3. SADIE
SADIE
Nadie me había cantado nunca una canción infantil.
Puede que sea una tontería, pero en ese momento en el que la destrucción me asolaba lo pensé, y me la canté yo.
Tarareé la melodía de una nana inventada.
Mi voz nunca había sido particularmente bonita.
Sin embargo, en ese instante sirvió. Acallaba mis pensamientos, la presión enraizada en mi pecho menguaba y lo sumía todo en una falsa calma.
En la nada. Que era en lo que yo me había convertido. Había dejado de existir.
Como dicen que ocurre cuando sufres una tragedia, desconocía el tiempo que había pasado, las manecillas del reloj habían dejado de tener sentido para mí.
Podía haber transcurrido una hora, dos, minutos.
¿Estaba a punto de hacerse de día? Eso daba igual en aquel campo de batalla que era mi mente.
Nadie había venido a por mí. Nadie vendría.
Y yo sola no podría sacarme de allí. Me quedaría en aquel árbol cuyas ramas proyectaban sinuosas sombras a mi alrededor, sentada.
Cantando la nana. Lo tenía asumido. Era mi sitio.
No había ningún otro lugar. Entonces alguien apareció para intervenir en mi pesadilla.
En las películas, en los libros, en las series, cuando el protagonista encuentra a su homóloga en un estado como el mío, lo hace con el rostro demudado, desencajado, irradiando preocupación. Abnegado, intenso y conciliador.
Ninguna de esas caretas fue la que Dacre me ofreció.
Cuando el actor se asomó, cuando apartó la cortina de hojas que caían e hizo su aparición con aquel aspecto demoledor enmascarado, la mueca que dibujó fue de puro odio, impotencia y rabia, como si despreciase cada partícula de su ser que le había conducido a ese destino, y a mí por ser la causante de que hubiese acabado cediendo.
Se quedó quieto sin ocultar su malestar, distanciado, y me dedicó una sonrisa retorcida.
—Vaya, cada vez te pones más creativa en la elección de tus escondites.
Dejé de cantar.
Él ancló los músculos de su cara y me observó, me analizó.
—Quiero estar sola —le dije.
Dacre no dejó de estudiarme.
—Eso ya lo había deducido yo; a veces y contra todo pronóstico soy perspicaz.
Su tono transmitía lo mismo que su expresión. Tensión, autodesprecio, frustración. Echó la vista atrás en un acto reflejo, como si la posibilidad de marcharse todavía estuviese en su radar, y le animé a ello dándole un empujoncito.
—Vete.
—Es lo que debería hacer.
—Hazlo.
Le dedicó un último vistazo al camino de vuelta por el que se filtraba la luz y acabó de cruzar la cortina de hojas sumiéndonos en la oscuridad a los dos.
—Para desgracia de ambos mi respuesta es no.
Cuando las ramas se cerraron estuvimos enjaulados por la naturaleza, solos.
—¿Por qué no paras de intentar ayudarme? —le acusé con la voz estrangulada.
—Porque, a pesar de que es lo que quiero, parece que soy incapaz de obedecer esa orden tan específica de mi cerebro.
Observó con desdén el espacio que nos rodeaba y su mirada no se suavizó cuando me habló.
—¿Qué ocurre, Sadie? ¿Cuál es el enorme problema que te tiene prisionera en este árbol en lugar de disfrutando de tu fiesta? Y no me digas que es por el imbécil de tu novio. Yo no merecía tus lágrimas, pero él tampoco.
Quise castigarle por su brote de honestidad y la mejor manera que se me ocurrió fue pagarle con la misma moneda, con una sinceridad cruda, descarnada y aplastante.
Demostrarle que entonces me importaba tan poco que ya ni siquiera trataba de engañarle, de engatusarle con una versión mía más segura, como hacía con el resto del mundo.
Me permití llorar con ferocidad y con la misma rabia bullendo en mis venas le confesé:
—El problema soy yo, Dacre, no puedo andar.
Él permaneció impasible.
—Explícate.
La expresión de su rostro no se alteró, pero sí me mostró una renovada atención. El verdor de sus ojos se me clavó hasta abrasar por detrás de su antifaz, aunque su fachada mostrase una inexpresiva indiferencia. Me señalé el cuerpo, porque mi cara y mi gesto ya los estaba viendo, y le conté:
—Es como si me hubiesen inyectado veneno y no me pudiese mover.
—Nadie te ha inyectado nada.
—Pero lo siento así. —Los labios me temblaron y me obligué a mantener la barbilla alzada—. Me siento paralizada, fracasada, un campo de minas y ceniza. Ya... no hay suelo bajo mis pies. Ha desaparecido, Dacre. —Mi voz perdió la fuerza que la suya ganó.
—Joder —fue lo único que articuló—, ¿por qué siempre me complicas tanto la vida?
—Tú te lo has buscado. Nadie te ha pedido que vengas a por mí. —Mis palabras se mezclaron con el llanto.
—Soy consciente de lo desacertada que ha sido mi decisión.
—Todavía estás a tiempo de ponerle remedio.
Como respuesta, se dejó caer a mi lado y se quitó el antifaz.
Jugueteó con él en la mano.
Permanecimos un rato callados, yo llorando y Dacre pensando, calculando.
—Creía que estarías bien sin mí —musitó con tono neutro pasados unos segundos.
—Siempre te has dado una importancia desmerecida en mi vida.
Ladeó el rostro y sus ojos brillaron.
—¿Es por alguna información inesperada que has recibido? —tanteó.
Parecía realmente interesado en mi respuesta, a pesar de fingir lo contrario.
—No. Es por todo. Por nada. Yo qué sé.
Doblé las piernas y me abracé a mí misma.
Él asintió levemente, entre aliviado y decepcionado.
Luego volvió a clavar la vista al frente.
Estuvimos tanto tiempo así, yo en esa postura encogida y Dacre con la mirada perdida, que llegué a la conclusión de que no tenía nada más que decir, tampoco lo estaba buscando, y que pasado un rato prudencial se largaría y cerraría las ramas para dejarme sola.
Yo no podría seguirle.
No tenía fuerzas.
Sentía un virus arraigado a mis venas, ensanchándolas a la vez que se nutría de ellas hasta que reventasen.
Quise pedirle que se quedara y me avergoncé de mi propio pensamiento.
Dacre no me debía nada y tampoco podía juzgarle porque se fuera, aunque su presencia, a pesar de la rigidez de su cuerpo y el empeño que le estaba poniendo a no rozarme, de algún modo me reconfortaba.
Era patética.
Disimuladamente, observé cómo pensaba, dudaba y, al final, coincidiendo con la repentina aparición de la voz distorsionada de Rose Plec y Tracy Montgomery, que nos llegaba a través de los altavoces dispuestos en el jardín iniciando su discurso, tuvo algo que decirme:
—Voy a devolverte el suelo. —Apretó los labios.
—Te recuerdo que no haces milagros.
—Con una condición. —Pasó por alto mi escéptico comentario y me miró de un modo más implacable que antes, como si su personaje le hubiese poseído y le hubiese dotado del carácter letal de un inmortal.
En lugar de retroceder le contemplé con curiosidad.
Me preparé para que hundiese unas desagradables garras en mi interior a modo de palabras y retorciese mi carne, no recordé que Dacre podría hacer muchas cosas, algunas completamente censurables, pero nunca eso.
Nunca herirme así—. Vas a buscar ayuda profesional de manera desesperada y con carácter urgente.
Nos quedamos en silencio.
Mirándonos.
No sé por qué solté una carcajada.
A él no le hizo ninguna gracia.
Sus facciones me estudiaron.
Aguardó.
Vacilé.
—¿Lo dices en serio?
—Es mi última palabra. La tomas o no.
De nuevo, no empleó el tono conciliador que se suponía que era necesario en ese tipo de circunstancias, solo uno exigente, autoritario, enfadado.
Valoré más su motivación que la propia propuesta porque en realidad sabía que llevaba razón, que tenía que buscar ayuda profesional de manera desesperada y con carácter urgente.
Entrecerré los párpados con suspicacia y le dije:
—¿Qué ganas?
Aquella pregunta fue lo primero que le hizo gracia desde que me había encontrado.
—Lo peor es que nada —reconoció, y dudé—. ¿Te sorprende?
—No te creo.
—En otro momento inventaría algo a la altura de tus expectativas malignas, pero estoy demasiado irritado y cansado para ponerme imaginativo y alimentar el insaciable odio que sientes por mí.
Además, disponemos de poco tiempo. Tiene que suceder antes de que los discursos iniciales se terminen.
¿La tomas o no, Sadie Sanders? No voy a volver a preguntarte.
Quise decirle que no.
Que sí.
Y me molestó admitir que confiaba en que volviese a poner el suelo bajo mis pies. Durante años había pensado en él como un monstruo, pero bajo ese árbol por primera vez en mucho tiempo me pareció muy humano.
—¿Cuál es el plan?
Sonrió, aunque más que satisfecho porque hubiese cedido parecía extrañamente contrariado. Distinguí el miedo en el fondo de sus ojos. Por fuera perpetuó una mueca de superioridad y apatía.
—Vamos a abandonar este tétrico paisaje al que tanto cariño le has cogido para protagonizar un viejo baile de máscaras. Las personas se deslizan mejor por los caminos que ya han recorrido.