3. DACRE #2
Yo me vi obligado a parpadear un par de veces.
Sadie estaba... ¿coqueteando?
No tenía ningún sentido.
De todos los escenarios, aquel era el más inimaginable.
El que no se podía pensar.
Un truco, con total seguridad.
Pero lo peligroso de algunas mentiras es que te dan lo que deseas y decides creértelas.
Pegué un trago al agua que había llevado conmigo para aclarar la mente, pero mis pulsaciones fueron por libre. Hablé sin que mi gesto delatase nada.
—¿Qué quieres, Sadie?
—¿Yo?
—Tú me has escrito.
—Y tú has venido. ¿Qué es lo que buscas de esta visita, Dacre?
Le dio la vuelta para ganar tiempo y, supongo, aumentar en seguridad.
«A ti, maldita sea, a ti», pensé, y me cansé de gilipolleces.
—Que no debes perdonarme es incuestionable —convine.
Fue la primera y última vez que la sorprendí y la vi alterada.
Tardó en reponerse y, aunque su expresión no varió, la piel de su cara se encendió.
Cerró las manos con disimulo y empleó todo su esfuerzo en mantener la sonrisa.
—Creía que ya habíamos superado lo de que no debes tomar decisiones por mí, Dacre.
—No lo hago. Pero si al final de esta conversación decides que me merezco tu perdón estarás cometiendo un tremendo error, y me veo en la obligación de avisarte.
—¿Por qué?
—Porque es exactamente lo que voy a pedirte. No soy una buena persona, Sadie, y aquí tienes la prueba. En mi deseo más profundo de solucionarlo.
Creo que la siguiente reacción fue la única verdadera de ese día.
La mirada de desdén que me dirigió, con la que me contempló de arriba abajo.
—Cuéntame algo que no sepa.
Y, contra todo pronóstico y a pesar de ser una experiencia que no pensaba repetir, lo hice.
Me desprendí de las capas, los disfraces, mis múltiples engaños y todas las mentiras que me saltaban en la lengua como si esta fuera un trampolín.
Me tragué las falsedades.
Hablé con la verdad.
No fue bonito.
Mucho menos agradable.
Pronuncié palabras desde la pegajosa emoción, desde mis inicios, atrapado en una telaraña. Le conté cosas que nadie más sabía. Cosas que me avergonzaban. Cosas que yo mismo descubrí mientras las verbalizaba. Cosas que jamás volvería a decir en voz alta.
En ningún caso traté de justificarme.
Mi actitud no tenía defensa alguna.
Había hecho las cosas mal.
Simplemente quería que me conociera y, con una perspectiva completa de quién era, eligiera.
Si me rechazaba, que fuese a mí, no a alguien que no existía.
Como digo, no fue un ejercicio sencillo, mucho menos alentador.
Para una persona como yo, reservado con su pasado y su presente y autoritario consigo mismo y con sus sentimientos, fue como llegar a una carnicería resignado, tumbarme en una fría mesa metálica y, con una luz blanquecina iluminándome, practicarme mi propia autopsia mientras le iba explicando a la persona que tenía al lado, a ella , lo que veía y el proceso que estaba llevando a cabo.
No me habría desnudado así por nadie y por nada, solo por Sadie.
Quizá no lo hice con palabras bonitas, pero sí demasiado reales. Afiladas.
Agonizantes.
Todavía trato de discernir si fue un acto egoísta.
Era lo único que me quedaba.
La posibilidad a la que debía aferrarme con uñas y dientes.
Confiar en que después de todo sería tan idiota de quererme y yo dedicaría cada día mi cuerpo y mi alma para que no se arrepintiera.
Sadie escuchó con una mueca neutra, ilegible, y una sonrisa enlatada que comencé a detestar. Esperó sin interrumpirme hasta que hube acabado. Solo en ese instante, mientras soportaba un estado de agotamiento físico y anímico brutal, me dijo:
—Entonces, como tuviste una infancia desapegada en la que anulaste tus sentimientos y desarrollaste cierta fobia y escepticismo a que la gente pudiera quererte, ¿tengo que aceptar tus mentiras y...
lo demás ? —Le costó pronunciar la última palabra, como si le quemase en el paladar.
Hablaba de nuestro amor envenenado. De las acciones con las que lo asesiné. La saqué rápidamente de su error.
—No, si me has oído desde el principio, te he dicho que no deberías perdonarme.
—Pero es lo que quieres.
—Más que nada de lo que pueda ofrecerme el universo —repuse cansado.
Sadie cerró los ojos y se masajeó los párpados.
Una vez.
Otra.
Se tomó su tiempo.
Cuando los abrió al rato, después de coger una bocanada de aire y expulsarla lentamente por la boca, me observó estudiándome, como si fuera a tener en cuenta lo que yo le dijera.
Me aferré a ese rayo de esperanza a la par que uno real caía en el mar.
El viento movió las ramas e hizo temblar los muebles.
—Me has dado muchos argumentos para que no te perdone, dame uno para que sí.
Lo pensé y terminé resoplando.
No había.
No...
—Te quiero con cada partícula de mi ser, Sadie. No sé si eso me hace mejor persona o alguien con las ideas muy claras, pero... Todo lo que me compone es tuyo. Por eso estoy listo para ofrecerte mis partes buenas, aunque las malas..., las malas también te amaban.
El labio le tembló y bajé la vista. Lo había hecho.
Me había declarado. De repente noté algo que pocas veces me había permitido sentir, ganas de llorar, porque la perdía, lo hacía, y no encontraba la fórmula para revertirlo.
No sin recurrir a mis trampas, y estas habían dejado de ser una opción.
La mirada se me nubló y los ojos me escocieron.
Noté la devastación en mis huesos.
Me resistía a que ese fuera nuestro segundo final, el definitivo, pero me veía incapaz de crear un nuevo inicio, uno que Sadie aceptara. Sin estrategias, sin disfraces y sin mentiras no valía, pero me negaba a ponérmelos con ella.
Me estremecí.
Una serpiente recorrió el largo de mi columna vertebral, se enroscó y la oprimió.
Me costó respirar y mis terminaciones nerviosas agonizaron.
Pensé en irme.
Desenfoqué la mirada y me encontré muy perdido, desolado.
Anulado.
Descubrí que la tristeza astilla los huesos.
Por eso, cuando Sadie me tocó sin esperarlo me encogí como un animal herido.
—Ey, tranquilo.
No la había oído moverse. Había sido sigilosa. Pero estaba a mi altura, de cuclillas, inclinada hacia mí con la miel de su mirada derramando comprensión. El corazón volvió a latirme, aunque su pulso era débil.
—Estoy un poco desbordado —le reconocí.
Las entrañas me lanzaban lenguas de fuego, los músculos me dolían y las costillas comprimían los órganos que tenían debajo. Sadie suspiró y con las manos me acarició las mejillas, enmarcándome. Por si acaso aquel era nuestro último contacto, me froté contra él.
Gemí de pena.
—Tranquilo, todo está bien —repitió su mensaje.
—¿Vas a ofrecerme otro puto vaso de agua? —bromeé, y en su respuesta vislumbré cierta sonrisa.
—Pues debería. Estás deshidratándote. —Me concedió una pausa—. ¿Qué te pasa, Dacre?
Cuando la miré parecía preocupada.
Nadie se preocupa por ti si no le importas.
El corazón me estalló y una mueca de agradecimiento cruzó mi cara.
Ella acarició mi contorno con los pulgares sin dejar de sostenerme.
Decidí abrirme todavía más en canal en aquella mesa de autopsias.
—Tengo miedo.
—¿De mí?
Apreté los dientes y negué con la cabeza.
—De mí. De que lo que siento por ti me mate. Te he echado tanto de menos que creía que no sobreviviría. Tu dolor es... insoportable, Sadie.
Distinguí la sombra de algo recorriendo sus ojos, pero lo mandó al fondo de su mirada. Tan pronto llegó, se esfumó.
—No puedo importarte tanto.
Ladeó el rostro.
Cerré los párpados e inhalé su olor, viví en su tacto.
—Admito que no habría sido la opción a la que habría apostado todos mis ahorros cuando nos conocimos, pero, mira tú por dónde, es la que me habría hecho condenadamente rico. Te quiero de tal forma que creo que no podré seguir existiendo sin hacerlo.
—Mientes —bloqueó mi discurso.
—Ojalá. No quererte sería infinitamente más sencillo para mí y, aun así, estar enamorado de ti es lo que me hace feliz.
La oí suspirar.
Sus manos descendieron con la yema de los dedos presionándome la piel y se quedaron ancladas en mi pulso.
Ahí lo tuvo que sentir. En la vena de mi cuello.
Cómo mi corazón le respondía. Cómo mi corazón le correspondía.
Cómo mi corazón era suyo. Cómo yo lo era.
En aquel segundo, podría haberme esclavizado y yo habría aceptado.
Se produjo un instante de silencio y el aire trajo consigo las primeras gotas de una lluvia fina.
—Voy a besarte, Dacre. ¿Puedo?
Mi mirada se desplegó del todo por la sorpresa.
—Haz conmigo lo que quieras. Mis tinieblas y mi luz te pertenecen.
Nunca, en toda mi vida, he estado más vulnerable de lo que estuve durante aquel beso con las lágrimas todavía rodando por mis mejillas.
Nos sostuvimos la mirada y mi estómago se encogió como el de un adolescente.
Sadie se irguió sobre las rodillas y sus labios cubrieron los míos.
Comenzó siendo un beso suave, cauteloso, en el que yo mismo no sabía cómo actuar más allá de dejarme llevar, de sorprenderme por mi suerte y de agradecérselo al universo. Me había muerto y ese era mi cielo.
La boca de la actriz, que llevaba la iniciativa, se movió sobre la mía con lentitud, con timidez, y comenzó una pequeña exploración con la lengua en la que saboreé y disfruté de cada segundo. Mordió flojo. Lamí su labio inferior con ternura.
Nos deshicimos y nos construimos muchas veces.
Habría estado así hasta el infinito.
Pero, como era previsible, no tardamos en averiguar que aquello nos sabía a poco, nos dejaba hambrientos.
Nosotros siempre queríamos todo, en especial de la persona que teníamos enfrente.
Pusimos un palmo de distancia entre ambos y con las llamas flameando en su mirada observé cómo dudaba.
Es el único remordimiento que le recuerdo.