1. DACRE
DACRE
Tres años y medio antes
Mi fuerza de voluntad para apartarme de Sadie comenzó a flaquear desde el primer instante en el que alejarme de ella se convirtió más en un hecho que en una idea romantizada, pero me mantuve firme.
Sabía que me odiaba por los actos que yo mismo había perpetrado y por otros en los que quería atribuirme una inmerecida culpa, como el ataque a su hermano, sentimiento que yo le permitía dedicarme porque sabía que estaba hecha polvo.
De esta manera, aun con el ferviente deseo de hacer lo contrario, le concedí espacio y aguardé a que fuese ella la que diese el primer paso para acercarse a mí.
Durante un tiempo estuve seguro de que lo haría.
Sus tripas tenían que tirar hacia mí con la misma ferocidad con que las mías tiraban hacia ella, desgarrando los músculos a su paso.
Pero aquello no sucedió. Ni el primer mes.
Ni el siguiente. Y al final, a pesar de mi reticencia, me hice a la idea.
Era doloroso, y desde luego no estaba de acuerdo, pero la elección no se hallaba en mi mano y debía respetarla si era consecuente con mis acciones.
Con aquella mentalidad regresé a Los Ángeles.
La empresa del padre de Juliette en la que trabajaba participaría en un evento en la ciudad y me habían enviado a mí como embajador, como representante.
Se trataba de un acto fino y elegante, importante.
Para acudir me había hecho con un traje oscuro diseñado por el dueño de la firma familiar, y me alojé en un hotel de nivel medio en la céntrica zona empresarial.
Candice me había acompañado, pero no asistiría al evento.
Prefería quedarse en la habitación del hotel viendo películas de terror.
El cambio de aires estaba bien, pero no quería encontrarse con nadie de la industria del cine, eso le traería recuerdos amargos.
Aquellas eran sus primeras vacaciones en semanas, desde que había empezado a trabajar de camarera.
Mientras comprobaba que mi estilismo era perfecto, mi móvil sonó.
En todo momento di por sentado que se trataba de Juliette para darme alguna indicación más.
Aquella cita era fundamental para la nueva línea del negocio.
Sin embargo, me sorprendió leer otro nombre en la pantalla del teléfono.
Fruncí el ceño y, como por acto reflejo, lo solté sobre la mesa.
—¿Te has quemado? —bromeó Candice—. Ya te he dicho que no es normal que lo tengas siempre enchufado.
Algún día la batería va a estallar, provocarás un incendio y mi fantasma se verá obligado a perseguirte hasta el fin de tus días cuando los dos muramos calcinados en una pose rara, como en ese sitio de Italia.
No le respondí. En su lugar, tragué saliva. Tenía la garganta repentinamente seca. Ella detuvo la película, que apenas había comenzado, y me miró. Debía de estar pálido, blanquecino, como un muerto, porque al segundo se puso de pie.
—¿Todo bien?
—Es Sadie —musité.
La actriz me había bloqueado meses antes, de ahí lo inesperado.
Además, me detestaba.
Era el blanco de todas sus dianas.
Pero su nombre estaba escrito bien claro en mi pantalla.
Candice se colocó detrás de mí e intentó leer lo que ponía. El primer mensaje era un escueto saludo: «Hola» (lo leí después), el siguiente, y el que se reflejó en aquel momento en la pantalla, decía: «¿Puedes hablar?».
Me recorrió una sensación extraña, la de la esperanza.
La aplasté.
Sadie no me pondría las cosas tan fáciles.
No me las pondría de ninguna manera.
—Suena a... —Candice habló detrás de mí. Pensaba que diría alguna palabra edulcorante, como era su estilo, pero completó su intervención con—: Trampa.
Sí, sonaba a encerrona.
Asentí, de acuerdo con ella.
Sus deseos de venganza debían de ser enormes y, dado que el atacante de su hermano estaba siendo tratado en una institución mental, yo parecía un buen objetivo para descargar su rabia.
Me puse a dar vueltas por la habitación.
Podía rechazar su invitación y así evitaría meterme en la boca del lobo, pero si lo hacía no la vería.
También podía acudir y pasear por una zona sembrada de minas de la que ya averiguaría cómo salir.
Lastimado, seguramente, aunque con una última imagen de la actriz en la retina. Me pareció suficiente para arriesgarme.
—Voy a verla.
Si me iba a hacer daño, al menos que me lo hiciera cara a cara.
—Lo sabía desde que has soltado el teléfono, como si el pobre aparato contuviese la esencia de las decenas de almas perdidas que tu personaje mató en Averno ...
—A Candice le gustaba hacerse la listilla.
Luego, retomó su posición en el sofá y apuntó—: En fin, vas a destrozar el voto de confianza que te han dado en la empresa de Roberto Stanley a la primera de cambio...
La miré perplejo. Sin comprender. Sadie era su amiga. Debería estar de mi lado en eso. Candice entendió mis dudas y me dedicó una mueca amarga.
—Tienes que comprender que acudiendo estás renunciando a que vuelvan a confiar en ti, pero estoy muy de acuerdo con que lo hagas... —aclaró.
—Aunque no vayas a seguir mi ejemplo —la interrumpí. Le había sugerido que visitase a Sadie o a Laura a nuestra llegada y se había cerrado en banda. Ignoró mis palabras y terminó con su discurso.
—No la cagues.
Ah, lo que no le gustaba era que estar con Sadie me ofrecía nuevas posibilidades de fastidiarla.
—Tranquila, no creo que sea posible. En el pasado me he puesto el listón muy alto.
—Pues no te superes. Eres experto en mostrarte como el alumno más aplicado de la clase en las materias que no lo merecen —me advirtió, y le dediqué una sonrisa arrogante.
—Gracias por los halagos, aunque no los necesito. Tengo la moral muy alta.
—No me las des. Solo intento ayudarte. Vuestra relación está en un punto muy frágil.
Como si no lo supiera.
Candice tragó saliva y añadió:
—Tampoco permitas que te hiera.
Sonreí, conocedor de que era exactamente lo que iba a ocurrir.
—¿Me has cogido cariño, Candice?
—El suficiente para no desear que vengas esta noche hecho papilla.
Pulsó el play de su película y cogí el móvil. Quería que mi mensaje no le dejara más salida que vernos en persona, lo cual era la meta, así que directamente le puse:
Hola, ¿a qué hora nos vemos y dónde?
No tardó en contestar.
¿Estás en Los Ángeles?
Imaginé que de algún modo se habría enterado de que me había mudado a Nueva Orleans.
De paso.
Puedo llamarte.
Puedo ir a donde me digas.
Al final cedió.
La imaginé apretando los dientes fastidiada.
Hasta su fantasía de pura frustración me gustó.
Está bien. Te envío la ubicación.
Toda aquella urgencia debería haberme puesto en alerta, pero una parte de mí, ilusa, ingenua y muy atrayente, dadas mis desesperadas condiciones, me susurró desde el interior de la cabeza las palabras que en lo más profundo de mi ser quería oír.
Quizá la estaba malinterpretando. Quizá lo que ocurría era que me había echado de menos, no sabía cómo expresarlo e iba a dar las primeras pinceladas de lo que sería una futura, muy futura, reconciliación.
En el fondo, Sadie Sanders siempre había sido mucho mejor persona que yo.
Era compasiva, honesta, comprensiva y sabía perdonar.
Me aferré a la idea que tenía de ella, abrí el link que me indicaba el lugar en el que me sugería vernos y, con la confusión de no comprender por qué precisamente allí, le respondí:
OK, dame media hora.
No me cambié de ropa para ir. Me despedí de Candice y de sus palomitas, salí del hotel y miré el cielo.
Estaba nublado. Pronto llovería. Telefoneé a Juliette.
Lo entendió y le preocupó a partes iguales lo que estaba a punto de hacer.
Aunque me apoyó, evidentemente mi acción tendría consecuencias, como me había dicho Candice.
Perdería el ambicioso puesto para el que me habían formado y me reubicarían en otro departamento con menos competencias y de perfil más bajo.
Me pareció lo justo.
Anuncié a la conductora del taxi la dirección y nos dirigimos hacia allí.
Pacific Palisades.
¿Qué coño se le había perdido a Sadie en esa especie de resort para ricos?