Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 6. SADIE
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6. SADIE

SADIE

Nunca me pregunté si a él también le afectaba lo que estábamos haciendo, y de ser así, cómo .

Di por hecho muchas cosas, que era malo, que tenía un objetivo, un interés, que estaba por encima de las situaciones que vivíamos cotidianamente.

Jamás me planteé que al igual que yo en algún punto me había querido, a su manera , pero de verdad, y ahora sé que fue algo que quizá debería haber tenido en cuenta.

Debería haber pensado que sus emociones existían y darles el valor que les correspondía.

Pero solo vi lo que yo quería, lo que podía, lo que me permitía.

Llegamos al salón por una puerta lateral ubicada al fondo.

Tracy Montgomery estaba hablando, y delante de ella había un numeroso grupo de gente.

Dacre me pidió que permaneciera allí mientras él iba a intentar convencer a la DJ de que pusiera la música, y que me uniese cuando sonase la melodía.

En ningún momento dudé de que lo conseguiría.

Me oculté pegándome a la cristalera al tiempo que todo el mundo prestaba atención a las palabras de la autora, y el actor se puso en marcha.

Le vi moverse entre la multitud. La gracilidad con la que se desplazaba y se abría paso era hipnótica, como una serpiente brillante.

Pronto alcanzó su destino. La chica estaba subida sobre una pequeña plataforma situada a la derecha del escenario y Dacre se estiró con la espalda erguida todo lo que daba de sí para transmitirle nuestro mensaje.

Mientras se lo pedía aproveché para deambular con la vista por la sala y observar lo que tenía delante: la gente ataviada con sus mejores vestidos con tintes de época, las máscaras, los antifaces, la comida y los llamativos colores de la bebida.

Me dije que no podía hacerlo y las manos me empezaron a sudar.

Al instante me reprendí por la fuerza con la que la idea me había golpeado y las sequé en el tejido de mi abullonada falda.

Cuando saliese no iba a ser Sadie, iba a ser Libe, y ella sí que podía. Tan solo tenía que meterme en el papel minutos antes, como acostumbraba a hacer cuando estábamos rodando.

La autora dijo algo sobre el sueño muy vívido que la había conducido a escribir la trilogía, y cuando menos lo esperaba alguien me reconoció.

Fijó los ojos en mí dándole la espalda a la ponente.

No tardé en identificar de quién se trataba.

Aisha, la antigua representante de Austin, la que nos había tendido la trampa.

La mujer me contempló desde la distancia.

Primero, cautelosa, dubitativa, y cuando parecía que iba a devolverle la atención a Tracy Montgomery, como mandaba el protocolo, debió de cambiar de opinión, porque se dirigió a mi encuentro con bastante menos soltura que el actor al que había perdido de vista.

No contábamos con eso.

Era un detalle que no habíamos pulido.

Y, por absurdo que suene, hizo que me desmoronara.

Mi seguridad en el plan inicial flaqueó.

Lo que menos necesitaba eran distracciones .

Conversaciones indeseadas en escenarios dispuestos para otros temas.

Me retorcí incómoda buscando la manera de escapar de allí, y cuando me quise dar cuenta la tenía enfrente, observándome con la misma vacilación que la había conducido hacia mí y a la vez con determinación.

Noté la boca seca y tragué saliva.

Aisha buscó mis ojos a través del antifaz que meticulosamente me había colocado.

No fui capaz de descifrar lo que estaba pensando.

Habíamos coincidido en numerosas ocasiones, lógico, trabajaba mano a mano con Austin, pero nuestro trato nunca había sido muy cercano.

Él se había encargado de ello. Decía que no le gustaba mezclar.

La mujer era otra de las mejores representantes del sector, como Shonda, claro que utilizaba técnicas que mi agente jamás emplearía.

Me mordí el labio y cerré las manos como garras para contenerme y evitar así empezar una discusión que acapararía todo mi esfuerzo y energía, y fue ella la que habló.

—Has hecho bien —fue lo único que dijo, y entorné la mirada.

—¿Exactamente en qué he acertado? —pregunté en voz baja, sin ocultar la tirantez que sentía. Mi postura tampoco era una invitación a continuar la charla que digamos, y no me preocupé en alterarla, aunque no fue obstáculo para que ella siguiese hablando.

—Ese inmaduro ególatra te la tenía jurada desde que Shonda le rechazó después de su primer «gran papel» —entrecomilló— y recurrió a mí como segunda opción.

No comprendía qué tenías tú y le faltaba a él, aunque es bastante evidente.

Se acercó a ella convencido de que sería su siguiente niño mimado, y Shonda le descartó con la misma indiferencia y parsimonia con la que pasas las páginas de un guion malo.

Siento mucho lo que te hicimos. Por lo general no suelo acceder a ese tipo de exigencias descabelladas, pero Austin se mostró bastante intransigente con el tema.

No quería que nadie, menos tú, le opacase con su fama, aunque sospecho que lo que de verdad temía era que le aplastases con tu talento.

—Negó con la cabeza y luego me dijo—: Estoy segura de que en algún momento la productora se arrepentirá de haber cedido y haberle antepuesto.

La revelación de aquella verdad, de la realidad, no me hizo temblar todo lo que emocionalmente debería haberlo hecho, y eso fue porque una parte de mí siempre sospechó que la versión de mi novio tenía lagunas, incoherencias, aunque yo había preferido no escucharlas.

Aisha podía estar mintiendo para hacer daño a Austin por haberla despedido, pero no era su estilo.

No ganaba nada con ello, solo quizá un nuevo enemigo, y los agentes como ella actúan con la cabeza fría, no hacen nada si no es para conseguir influencias o un beneficio económico.

Clavé las uñas en mis palmas y apreté los labios, reprimiendo una exhalación de frustración y dolor.

Aisha lo interpretó como la señal que estaba esperando para confirmar que no aceptaba sus disculpas.

—Entiendo que no quieras perdonarme y te respeto por ello —fue lo último que dijo antes de marcharse sin que yo pudiese replicar o darle las gracias.

Pensé en lo que habría hecho yo en el caso contrario y estuve segura de que, si mi carrera se estuviese fraguando y el representante de mi pareja me rechazara, me molestaría, pero jamás reaccionaría intentando ponerle la zancadilla.

Yo lucharía por labrarme mi propio camino en paralelo, ilusionada por verle triunfar.

Lucharía, lucharía y lucharía.

Sin importar la tempestad.

Era lo que había hecho siempre. Crecerme ante la dificultad, alimentarme de mis propios conflictos.

Pero estaba muy cansada, agotada, abatida, sin fuerzas.

Mis emociones se habían desbordado y habían tomado el control de mis pensamientos y mis actos.

Si estaba tan mal que no era capaz ni de presentarme en el photocall de mi propio estreno, ahora no podía iniciar una nueva pelea, por muy importante que fuese para mí.

Dacre llevaba razón. Tenía que apoyarme en alguien experto. Necesitaba ayuda profesional.

De repente, en mi interior se acurrucó una sensación de soledad, apatía y debilidad.

Tenía que irme. Aquel no era mi lugar. Ninguno lo era.

Me disponía a concederle a mi fragilidad su deseo cuando de pronto los primeros acordes de la vieja melodía que conocía se oyeron y recordé la razón por la que me hallaba allí.

—Vaya, vaya, una sorpresa... —Tracy detuvo su discurso confundida—. Veamos qué ha preparado Sky Blue para la ocasión. Nunca escatiman en esfuerzos para asombrarnos.

Soltó una risita, se apartó del micro y contempló ilusionada como una niña la pista sobre la que comenzó a caer una luz que oscilaba entre verdosa y rojiza.

Dacre debía de haber hablado también con los de iluminación mientras yo divagaba.

A veces se pasaba de eficiente.

Por su parte, Rose Plec se mantuvo estoicamente serena al lado de la autora, pero con las pupilas escrutaba con disimulo la estancia en busca de los culpables de lo que estaba sucediendo, es decir, nosotros.

Pretendía dar la imagen (con éxito) de que se encontraba al corriente de lo que estaba sucediendo, de que nada escapaba de su control en la producción, pero lo cierto era que no controlaba nada, nos habíamos salido del guion y aquello le crispaba.

Cerró las manos de la misma forma que yo lo estaba haciendo y sonrió.

Busqué desesperada a Dacre para pedirle que abortásemos la misión.

Si lo lograba, aquella salida de tono se trataría solo de un fallo, una melodía que se le había colado a la DJ cuando no correspondía. Más tarde intercederíamos por ella con Rose.

Pero no llegué a tiempo. Dacre surgió por uno de los laterales como una sombra.

Llevaba el antifaz con detalles dorados puesto y, teniendo en cuenta cómo lo miraban los presentes, estaba causando sensación.

Caminaba tranquilo, casi desganado, como si tuviese por costumbre irrumpir en mitad de discursos ajenos y no le causase ningún tipo de emoción. Trabajo, solo era trabajo.

Alcanzó el centro de la pista robando susurros y suspiros y me quedé sin escapatoria.

O una que pretendiese coger.

No podía dejarle solo.

No cuando estaba haciendo eso por... mí.

Cogí una bocanada de aire pensando que me ayudaría a tranquilizarme, pero el oxígeno me quemó los pulmones. Los asistentes comenzaron a trazar un círculo que nadie les había pedido alrededor de Dacre. Él fijó ahí las pisadas con la fría indiferencia que había caracterizado su entrada.

Entonces, me miró.

Sus flamantes ojos verde fosforito custodiados por el antifaz escalofriante y a la vez profundamente hermoso atravesaron la estancia como si fuera un incendio, a la par que centenares de miradas le seguían.

Experimenté un seísmo brutal bajo las piernas al saberme el centro de atención.

El suelo que Dacre pretendía devolverme se resquebrajó y a través de sus líneas mostró el abismo.

El estómago se me encogió y las tripas se me revolvieron.