Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 6. SADIE #3
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6. SADIE #3

De nuestra última noche juntos en Pacific Palisades tres años y medio atrás.

Automáticamente trabajé para enviarlo de vuelta al pozo profundo de aguas estancadas del que no debería haber salido, pero era demasiado tarde.

La verdad que durante tanto tiempo me había querido negar se mostró cuando me topé con el gesto furioso de Dacre.

Multitud de sensaciones me habían asediado al reencontrarme con el familiar cuerpo del actor durante ese baile y me vi obligada a atender a la que menos deseaba, a la más incómoda y pegajosa, a la más real.

Observarle sin los filtros que meticulosamente había calculado y en mi propio beneficio le había ido colocando encima a través de los años fue aterrador.

El pánico me zarandeó. Lo sentí como si dos brazos me cogiesen de repente por los hombros con fuerza y me agitasen con las mentiras que me había repetido hasta autoconvencerme de que eran verdades cayendo a mi lado.

—¿Por qué no paras de intentar ayudarme? —Recordé nuestra cercana conversación.

—Porque, a pesar de que es lo que quiero, parece que soy incapaz de obedecer esa orden tan específica de mi cerebro.

La respiración se me envalentonó.

Su reacción al percibirlo fue contraer sus severas facciones.

Fue como si le clavasen un palo con tornillos en los omoplatos y me detestase desdeñosamente por haberme dado cuenta en lugar de hacerme la tonta como hasta entonces.

Pero siguió bailando.

La melodía continuó su curso y me tocó dar una vuelta sobre mí misma mientras él me sujetaba con la mano alzada. Cuando terminó, como mandaba el guion, me pegué más a su cuerpo. Nuestras palpitaciones se tocaron y sentí que me moría de la impresión. Dacre se cabreó todavía más.

Siempre me habían llamado la atención los pensamientos ajenos. Descifrarlos, desnudarlos, conocerlos. Quería saber lo que circulaba por todas las cabezas.

Menos por la de Dacre.

A él quise convertirle en incógnita después de su traición y de nuestro último encuentro, pero acababa de resolverlo.

Vi sus líneas, su argumento y el arco de sus sentimientos.

Años de autocontrol reprimiendo lo que ya había averiguado aquella noche se desplomaron frente a mis ojos, y una vez que el polvo cayó y la atmósfera estuvo despejada no pude negarme ni un segundo más la verdad.

Tampoco pude negarme en qué me convertía lo que acababa de descubrir.

De repente me dolió mucho el pecho.

—Podemos...

—No vamos a parar, Sadie —resolvió con rapidez, adivinando lo que yo, con tono culpable, iba a decirle.

—¿Por qué? No hay necesidad de... —balbuceé.

—¿De qué? —me animó a terminar.

—De sufrir.

Su mirada se desplegó de lo mucho que le sorprendía el hecho de que por fin diera credibilidad a lo que me había dicho. Luego la cubrió un velo oscuro y con la misma sombra sonrió.

—No me infravalores, Sadie Sanders. Es algo que nunca te ha salido bien.

—Me rodeó la cintura con el brazo, como marcaba la coreografía, y la tripa se me encogió.

Noté que me fallaban las piernas y me faltaba el aliento.

Como tocaba, con cuidado inclinó mi rostro hacia un lado, y con la curva de mi cuello al descubierto, en una posición muy visual, apartó con calma los mechones que me caían sobre la piel desnuda para enroscarlos detrás de mi oreja.

Después se agachó y me susurró tan cerca que sentí que sus palabras tomaban forma—: Nunca he sido tan bueno como te merecías ni tan malo como quisiste creer.

—Sonrió contra mi mejilla para seguir la coreografía y frotó la nariz en mi piel de gallina antes de devolverme a mi sitio.

Sentí su presencia en todas mis terminaciones nerviosas.

Me estremecí.

Es curioso cómo puedes empezar en un sitio y acabar en otro completamente inesperado.

Habíamos comenzado el baile para devolverles el suelo a mis pies y lo terminaba tendiendo un puente que me llevó a visitar una parte enterrada de mi memoria.

Dacre parecía estar por encima de las circunstancias, pero las circunstancias se estaban apoderando de él.

El ligero sudor que le perlaba las sienes, la tensión acumulada en la punta de los dedos con los que me tocaba y el modo en el que su expresión estaba congelada para que nada le afectase.

Pero su máscara tenía pequeñas fracturas.

La tirantez en la sonrisa arrogante que debía lucir. El modo en el que sus pupilas descendieron hasta el lugar donde estaba mi boca, palideció y el movimiento regresó a su cara para dedicarse un amargo gesto de decepción consigo mismo.

Con aquella tortura, el tercer tiempo, el más agonizante del baile, empezaba.

Suena extraño, pero a esas alturas casi no recordaba lo que me había conducido a esa pista en la que el público de verdad había desaparecido. El photocall , el árbol, lo que me había contado Aisha, todo se había esfumado. Solo existía él. Él y la crueldad que le mostré.

Vacilé sobre si hacer o no lo que tocaba y Dacre me animó con tono sarcástico.

—Hazlo. Ahora . O serás tú la que no puede acabar nada de lo que empezamos.

Parecía una bomba de relojería a punto de explotar.

Enlacé con determinación las manos en su nuca y acaricié el pelo de la base de su cráneo notando cómo mi corazón se desintegraba.

Por eso no pudieron emitirlo en Averno , era demasiado real.

Por eso en aquel salón pensé que si no nos separábamos iba a desmayarme.

En la escena, Jude profería un lacerante ronroneo que más bien parecía un lamento, una maldición. Pero Dacre ya no era Jude, igual que hacía rato que yo no era Libe. Éramos nosotros.

Mi compañero puso fin al baile adueñándose de las últimas palabras de su personaje.

—Eres el desproporcionado castigo que el universo me ha enviado por todos mis actos. Si lo ponemos en una balanza, se ha pasado.

Fin.

Se terminó.

Nos soltamos.

Pusimos distancia.

Aplaudieron.

Dacre sonrió con las manos todavía crispadas, abriéndolas y cerrándolas.

Yo sentí que había pasado de no poder respirar a hacerlo con demasiada agitación.

—Una magnífica performance . Todo es poco para los fans de Averno.

Rose Plec se unió a la celebración atribuyéndose el mérito.

Nos la guardaba por la sorpresa, pero le gustaba el resultado.

El actor permaneció a mi lado el tiempo de rigor, y cuando las ovaciones terminaron se alejó con paso firme perdiéndose de nuevo entre la multitud sin tan siquiera mirarme.

Austin aprovechó para acercarse. Venía con la sonrisa falsa, la mirada desenfocada de la rabia y espumajos de saliva del veneno que me quería verter en la comisura de los labios:

—Esto no te lo voy a perdonar nunca —murmuró depositando un beso en mi pelo como si me estuviera felicitando—. Voy a dejarte en los próximos días, y nadie me podrá culpar porque has demostrado que eres una puta. Gracias por allanarme el terreno.

Se distanció un poco manteniendo las apariencias con su perfecta sonrisa.

En aquel momento podría haberle recriminado lo que entonces sabía, decirle muchas más cosas o echarme a llorar, pero lo único que salió despedido de mi boca fue:

—¿Eso es todo?

Él vaciló:

—¿Qué parte de que estás acabada y soltera no has comprendido?

—He comprendido todas, Austin —repuse cansada—, y lo cierto es que no me importa ninguna. De nada por facilitarte tu decisión. Hasta en eso soy mejor que tú.

Me aparté y no pudo seguirme porque si montaba una escena dejaría de quedar como la víctima.

Hablé con numerosas personas que me felicitaban, pero no les prestaba mucha atención porque mis pupilas perseguían a Dacre por la estancia.

No pude volver a acercarme a él. Los dos estuvimos demasiado ocupados.

Pero eso no evitó que durante el resto de la fiesta por mis venas solo circulase un mensaje hacia mi avergonzado corazón:

Dacre Stewart me quiso.

Me quiso de verdad.