3. DACRE
DACRE
En las películas, en las series, en la ficción en general, la expresión de los protagonistas cuando se enfrentan a la guillotina no es auténtica.
Lo hacen desafiantes, sin miedo, con actitud heroica, algunos incluso le sonríen a su inminente destino.
No es un gesto natural. En la realidad, si el acto se produjera y reflejase sus verdaderos sentimientos, no sería poético, emitible.
Algunos llorarían, otros se cagarían encima de la impresión, se mearían, vomitarían o se desmayarían.
En la ficción se permiten ese recurso porque en ella casi todo es bonito, reluciente, y pueden romantizar la oscuridad.
Pero es falso. Los personajes sufren con valentía porque en el fondo ellos y el público esperan que suceda algo que los salve.
Esa es la razón por la que cuando finalmente la hoja cae y los decapita sea tan impactante para los espectadores.
Hasta el último segundo esperamos el final feliz.
Es a lo que nos han acostumbrado.
No era mi caso.
Yo sabía que la cuchilla afilada se precipitaría y segaría mi cuello de un solo golpe.
Un tajo certero. La piel es extremadamente fina.
No tenía ninguna duda de ello. Y, aun así, por incompresible que me resultase, cuando la actriz abrió la puerta de su casa de Pacific Palisades y por fin la vi, cuando mi mirada se encontró con aquellos ojos en los que el oro estaba manchado con el tipo de barro que en lugar de afear le añade tonalidad, la felicidad que me sobrevino y estremeció mi pecho fue sincera.
—Sadie... —dije soltando todo el aire que había contenido.
Iba vestida con una falda de tablas por encima de la rodilla, de tonalidad gris oscuro, que combinaba con un jersey fino del mismo color, algo más claro, que le caía por un hombro.
Si le sorprendió mi atuendo no dio muestra de ello, más que nada porque enseguida bajó la vista y jugó a empujar una hoja que se había colado.
Lo interpreté como un gesto de timidez. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y nuestra despedida no había sido precisamente amigable. Más tarde quise pensar que se trataba de remordimientos, que no estaba del todo conforme con lo que iba a hacerme, que no era tan fría como yo.
—Pasa. Parece que va a llover —me instó.
El cielo se había ido oscureciendo con el manto de la noche y una tormenta inminente rugió mientras se acercaba.
Sadie se hizo a un lado y entré con los fuertes golpes de viento embistiéndome.
Automáticamente me dio la espalda y se internó en la vivienda.
Cerré detrás de mí y el aire silbó e hizo crujir algunos de los ventanales de la imponente construcción. Parecía que el mundo se venía abajo.
—¿Quieres algo de beber? —me ofreció.
—Agua. Tengo la boca seca. —No le oculté el estado de mi garganta, fruto de mi nerviosismo.
Asintió en modo piloto automático.
Como un robot, enfiló hacia la cocina arrastrando los pies.
Yo me quedé allí sin saber muy bien qué hacer, sintiéndome un poco estúpido e inútil, y cuando volvió con un vaso en la mano me percaté de que se cuidaba de que nuestros dedos no se rozasen durante el intercambio.
Continuó sin mirarme.
A mí la falta de contacto empezó a desquiciarme.
—¿Es tu casa? —le pregunté después del segundo sorbo, ya sin sed. Sadie se alisó entonces las tablas de la falda como excusa para posponer lo inevitable, el contacto directo de nuestros ojos.
—¿No te gusta? —replicó con una irascibilidad que trató de camuflar.
De nuevo, creí que se debía al más puro nerviosismo, no a lo que iba a ocurrir minutos después.
Preveía enfrentamiento, aunque no de ese tipo.
«¿Acaso te importa?», repiqueteó en mi cabeza como respuesta, pero decidí ser más civilizado y dejar las emociones viscerales al margen.
Ojeé la vivienda. No era tan grande como otras que habíamos pasado de camino. Tampoco tan lujosa. Aun así...
—Demasiado ostentosa.
Fuera se oyó un trueno.
La mirada de Sadie se desplegó de puro asombro.
Se le escapó una risotada sarcástica que se vio obligada a modular para seguir adelante con su plan.
—Admitirás que viniendo de ti parece de coña...—justificó.
Reconduje la conversación, administrándole a mi carácter más dosis de paciencia de la que había consumido en años.
—¿Vives aquí?
No le pegaba la casa. Una mansión ubicada en medio de un resort de millonarios con vecinos imperfectos que actuarían todos los días como si no lo fueran.
Al menos, a la Sadie que conocía. Ella huía de lo superficial.
Le gustaba lo auténtico. El cielo rugió por segunda vez en un intervalo muy corto de tiempo y fue entonces cuando observé los ventanales abiertos de par en par al fondo, por eso el sonido se colaba de un modo tan violento, y aprecié que estar cerca del océano y que su brisa le arremolinase el pelo sí era su estilo.
—La he alquilado, aunque supongo que si me gusta la acabaré comprando —me dijo.
—Debe de costar una fortuna —pensé en voz alta.
—No sé de qué te asombras. Ambos nos hacemos una idea bastante aproximada de lo que el otro tiene en el banco. Tú más. Tu caché en las dos últimas temporadas era más alto que el mío.
Trató de suavizar su intervención terminándola con una sonrisa fingida, aunque ambos sabíamos también que el hecho de que el cast protagonista masculino cobrase más era algo con lo que nunca habíamos estado de acuerdo.
Tendríamos que haberlo solucionado en su momento.
Me pasé la mano por la cabeza despeinándome.
No me importó. Evité mencionarle que gracias a la cláusula de abandono voluntario el volumen de mi dinero no era tan elevado como ella pensaba, y pasados unos segundos incómodos de silencio le dije:
—¿No vas a mirarme? No he venido hasta aquí para hablar con tu frente.
Ahí empezó en serio nuestro primer reencuentro después de Averno .
Sadie se mordió el labio y trabajó para dedicarme una sonrisa.
—Por supuesto, Dacre. No minimicemos tus expectativas.
El gesto que me ofreció después fue desconcertante.
El de la calma que te pone alerta.
Aunque un detalle en su rostro eclipsó aquella dulzura que no correspondía dadas las tensas circunstancias.
Me puse rígido y una cierta dureza envolvió mis palabras.
—¿Qué te ha pasado?
Tuve que contenerme para no avanzar en su dirección, plantarme delante de ella en dos zancadas y examinarla del modo que yo deseaba.
Sadie tardó un instante en interpretar a qué me refería y entender mi mueca severa.
Una vez que lo hizo, la temperatura le subió el color del semblante hasta el nacimiento del pelo. Entiendo que por la rabia de que me preocupara por ella. Pero rápidamente se recompuso y me dio una explicación coherente.
—Un rodaje extenuante. He querido asumir muchas funciones y me he arañado.
Recordé que, a diferencia de mí, ella seguía trabajando de lo nuestro y, en lugar de la habitual envidia que solía despertarme que otro tuviese lo que yo quería, me alegré de que a ella le fueran las cosas bien. La tensión de mi cuerpo aflojó un poco.
—La reacción del Departamento de Maquillaje ha tenido que ser interesante.
—Ya se les pasará. —Quitó relevancia al asunto para que no ahondase en el tema, y me preguntó—: ¿Entramos? Acabo de caer en la cuenta de que estoy siendo una pésima anfitriona dejándote en la puerta.
Las formalidades no me importaban. Por mí como si hablábamos en el baño.
—Lo que quieras.
—Estaremos más cómodos en la terraza.
Me guio por el interior de la vivienda. Tal y como había apreciado, la casa era menos descomunal que las mansiones de dos y tres plantas que la rodeaban.
Una planta y pocas habitaciones pero amplias.
Luminosas. Cruzamos el salón, una especie de zona de lectura, lo que parecía un jardín interior, y tuve que caminar por su habitación hasta llegar a nuestro destino.
Entonces lo comprendí todo. Una vez que deshice el nudo de mi garganta y el de mis entrañas por observar su cama y aniquilé el nido de fantasías de las cosas que podíamos hacer, que surgió dentro de mí como una colmena de abejas enfurecidas, lo vi.
Las puertas correderas daban al porche en forma de terraza y este a la playa.
Un nuevo rayo clareó el horizonte y después tronó.
Las vistas eran impresionantes. Se respiraba paz, a pesar de que el clima levantaba esa noche los granos de arena y las olas rompían con fuerza en la orilla. Alcanzamos la terraza y aguardé a que fuese Sadie la que manejase los tiempos.
La actriz se dejó caer en un balancín repleto de cojines al que subió las piernas, recogiéndolas para estar protegida.
Luego, al verme ahí parado como un pasmarote, me señaló con la barbilla el cómodo sofá que completaba el juego del mobiliario del jardín, pero preferí situarme en la austera y dura silla que había al lado.
Allí era más fácil erguirme y moverme, en el caso de que se diese la posibilidad de acercarme a Sadie.
Enderecé la espalda y, de nuevo, se hizo una asfixiante quietud.
La chica miró el esmalte de sus uñas mientras parecía que le daba vueltas a algo.
Yo me dediqué a contemplarla fijamente y a tratar de desentrañarla.
El pelo suelto, los ojos dorados, el cuerpo menudo, la expresión que no me decía nada y, otra vez, los malditos arañazos.
—¿Seguro que estás bien? —insistí.
«¿Seguro que no tengo nada que ver con ellos?», repiqueteó en mi interior a pesar de no tener sentido. Su rictus se torció, pero la mueca le duró poco. En un segundo estaba igual que antes, interpretando. Comenzó la función. Lo supe, lo asumí y, a pesar de todo, seguí allí.
—¿Cuántas veces te lo voy a tener que decir para que me creas? —dijo en tono condescendiente. Mi respuesta era sencilla.
— Una , pero de verdad.
Los labios le bailaron, ahora imagino que no estaba muy satisfecha con mi predisposición a interesarme por ella, pero tuvo la suficiente fuerza de voluntad para mantenerlos curvados.
Ni yo lo habría logrado.
Me superó.
—Estoy bien. Un poco cansada y, bueno, tenerte enfrente me impacta...
Hizo una pausa.
Se ruborizó.