Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 2. SADIE
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2. SADIE

SADIE

En todo momento di por sentado que sería un desquite rápido, como arrancar una tirita. Dacre me llamaría, yo desataría una tormenta a base de reproches e insultos y algo más calmada le colgaría, repartiendo entre los dos la sensación de tenebroso vacío que estaba afincada en mi interior.

Pero las cosas no habían salido como había planeado, porque no era tan buena estratega como él.

Chasqueé la lengua.

La discusión con mi hermano me había desestabilizado.

Después había conducido desde Santa Bárbara directa a casa.

La recordé, a pesar de no querer.

Tan solo había entrado en su habitación.

Tras llamar suavemente a la puerta con los nudillos y luego un poco más fuerte y no obtener respuesta, había abierto.

Y le había encontrado tumbado, de lado, con el cuerpo dispuesto hacia la ventana.

De pequeños dormíamos muchas veces juntos.

Siempre que teníamos pesadillas o algo nos preocupaba.

Por eso me había descalzado y, deslizándome en absoluto silencio, me había metido sobre el colchón a su lado, para abrazarle, para mitigar con mi presencia parte de las malas noticias que le acababan de dar: había alcanzado el tope que la cirugía le podía ofrecer.

Quería demostrarle que estaría con él en las buenas y en las malas, siempre, hasta mi último aliento.

Él era por la única persona que me veía capaz de pronunciar algo así.

Tan categórico.

«Te querré hasta que me muera».

Había pasado una mano por su cintura y apoyado la mejilla en su espalda.

Me gustaba sentir su respiración.

Era un movimiento que me aportaba paz.

Entonces Freddie había pronunciado:

—¿No te cansas de ser tan pesada?

Yo me había clavado los dientes en el labio inferior.

—¿No te cansas de ser tan cruel?

En ese momento ya lo había probado todo.

Todo . Ser paciente, ser silenciosa, ruidosa, tratar de distraerle o limitarme a existir, formar parte del mobiliario, acumular polvo en la silla que tuviese más cerca, cualquier idea me servía, pero ninguna funcionaba.

Y estaba desesperada. Quería recuperarlo, que estuviese bien, ayudarle, pero ningún método de los empleados lo lograba, así que opté por sacar algo de carácter, por enfrentarme a él, aunque si se hubiese dignado a mirarme, que no lo hizo, habría visto las lágrimas que desde el primer instante comenzaron a abandonar mis ojos, la humedad debajo de mi nariz o cómo apretaba tanto los dientes que después me dolió un rato largo la mandíbula.

Sin embargo, Freddie no se giró.

Permaneció en la misma postura como si estuviese petrificado.

—¿Has terminado? —me preguntó.

—No.

Suspiró cansado.

—Mi recomendación es que vayas a hablar con alguien a quien le apetezca hacerte caso. Tiene que existir alguna persona con esa cualidad.

—Mi recomendación es que empieces a recobrar algo de la sensibilidad que te caracterizaba. Te han dañado la cara, no el alma.

Me arrepentí en el instante en que lo hube dicho en voz alta, sobre todo cuando la gélida risa de Freddie congeló la habitación.

Las paredes se cubrieron de hielo y unas cuantas estalactitas cayeron del techo.

Había ido demasiado lejos. Quise recular, explicarme, decirle que no pretendía minimizar su situación pero que ya no sabía cómo hablarle, cómo llegar hasta él.

Pero mi mellizo no me lo permitió. Se zafó de mi contacto con un movimiento abrupto y rotó sobre sí mismo para que sus ojos quedasen a mi altura.

Se me puso la piel de gallina y el corazón se me encogió.

Jamás había visto tanto odio en su mirada y jamás me había hablado como lo hizo a continuación, destilando crueldad y rencor.

—Okey, si tan insignificante es tener la puta cara mutilada, solidarizaos.

Mañana conseguís todos un poquito de ácido y os lo tiráis por encima.

Lo llamaremos «la fiesta de la barbacoa de mejillas caídas».

¿Recuerdas lo que te conté de la habitación?

Olía a carne recién hecha, a filete. Pero, tranquilos, los analgésicos y las drogas prescritas os aliviarán algo el dolor.

Y calma de nuevo, que no cunda el pánico, cuando vayáis a casa y estéis muertos del asco porque tenéis la puta cara mutilada, no lo respetarán, y llegarán hordas de iluminados diciendo que no pasa nada, que tenéis que animaros, que volváis a ser los de antes, que exageráis un poco con eso de estar jodidos...

—Freddie, yo... —comencé a disculparme, pero me cortó.

—No. El motivo de que sea esto, un monstruo, el jodido Freddy Krueger caracterizado, es que te dedicaste a follar con el tipo equivocado, así que ahora no me vengas con lamentos, hermanita, y LÁRGATE DE MI HABITACIÓN, JODER.

En el interior de sus ojos me había parecido distinguir un destello de arrepentimiento, de culpabilidad, por lo que acababa de decirme, pero el resentimiento lo había engullido y había vuelto a dominar su mirada.

Además, sus palabras habían sido demasiado potentes y su chillido tan contundente como para que yo saliese corriendo, arrancase mi coche y condujese con la sensación de que mi pecho era una bomba de relojería e iba a estallar antes de llegar a Pacific Palisades.

Quería sacármelo.

El corazón.

De haber sido un pecado, me habría abierto en canal con mi propia fuerza y me lo habría arrancado.

Dolía demasiado. Chillar, tirar cosas y clavarme las uñas en la cara no había funcionado, así que había recurrido a lo único que me faltaba.

Descargar todo lo que sentía sobre él, enterrarle y cubrirle con mi impotencia.

Desde seguridad llamaron para comunicarme que tenía visita y consultarme si quería hacerla pasar. Era Dacre, y anteriormente había dado órdenes explícitas para que si algún día se presentaba no le abrieran.

—Sí, sí, adelante. Le estoy esperando.

Contemplé mi reflejo en el espejo que tenía en el recibidor.

Había lavado los arañazos que me había provocado y los había tratado de cubrir con varias capas de maquillaje.

Aun así, si te fijabas bien se intuían. Me otorgaban un aspecto salvaje.

No me importó porque era exactamente como me sentía.

Alguien fuera de sí, una bestia dispuesta a todo que en poco tiempo tendría delante a la persona causante de sus males, de su infierno.

«Fue tu culpa», dijo una voz en mi cabeza, y otra le replicó:

«Fue la suya».

Cuando el taxi le dejó y Dacre llamó a mi puerta yo solo quería despedazarle como un animal por haber acabado conmigo y haberme robado a la persona que más quería del mundo.

Imagino que él sentía algo de ilusión.

Imagino que no sospechaba lo despiadada que yo podía llegar a ser, y lo aprendió por las malas.