6. SADIE #2
Retrocedí un paso. Aquello fue suficiente para que él adivinase mi intención de fugarme.
Negó sutilmente con la cabeza y estiró una demandante mano en mi dirección.
También asintió.
«Ven. Ahora», me dijo con una mirada exigente.
Dando todo lo que podía de mí transmuté en Libe. Ella se tragó mis inseguridades, la agonía ovillada en mi pecho y mi garganta, y me permitió ponerme en marcha, acudir a su encuentro.
En la ficción, las parejas siempre tienen un arco melódico.
Su propio motivo musical . Ninguna de las canciones empleadas con Jude y Libe podía considerarse bonita, dulce o embaucadora por su armonía.
Es más, la banda sonora que tenían era espinosa, punzante, con mucho anhelo, negación, contención, frustración y rabia.
Algunas canciones desgarraban hasta el dolor.
Aunque siempre se les colaban fragmentos liberadores que se correspondían con los instantes en los que no hacían lo adecuado, que era dejarse llevar por las emociones que no deberían sentir, para respetar la estructura del libro y por su propio bien. Luego, volvían a ser desgarradoras.
Aquella no fue la excepción.
Recorté la distancia que nos separaba entre notas que te cogían el corazón con la mano y te lo apretaban, y alcancé su posición.
Él dejó que todo el mundo me viera, tal y como hacía Jude en la ficción, exhibiéndola ante sus amigos, enemigos, seres sobrenaturales, humanos y los fantasmas de todos los que había matado.
Rose Plec reconoció la danza y sus ojos se abrieron como platos mostrando cierto grado de sorpresa y aprobación por lo que estábamos haciendo, aunque acto seguido volvió a taladrarnos con la mirada porque le gustaba nuestra idea, pero no estaba de acuerdo con que no le hubiésemos informado.
Mientras tanto, Tracy sonreía entusiasmada y el resto de la sala callaba y aguardaba.
Las palpitaciones se me dispararon hasta que las escuché en el interior de mis tímpanos.
En la serie el baile comenzaba con una situación similar.
Después de haber sufrido vejaciones, humillaciones e intimidaciones de buena parte de sus seguidores, Libe no era capaz de encontrar el suelo.
Y Jude, como una prueba de su poder, le ofrecía la mano, la de un pecado, como se la hubiera ofrecido a un igual y delante de todo el mundo para que lo sintiese bajo los pies.
«No solo no habéis podido con ella, sino que regresa más fuerte», era el mensaje de la escena.
Libe aceptaba su apoyo sin bajar la barbilla, con los hombros rectos, aunque por dentro estaba muerta de miedo. Eso hice. Le copié la postura.
Enderecé los hombros y uní mi mano a la suya.
Aparentemente con seguridad, pero el ínfimo roce de nuestras palmas fue suficiente para que él se diera cuenta de mis dudas.
Dacre me dedicó una gélida mirada de advertencia.
Al principio pensé que lo que pretendía decirme era «No puedes fallar», pero al hundirme más en las profundidades de su mirada averigüé que el mensaje era diferente:
«No vas a fallar. Deja de ningunearte».
La balada comenzaba siendo mecánica. Pocos movimientos y más bien bruscos, sin delicadeza en los giros.
Por nuestro rictus severo, casi más una declaración de guerra que una danza.
Así lo hicimos nosotros. Movimientos secos, militares, imponentes, elegantes y muy medidos.
Luego... ¿Cómo había dicho Dacre en el árbol?
«¿Por qué siempre me complicas tanto la vida? ». Luego se complicaba.
La audiencia que había asistido al baile en el castillo de Traición se percataba del mensaje de su señor y con gestos tensos lo aceptaban.
El pecado se relajaba por haberse salido con la suya, Libe también se tranquilizaba y al contemplarse con renovada confianza ambos brillaban.
Las personas que había a su alrededor desaparecían.
Fue distinto en aquella pista.
Cuando le miré porque nos tocaba sonreírnos me percaté de la tensión en los músculos de su barbilla al esbozar el gesto, el grosor de las venas de su cuello y cómo tenía los dedos crispados.
Pero lo bordó en la expresión y yo también lo hice.
Rechacé la idea de que las pequeñas perturbaciones en su interpretación se debiesen a lo cerca que estábamos y que estas iban a incrementarse, y me concentré en hechos que no admitían elucubraciones.
Éramos dos actores emulando una escena descartada de sus personajes.
Solo eso.
Nada más.
Dediqué todos mis esfuerzos a recordar el guion que en su momento había memorizado y que con el paso del tiempo no había olvidado, y las decenas de ensayos con la coreógrafa que ahora permitían que mi cuerpo se moviese solo.
Poco a poco la tensión disminuyó.
Éramos Jude y Libe.
Libe y Jude.
Sobre el guion él quería mostrar su poder.
Sobre el guion yo quería dejar de temer a los seres despiadados, a mi propio miedo.
Como digo, en el baile hasta entonces manteníamos una distancia prudencial.
Podría haberse emitido sin ningún problema.
Tan solo las palmas de nuestras manos se rozaban, y aun estas dejaban circular un poco de aire entre la piel.
Pero entonces las miradas de los dos personajes se sostenían, un rugido nacía en el pecho de Jude y sin venir a cuento sus dedos le traicionaban y se cerraban de un modo impulsivo en torno a los de Libe.
La arrogante sonrisa que siempre lucía el personaje le bailaba en la cara. A ella la respiración se le atrancaba.
Nos encontrábamos en el segundo previo a ese momento.
El instante de la danza, la escena, que era clave para los personajes porque les daba la vuelta.
Demasiado visceral y auténtico para ser emitido.
De repente la boca se me secó y tragué saliva.
El estómago se me encogió por la anticipación y me dije que era porque en mi estado me parecía complicado transmitir tanto y no porque rememoraba a la perfección el tacto de esa escena en la que nuestros cuerpos se pegaban con violencia y las respiraciones se acompasaban.
Intenté averiguar si a Dacre también le pasaba.
Normalmente era difícil leerle y más acertar.
Con el antifaz puesto casi parecía imposible.
Me hundí en sus ojos, en lo que había en sus profundidades, y él sonrió.
Adivinó lo que me disponía a hacer y dio por sentado que no lo conseguiría.
Pero mis pupilas eran insistentes, y poco a poco escarbé y escarbé hasta que la rigidez que durante tanto tiempo había dominado su cuerpo le cruzó la mirada.
Vacilé confundida porque se hubiese dejado engañar con un truco tan tonto y entonces me di cuenta de que había fallado en el baile y que mi mano, que solo debería haberle acariciado como una pluma, le presionaba la palma.
Le contemplé extrañada por su reacción y él no me dio tiempo a pensar.
Sus dedos se aferraron a los míos con violencia, como si al hundirlos en mi piel fuese a crear vida, y me atrajo contra su cuerpo.
Multitud de sensaciones me asediaron de golpe.
La principal fue que me faltaba el aire.
Decidí escuchar a la que menos me alarmaba.
Estábamos haciendo una bobada, una chorrada sin sentido de la que más tarde nos arrepentiríamos.
Los asistentes se reirían de nosotros en cuanto la canción terminase.
Lo harían con disimulo. Dirían entre susurros que éramos ridículos y la burbuja de nuestro estúpido plan nos explotaría en la cara, salpicándonos.
¿Qué buena idea puede surgir de dos actores hablando debajo de un árbol? Ninguna, estaba segura.
Los bordes de mi visión se difuminaron y tuve ganas de vomitar.
Empecé a soltarme y Dacre me sujetó con fuerza.
—Ni se te ocurra —siseó con tono autoritario para que no me rindiese.
Entonces regresé a él.
Daba la sensación de que el aliento escapaba de entre sus labios sin su permiso de lo fruncidos que los tenía. Sus dientes también estaban apretados. Y hacía fuerza con la mandíbula. ¿Por qué? Eso no tocaba en la interpretación. Continué observándole y fui descubriendo nuevas cosas.
Estaba demasiado erguido.
Agarrotado.
Como si le ocurriese algo en los músculos.
Pero seguía bailando.
Quise pensar en otra cosa que no fuera él, y la información de Aisha sobre Austin retumbó en mi caja torácica a modo de enfermizas palpitaciones.
Creí que el corazón me iba a explotar, que se me iban a romper las costillas con la onda expansiva y que lo ensuciaría todo.
El agobio me poseyó y recurrí a Libe. Esa vez en serio.
Ella era mi salvación. Mi chaleco flotante y la bengala de colores que lanzabas al aire.
En la escena que estábamos representando ella también se sentía mareada, en peligro de muerte, y se reponía.
Quizá nuestras situaciones eran diametralmente distintas, pero las emociones se parecían.
Podía beneficiarme de ellas y salir victoriosa.
La dejé tomar el control, instalarse dentro de mí.
La visualicé como a un pulpo y permití que sus tentáculos se extendieran, me abrazaran y luego me redujeran hasta concentrar mi esencia en una manejable canica pequeña fácil de ocultar.
Transformada en ella me dispuse a volver a mirar a Dacre y por fin conseguí sonreír.
Alcé la barbilla, con su gesto y su actitud dominando mi cara, convencida, renovada, y cuando me topé con los ojos del actor, de una fiera tonalidad verde, su resplandor me cegó y en mi cabeza se reprodujo una conversación del pasado:
«Te quiero, Sadie Sanders. Es curioso que el primer sentimiento que no elijo sea el que me destruya, pero así están las cosas, ¿no? Lo peor es que no puedo culparte, aunque te desprecie por ello. Ojalá no volvamos a coincidir nunca. Gracias a Dios, el mundo...».
Oí sus pasos alejándose con el final de la declaración y salí del embrujo, de la abstracción, regresé al presente. Al baile. Parpadeé confundida. Aquel diálogo no se correspondía a la escena de Libe y Jude.
Aquel diálogo era... nuestro .
De nosotros.
Sadie y Dacre.
Dacre y Sadie.