todo el desprecio y el asco que sentía por mí, a la vez que se limpiaba los restos de mi saliva en la comisura de sus labios con una mueca de desagrado.

—Para sorpresa de nadie, el experimento ha concluido según lo esperado.

Ahí vi el filo de la navaja asomar sobre mi cabeza y, en lugar de apartarme, le pegué un puñetazo en la espinilla al verdugo para que cayera rápido.

—¿Qué experimento, Sadie? —Mi gesto también se ensombreció. Había llegado allí con la sospecha de que se tomaría la revancha, pero no la consideraba tan descarnada.

—No quieres saberlo. —Me retó a sabiendas de que picaría.

—Ya que soy el sujeto, sí. Me interesa.

Mi instinto me dijo que me apartase, pero preferí agonizar durante nuestros últimos segundos juntos con la proximidad de su cuerpo.

—Hoy he descubierto muchas cosas sobre ti...

—Demasiadas.

—Y me temo que estás profundamente equivocado.

—Por favor, sácame de mi error.

Me crucé de brazos en posición defensiva para protegerme y para rozarla.

Así de necesitado de ella estaba. Iba a matarme y yo solo quería llevarme el recuerdo de su piel en la conciencia.

El calor de mi mano rozó la suya y retrocedió un paso por instinto.

Vaciló, creo que por la impresión de la descarga, pero el odio que yo despertaba en ella era demasiado intenso para que lo olvidase o para que lo sustituyese por otras emociones.

La lluvia se tornó más densa.

—Llevas toda la vida interpretando, sí, pero no por los motivos que crees. No actúas porque seas un egoísta o un manipulador, Dacre, actúas porque tienes miedo.

—¿De la gente? ¿De ti? —repliqué con indiferencia mientras por dentro me preparaba para que me asesinase.

El error fue que estaba tan expuesto que no me dio tiempo a colocarme la armadura antes de que me apuñalase.

—De ti . Sabes que no tienes nada que ofrecer, y como eres listo, rellenas los vacíos de mentiras, porque cuando alguien te ve, cuando una persona te observa, como lo hago yo ahora mismo, sin la farsa que te convierte en alguien espectacular, descubre que eres anodino, mediocre, poco interesante y gris, y que no hay nada que merezca la pena rescatar de ti, mucho menos desear o querer.

Gracias por venir hasta aquí y mostrármelo.

Habría sido imposible pasar página con el personaje de ti mismo que creaste, pero contigo será del todo sencillo.

Hoy eres un error. Mañana ya no te recordaré.

Ahora, por favor, vete. No hay nada que me interese de ti y te recomiendo que elimines cualquier interés que tú tengas en mí.

Iba a marcharse y la retuve por la muñeca.

—Mientes.

—Ya te gustaría —escupió.

Nos quedamos mirándonos desafiantes.

Los ojos le brillaron.

La barbilla le tembló.

Pero no retiró ni una sola palabra.

Noté el agujero que me había hecho en el pecho, y una garra se metió en él y me extrajo el corazón de cuajo.

Emitió un último latido en su palma antes de apagarse.

El dolor se apoderó de mí y lo expulsé en su forma más común, la de la amargura.

Solté una carcajada cargada de rabia. Después acerqué la cara hasta quedar tan pegado a ella que por un segundo dudé de si le estaba hablando o la estaba besando.

—Te quiero, Sadie Sanders. Es curioso que el primer sentimiento que no elijo sea el que me destruya, pero así están las cosas, ¿no?

Lo peor es que no puedo culparte, aunque te desprecie por ello.

Ojalá no volvamos a coincidir nunca. Gracias a Dios, el mundo es lo bastante grande para que lo logremos.

Será nuestra primera y última victoria juntos.

La solté sin que mi discurso alterase lo más mínimo su expresión, y me fui.