9. FREDDIE
FREDDIE
No hay nada que te impulse más a salir corriendo que ver que la persona que te gusta desaparece, se esfuma, como en un conjuro en el que después del humo no queda nada, como un deseo concedido.
Eso me sucedió a mí cuando leí la despedida de Nate.
De repente me quedé solo en un universo repleto de cosas bellas en el que nada me interesaba. Y corrí.
Había acudido a Los Ángeles por la mañana y desde primera hora de la tarde estaba dentro del complejo donde se desarrollaría la fiesta.
«No voy a encontrarme con él —me repetía—, pero quiero estar aquí para reafirmarme».
Durante ese tiempo había deambulado. Me había movido mucho.
Por los pasillos, por las inmediaciones de la fiesta, por el jardín, la lavandería y los baños.
En calma. Todo lo opuesto a la manera en la que me presenté en aquella puerta en la que al final nos habíamos encarado.
Que supiera quién era yo desde prácticamente el principio me había desarmado y esperaba con ansia su respuesta.
«¿Estás enfadado, Nate? Yo lo estaría», pensé, y por su mueca dubitativa deduje que él lo estaba macerando para ofrecerme la versión más honesta posible a mi interrogante.
—Supongo que sí, que me ha molestado, pero estaba demasiado abrumado para darme cuenta.
Acepté sus palabras, las merecía.
—¿Te arrepientes de que hayamos hablado?
Lo pensó y negó con la cabeza.
—Me arrepiento de haber permitido que llegase tan lejos.
Lo medité y asentí. Me quedaba una duda.
—¿Por qué me seguiste el rollo? Podrías haberme mandado al infierno.
Yo lo habría hecho. Creo.
Emitió una risa floja, ronca.
—Porque eres Freddie Sanders y contigo hago cosas incoherentes, cosas que no haría por otra persona. —Su mirada clara, habitualmente tímida, se posó con determinación en la mía—. ¿Vas a preguntarme también por qué a eso?
Negué con la cabeza de un lado a otro enseguida.
No lo iba a hacer porque me temía la respuesta.
Enterarme de que Nate siempre había conocido mi identidad lo cambiaba todo, alteraba mis esquemas.
—¿Qué quieres de mí, Freddie? —replicó con voz cansada. Responderle era sencillo.
—No querer nada.
—¿Qué quieres de mí... —balbuceó— que pueda concederte?
Apreté las manos en mi espalda, resbalaron, me estaban sudando; luego le dije:
—No soy la misma persona.
—Nadie lo es.
—En mi caso la alteración es sustancial.
Él pareció darle vueltas y finalmente ofreció:
—Si me lo pides, estaría dispuesto a conocerte de nuevo, y te dejaría que hicieses lo mismo conmigo. Es todo lo que te puedo dar. No tengo más.
—De acuerdo.
Accedí a regañadientes, asintiendo, asustado por si decía lo contrario y se iba.
Aquel mensaje, su actitud, me demostraba que lo que fuera que sucediese en esa cocina sería definitivo.
Estaba aterrado. Los dos tomamos asiento en aquel lugar desangelado y durante largo rato estuvimos sin hablar.
El primero que rompió el denso silencio fue Nate.
Me habló de la grabación del reencuentro, de lo ilusionado que estaba por el rodaje de Ecos de guerra , de que después lo dejaría.
Yo le tomé la palabra y le comenté lo que había aprendido de obras, que todavía no sabía al cien por cien cuál sería mi función cuando terminaran y que odiaba a mi madre por obligarme a ir cada mañana a las instalaciones, pero que le estaba cogiendo cariño al teatro, a cada pequeño progreso que le veía.
Poco a poco entramos en temas más escabrosos.
Mi sensación de que querían que fuese una persona que no podía ser cuando estaba deprimido, la suya de que yo necesitaba espacio y él no podía ayudarme, la impotencia de ver a una persona sufrir y desear con toda tu alma compartir la carga, aunque errases en las formas.
Conversamos, conversamos y conversamos. No lo arreglamos todo.
Era imposible. Pero pusimos una parte de los cimientos y, observando el yeso y los ladrillos que tenía al alcance de la mano, me di cuenta de que estaba dispuesto a trabajar, que me había cansado de no hacer nada y ver los días pasar.
Que jamás querría que la sensación de que Nate desaparecía de mi mundo se repitiese.
Fuimos los últimos en abandonar la fiesta.
Nos despedimos antes de cruzar la puerta de salida y subir a dos taxis diferentes que nos llevarían a nuestras habitaciones de hotel.
Estuve a punto de rozar la mano que le caía a un lado del cuerpo y en el último segundo me contuve.
Quedamos en hablar y lo hicimos esa misma madrugada.
¿Crees que puedes enamorarte dos veces en la vida?
Eso fue lo que me preguntó Nate cuando me hube duchado y me acababa de tumbar en la cama, directo a la yugular. Me planteé esquivarlo, y habría podido, pero no quise.
Creo que puedes enamorarte de dos personas en la vida y que a la vez sean la misma.
Aquella noche me dormí agitado. Tuve pesadillas.
Al despertarme estaba ojeroso, demacrado.
Mi piel había adquirido un inquietante tono cetrino y notaba un cansancio de años aferrado a mis huesos.
Me duché por segunda vez. Desayuné a pesar de no tener apetito.
Recogí la habitación. Me marché de nuevo a Santa Bárbara.
Y no fue hasta llegar allí, a la seguridad de mi cuarto, cuando me di cuenta de que había algo diferente en mí.
Me arranqué la camiseta, la lancé de cualquier manera hecha una bola a un punto indeterminado de la estancia y me palpé el corazón.
Noté su vibración en la palma de la mano.
La acaricié con la punta de los dedos. Y lloré.
Nate no había reanimado mi corazón, pero sí me había recordado que lo tenía y sobre todo lo que lo había echado de menos.
Ese día estuve un buen rato palpando mi pulso.
Ese día volví a estar dispuesto a vivir.