8. NATE
NATE
A los anhelos hay que ponerles una fecha de caducidad, de lo contrario te consumen hasta que la piel se pega a los huesos.
Aprendí eso por Freddie. Aprendí muchas cosas por y con él.
Y no todas las lecciones me gustaron, aunque esta en particular me fue útil.
Lo descubrí cuando me di cuenta de que llevaba tiempo prefiriendo habitar en nuestra realidad inventada, la que no existía, que en la que sí, y vivir alejado de la realidad es nocivo y peligroso, me acabaría destrozando.
Debía detener aquella fantasía de una vez y me marqué la premier como fecha en el calendario.
Si su intención animándome a regresar era ayudarme a averiguar si prefería la docencia a la actuación de primer nivel, sin las interferencias que me llevaron a apartarme, lo había logrado, se lo agradecía; el resto, las conversaciones sobre la cotidianidad de nuestro día a día, tan solo me hacían daño, aunque no lo pretendiese, porque descubría destellos de verdad en ellas, pero no era una verdad completa.
Al final me había dado cuenta de que adoraba interpretar, pero prefería enseñar.
A mi espíritu lo llenaba la tranquilidad por encima del estrés y el ajetreo.
Salir de casa con la mochila marrón con las cintas beis, que mi primera promoción me había regalado, colgada a los hombros, en lugar de con trajes caros, elegantes y de firma que se ceñían a mis músculos.
El silencio interrumpido por las interesantes preguntas de mis alumnos, que tanto me hacían reflexionar, por encima del agradable sonido de una claqueta al cerrarse y cómo ese hecho te encendía la piel.
Tras aquella revelación le pedí que viniese y, viendo la hora que era en mi reloj de muñeca, adiviné que no iba a presentarse.
Me senté derrotado en la silla de la cocina.
Le había pedido que quedásemos ahí, en uno de los múltiples accesos secundarios que los artistas teníamos en las tripas de cualquier complejo para poder pasar sin ser vistos.
Tan solo tenía que recitar, ante los miembros de seguridad que había en la entrada, la frase que le había enviado y quedaría como un trabajador más, alguien anónimo en el que no repararían más allá de los dos segundos que tardasen en apartarse y abrirle paso, pero no lo había hecho.
No estaba.
Y yo tenía que ser consecuente con mis decisiones.
Conmigo.
Porque esto no iba de él, iba de mí.
Caí en la silla que estaba colocada del revés y apoyé la cabeza en el respaldo.
A esa hora la cocina se encontraba vacía.
El mobiliario era metálico, reluciente, y de repente sentí mucho frío.
Me fruncí la chaqueta de mi traje blanco.
Que estuviese convencido de lo que iba a hacer y lo hubiese meditado no lo hacía menos duro, igual que preferir la docencia y despedirme de las cámaras con la grabación de la película de Averno no evitaría que el último día experimentase cierta nostalgia.
Las decisiones son complicadas cuando elijas lo que elijas tienes que renunciar a algo.
Siempre existen puntos flacos, de dolor.
Freddie me hacía daño al anteponerme a lo que fuera que estuviera jugando.
Pero accedí a permitirme sufrir.
Allí, con la cabeza agachada y los hombros hundidos, me compadecí de nosotros, de mí, de él, de nuestro amor, y saqué el móvil.
No quería que el mensaje de nuestro adiós rezumase rencor, y mucho menos reproches, palabras lastimeras o hirientes.
Tampoco quería que fuese superficial. Positivo.
Indiferente. Concedí que fuese agridulce como agridulce es dejar ir a la persona que quieres cuando esta no desea que la alcances y llevas tanto tiempo corriendo que notas entumecidas las piernas.
Supe que aquel ambicioso texto que no sabía materializar en palabras me destrozaría por dentro, y también supe que al final todo es pasajero.
Desbloqueé la pantalla y con una media sonrisa triste colgando de mi cara tecleé:
Ha sido agradable hablar contigo, conocerte lo que me has permitido, pero ya no puedo más. Lo siento. Esto me ha superado. Te deseo toda la felicidad al alcance de la mano y que te pongas de puntillas para coger algo de la mía, te la regalo. Con cariño, Nate
Lo envié con un poco de torpeza porque tenía las manos agitadas y me desplomé.
Estaba abatido, triste, vacío, y a la vez sentía que por primera vez todo se hallaba en su sitio.
Me había colocado. Demasiados meses de farsa, de engaño, de desorden.
Las piezas retornarían a sus engranajes y el mundo se volvería limpio y ordenado, menos luminoso, eso sí, pero en la vida no se puede tener todo.
Pensé en quedarme en aquella cocina; sin embargo, necesitaba calor, y aunque las sábanas de la habitación de mi hotel con las que iba a taparme encogido no eran la mejor opción, se trataba de la única que tenía a mano.
Con aquel pesar me puse de pie y, aceptando la sensación de que una parte de mí se había quedado allí, avancé.
Me dirigí a la puerta con el cuerpo encorvado y un peso terrible encima, el de la tristeza.
Estaba abriéndola y me disponía a avisar a mi representante para que me pidiese un coche cuando delante de mí oí:
—Nate.
Freddie había venido corriendo. Se le notaba por su respiración desacompasada y por la forma en que pronunciaba mi nombre entre jadeos.
Vestía un traje oscuro arrugado, como si hasta el último momento se hubiera estado planteando no venir y para reafirmarse se hubiera negado a plancharlo.
Alcé la mirada y me topé con su rostro enmascarado en blanco.
—Freddie —fue lo que alcancé a responderle.
Alzó una ceja. Su antifaz era diferente al mío, al de Dacre; cubría media parte de su cara, la que se había llevado lo peor en el ataque.
Aun así, las protuberancias de sus cicatrices salían como si quieran escapar de su encierro.
Ocultó las temblorosas manos enlazándolas en la espalda y se me quedó mirando.
—¿Desde cuándo lo sabes? —dijo al rato.
Imagino que la expresión de sorpresa que se esperaba al venir no me trepó al rostro.
Me encogí de hombros, demasiado consciente de su presencia y su olor.
—Con el primer correo tuve mis dudas, sospechas infundadas, pero podían ser paranoias mías. El segundo me lo confirmó, de lo contrario no te habría contestado —confesé a pesar de no saber si aquello le agradaría o si le haría huir. «No más mentiras —me dije—, suceda lo que suceda».
Freddie continuó observándome y, contrariado, me preguntó:
—¿Y no estás enfadado?
Entonces averigüé que un poco sí.