Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 2. DACRE
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2. DACRE

DACRE

El sonido de la conversación me llegó cuando estaba dentro del baño.

—¿Te has enterado de lo de Sadie Sanders?

—escuché que decía una voz masculina mientras se activaba el agua del grifo.

Los tres cafés con leche generosos que me había tomado antes de ir a la fiesta me habían pasado factura, y había tenido que visitar el lavabo inmediatamente después de terminar con el photocall para mear.

—No, ¿qué ha pasado? —le respondió su acompañante.

Había acabado, pero para oírlos me abstuve de tirar de la cadena.

Normalmente los cotilleos del mundillo me daban pereza, me aburrían.

Eran demasiado monótonos y planos. Sin embargo, la inesperada mención de mi compañera de reparto había hecho que esa charla en particular me resultase interesante.

Permanecí quieto, en tensión, porque intuía que no se trataba de nada bueno, y los aceché.

—Nada —el ruido del grifo finalizó y le siguió el del tirón al papel para secarse las manos—, ha dejado plantado a Austin justo antes de salir a posar y se ha ido corriendo.

Enarqué las cejas. ¿Cómo?

—¿Lo han dejado?

—Supongo.

Desatendí la fuerte vibración de mi corazón.

—¿Y se ha pirado corriendo?

—Como una novia a la fuga , sí. —Se rieron por un chascarrillo carente de originalidad y gracia.

Traté de atar cabos. Aunque mi cerebro me lo prohibió terminantemente, lo hice.

En la producción y durante la sesión de fotos para el anuncio no había sucedido nada tan grave como para que les hubiese afectado de ese modo, estropeando la flamante noche de la actriz, al menos, que yo tuviese constancia.

Sadie había posado tan profesional como era, del modo que se le había indicado, hasta que el resultado había convencido a todas las partes interesadas que habían acudido.

Nada más. Luego se había ido a descansar con... él .

Hice caso omiso de mi musculatura repentinamente tensa y de la garganta reseca y continué con las teorías.

Debía de tratarse de un conflicto en el ámbito privado, pero ¿cuál?

De nuevo, ninguna de las opciones que mi cerebro barajaba (y barajó bastantes) justificaba que la desavenencia se produjese en un instante tan vital para ella, en el de su preestreno, cuando debería estar eufórica, estresada y con las pulsaciones disparadas.

Feliz. Cualquier persona con un mínimo de decencia se habría tragado sus sentimientos de malestar, los habría pospuesto para otro momento.

Claro que la actitud de Austin con Sadie distaba mucho de lo deseable.

Claro que a mí no debería importarme.

Claro que no debería estar allí escondido en un puto baño espiando.

—En serio, ¿qué le ven? —El primero continuó con el tema.

Intenté concentrarme en otra cosa, en ellos en lugar de en la imagen de Sadie huyendo de su propio momento y sola dondequiera que estuviese con el ánimo igual o peor que cuando la había encontrado en el puñetero armario de la anterior fiesta.

Aquella imagen todavía me perseguía en el tipo de sueños que nunca eran agradables.

Me propuse identificar quiénes eran los desconocidos para apartarla.

Por las voces no los reconocí y por el contenido tampoco.

Era una realidad que a todas las personas les gustaba esparcir y participar en un escándalo de Hollywood, más en el caso de actores populares, así que podía tratarse de cualquiera.

—Qué le ven.

—¿Quiénes? —vaciló el segundo.

—Dacre Stewart y Austin Sparks... Lo lógico es que el de Averno se la esté cepillando, de ahí el conflicto. Y la chica es normalita tirando a insignificante. No tiene tetas, el culo es plano y de la cara mejor no hablamos.

—Seguramente folla como los ángeles.

—Es lo más probable —aceptó, y terminaron.

Hasta que no abandonaron el baño no me di cuenta de que mis nudillos habían palidecido de la fuerza con la que me aferraba inmóvil al pomo del baño.

Tenía los dientes apretados. Tiré de la cadena con un movimiento tan seco como mi estado de ánimo y, ordenando a mi mandíbula que hiciese el favor de destensarse y ofrecer una imagen que pudiese mostrar al otro lado, salí de allí.

Alguien me recibió dando exagerados aplausos.

—¡Bravo! ¡Bravo! Pensaba que ibas a hacer tu intervención estelar y estamparles la cara contra el espejo. Pero te has reprimido. Bien por ti, Dacre, y por los pobres cristales que no te han hecho nada.

Gascón volvió a chocar las palmas de las manos con efusividad. Debía de haber estado todo ese rato en uno de los baños contiguos oyéndolo todo como yo, y me esperaba sentado en el lavabo con las piernas colgando, entretenido a mi costa y esbozando una sonrisa.

—Te agradecería que te callaras. —Enfilé hacia el lavabo para lavarme las manos.

El actor prosiguió con su tortura.

—Te agradecería que me dejases felicitarte como me diese la gana. De verdad, tu nivel de autocontrol es admirable. Hasta yo, que soy cero violento, quería pegarles una patada en las pelotas.

Terminé con el agua y el jabón, y me dirigí a secarme las manos agarrotadas de la tensión con la mala suerte de que el dispensador se encontraba al lado de Gascón y me impidió pasar de largo e ignorarle, tal y como deseaba.

Arranqué un trozo de papel y le consulté con seca indiferencia:

—¿Ser amigos de nuevo es esto? Porque a lo mejor me lo pienso.

—Me temo que no funciona así. —Acentuó la sonrisa.

Terminé con las manos y Gascón dio un par de golpecitos a su lado.

—Fuera es terriblemente aburrido. No estamos nosotros.

Me instó a sentarme con él y lo hice de mala gana porque no me apetecía estar allí, aunque tampoco en la fiesta, y el único lugar al que quería acudir era el que menos me convenía.

Le devolví una sonrisa arrogante, como si tuviese la situación bajo control.

Él se rio. Aguardó a que me colocara, atrancó la puerta con su cuerpo y me concedió un par de segundos antes de preguntarme:

—¿Es verdad lo que dicen?

—No lo sé. Yo no estaba —repuse entendiendo que me consultaba por la popular espantada de Sadie.

Gascón negó con la cabeza de un lado a otro sacándome de mi error.

—No hablo de eso. Lo he visto con mis propios ojos.

Ha sido real. Ha corrido como cuando Jude la perseguía por los bosques y las ruinas antes de atraparla y dedicaros a haceros ojitos.

—Hizo una pausa y especificó para que yo le comprendiese—: ¿Os estáis acostando?

—Agradecí que utilizase esa frase en lugar del típico «¿Te la estás follando?

» que mucha gente usaba como si el sexo no fuese cosa de dos.

Imité su gesto de negativa y lo reforcé con palabras.

—No, ¿por?

—Es la conclusión que gana todas las encuestas. —Se encogió de hombros y añadió, con un tono más formal que distaba de la tonalidad entretenida, distendida y con cierta burla empleado hasta entonces—: Aun con la información que posees, no me equivoco si pienso que no quieres ir a buscarla, ¿verdad?

Nuestro pacto de sinceridad comenzó a tocarme un poco las narices.

—No debo ir a buscarla, es distinto.

—¿Por qué?

Cogí aire.

—Porque, a diferencia de esta renovada relación contigo de la que ya me estoy arrepintiendo, Sadie y yo no somos amigos. —«Y me hizo daño. Y me jode preocuparme por ella».

—¿Y qué? —prosiguió Gascón con la duda pintada en su expresión—. No es necesario que una persona sea tu amiga para que te importe. —Creí entrever una ventana de esperanza.

—¿Por el bien de la producción? —Me escudé en la frase inocente pronunciada por Gascón que en el pasado inició nuestra relación y que ahora convenientemente manipulé en mi beneficio.

Aquello sí lo podía admitir. Decirme que quería ir con ella por el bien de nuestro trabajo. Pero él no me permitió engañarme.

—Por el bien de tu corazón; ¿no es eso lo que siempre te lleva a ir tras ella? La he visto internándose en el jardín, al fondo, donde está tan oscuro que ya no se ve nada. Podrías ir y sentirte mejor, o no hacerlo y estar toda la puta fiesta pensando en cómo se encuentra. Tú eliges, amigo.

Dicho esto, desbloqueó la puerta y se fue.

Pasé varios minutos solo en el baño espantando con mi mirada iracunda a cualquiera que se atrevía a querer entrar.

Me repetí en numerosas ocasiones que Sadie no era de mi incumbencia, que su bienestar no era mi tarea, que debía aprender a solucionar sus conflictos por sí misma y que, si la consecuencia de no saber hacerlo era perderse el puñetero preestreno en el que debía ser la protagonista, que así fuera.

Bajo ningún concepto sería mi culpa, solo suya.

Me lo dije muchas veces. Más alto y más bajo.

Con más potencia y con menos. Cabreado y sonriente.

Y cuando salí quise mutilarme la tripa y exponer mis intestinos en alguna de las elegantes bandejas que pasaban por mi lado, porque sabía que iba directo a hacer precisamente lo que me había estado animando a no hacer.