Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 1. SADIE
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1. SADIE

SADIE

El preestreno del reencuentro de Averno se iba a producir tres meses después del fin de su rodaje en Brookings.

Tres . En Los Ángeles. O lo que era lo mismo, Austin había tenido tres meses para hacerse a la idea de lo acontecido.

Le comuniqué, qué duro es utilizar esa palabra cuando a hablar con tu pareja se refiere, mi decisión de hacer la película nada más volver.

Cuando nos encontramos en mi casa de Pacific Palisades y le tuve de frente.

Desde entonces él había pasado por todas las etapas presumibles, desde la indignación hasta el cabreo más profundo, que había desembocado en una rigidez constante entre ambos.

Trató de convencerme por todos los medios de que no lo hiciera.

Por supuesto, no escatimó en su insistencia.

Pero por una vez no me bajé de mis ideales.

Yo quería hacerlo y no comprendía su férrea y firme oposición.

Si me cargaba mi carrera, si sus malos presagios se confirmaban, aquello solo me afectaría a mí.

A mí. Su carrera, la suya , iba viento en popa, grabando la película para la que no habían querido contar conmigo una vez que contaron con él.

De esta manera, Austin pasaba largas temporadas fuera, interpretando, y cuando nos veíamos lo que menos me apetecía era hablar del tema de la discordia.

No hallaríamos un punto común, estaba claro.

Pero esa noche, tarde si atendíamos a que eran las siete y media, no me quedó más remedio que abordarlo.

Nos encontrábamos aguardando la alfombra roja que precedía a la premier del documental, todo estaba dispuesto para iniciar el rodaje de Ecos de guerra al cabo de tres semanas, y la fotografía del inminente anuncio estaba hecha.

Nate, Dacre y yo nos habíamos tomado la imagen la tarde anterior en absoluta confidencialidad con un reducido equipo.

Daríamos la noticia al día siguiente.

Después del estreno del documental en abierto, cuando los pecadores y demás curiosos lo hubiesen visto y hubiesen llenado las redes sociales con los fragmentos más destacados, la autora, Tracy Montgomery, la productora y nosotros la subiríamos.

Aparecíamos con la misma ropa de esa tarde —de hecho, ya había anochecido—, pero sin máscaras.

Sky Blue había decidido organizar un baile con el rostro cubierto para la premier del reencuentro como pequeño guiño a lo que estaba por venir.

De ese modo, era como si Rhett, Jude y Libe se encontrasen de nuevo.

Y en la fotografía salíamos con la misma ropa, como si se hubiese realizado después de la proyección, con el cartel luminoso detrás, en el que se podía leer:

AVERNO , LA PELÍCULA.

Su nombre, Ecos de guerra , todavía era una sorpresa que daríamos más adelante.

Me quité mi antifaz bordado en encaje negro y miré a Austin.

La proyección había sido antes, en una sala de cine, y los asistentes parecían encantados con lo que habían visto. Él no había llegado a tiempo, a pesar de que yo estaba convencida de que la reunión ineludible con la que se había excusado en realidad no lo era tanto.

En cualquier caso, el entusiasmo que mostraban los invitados al felicitarnos no era determinante.

Podían estar actuando o ser cautos por si resultaba ser un pelotazo.

Todavía no sabían nada del bombazo , aunque era evidente que más de uno lo sospechaba.

Había que estar ciego para no ver la expectación que una mera reunión había causado, aunque, de nuevo, aquello no significaba nada.

El deseo de la audiencia podía verse mermado cuando se lo concediésemos.

Sucedía muchas veces. Quieres algo hasta que lo tienes.

Clavé la mirada en mi novio y pensé que Rose Plec me había sorprendido para bien.

Las referencias a mi relación con Dacre estaban ahí, pero habían sido sutiles.

Se habían abstenido de añadir el momento en el que me pusieron mi primera lectura para humillarme y el actor me dio la mano, y habían incluido el instante de sinceridad de Candice y un poco del de Gascón, aunque tenía mis dudas de que el propio Dacre no hubiese influido en ese punto.

Adoraba a la actriz y su hija, cosa que me hacía recobrar un poco la confianza que un día le tuve, a pesar de encontrarse todavía muy lejos de considerarla una confianza plena.

De esta manera, aunque la motivación de la productora fuese desarrollar nuestra relación en la película y no robarle protagonismo con una realidad repleta de interpretaciones que servía para abrir el apetito, estaba satisfecha con el resultado, y no temía si un día Austin se dignaba a verlo.

Temer , de nuevo, qué expresión tan incorrecta para hablar de tu pareja.

Continué suplicando su atención con la mirada, pero él no me la concedió.

Me resigné a ello.

Nate Levigne había sido el primero en pasar por la alfombra rojo burdeos como la sangre que habían colocado.

Parecía nervioso, todo él vestido de blanco, la máscara que le cubría media cara del mismo color con detalles dorados que solo se había retirado por petición de los fotógrafos.

En su situación me resultó adecuado que le dejasen pasar por ese trance cuanto antes.

Le había seguido Dacre.

El actor que interpretaba a Jude e iba a alzarse con otro de los papeles protagonistas (en Ecos de sangre los tres adquiríamos la misma importancia porque para levantar a Jude no habían hecho caer a Rhett, al contrario, le habían dado su propia y vertiginosa trama) iba ataviado completamente de negro con un antifaz veneciano oscuro que le cubría media cara con filigranas doradas en los bordes.

Lo habían apostado todo al oro.

En la película era importante para los pecados.

Más guiños ocultos.

En cuanto a mí, me habían puesto un vestido con una falda abullonada negra sobre la que parecía caer la luz plateada de la luna, al igual que en mi antifaz, dado que ese elemento era el que tenía que ver con Libe.

Paseé las manos por el precioso vestido, que parecía de época, y se me escapó:

—¿No podrías apoyarme?

Al instante apreté los labios.

No sabía la razón por la que las palabras se me habían colado, pero lo habían hecho.

Austin se giró con lentitud mientras aguardaba en un lateral a que nos dieran paso al photocall y dijo, irradiando rabia contenida en cada una de sus palabras:

—Estoy aquí, ¿no?

Negué con la cabeza. Me aseguré de que el siguiente en la fila se encontrase a una distancia prudencial para que no pudiese oírnos, no fuera a ser que por ese motivo mi novio se encendiese todavía más.

—No me refiero a eso. —Por si acaso bajé el volumen de mi voz—. Hoy es mi día, ¿no podrías mostrarte un poco feliz por mí? —Le dediqué una sonrisa de ruego que ignoró.

Devolvió la vista al lugar en el que estaban los focos.

—No celebro los entierros artísticos de la gente que quiero.

Me mordí el carrillo con fuerza hasta que noté el sabor metálico de la sangre.

Aquello no era justo.

¿Podría serlo? ¿Mi final? Desde luego que sí.

Podía darse el caso de que la misma gente que se había dejado la yema de los dedos solicitándolo una vez que se confirmase pensase que llegábamos demasiado tarde, que estábamos acabados, que la película era la señal de que no habíamos logrado destacar por nuestros propios medios.

Los escenarios pesimistas eran una posibilidad que no me podía negar. Sin embargo, allí lo que necesitaba era que Austin celebrase mis triunfos conmigo y que cuando llegase el futuro me ayudase a encajar lo que viniera, que en el fondo era un misterio para ambos.

Le agarré la mano que caía a un lado de su cuerpo, la más cercana a mí, y sospecho que si no me la retiró de un tirón brusco fue porque no quería que le vieran hacerlo, no porque no lo desease, ya que sus dedos no se enroscaron en los míos, sino que los estiró todo lo que daban de sí como si estuviesen hechos de metal.

Encontré el valor Dios sabe dónde y no me amedrenté.

—Vamos a pasárnoslo bien esta noche, por favor. Mañana hablamos.

—¿De qué? No escuchas, Sadie.

Sí que lo hacía, pero no compartía su opinión.

—Venga, dejémoslo a un lado —supliqué en un último intento—. A fin de cuentas, ni siquiera sé si me apetecerá seguir actuando cuando termine el rodaje de Ecos de guerra —bromeé, porque por supuesto que lo sabía. Siempre iba a seguir queriendo interpretar. Era mi vida. Lo que más amaba.

La mirada de Austin se tornó gélida cuando me observó con desdén.

Jamás me había contemplado así, como si fuese un insecto, un apestoso parásito que llevaba adherido a su cabellera rubia y no sabía cómo arrancarse. Estudió mi sonrisa con desprecio y con la misma mueca de desagrado pronunció un aterrador:

—A lo mejor cuando termines el rodaje de esta mierda no quiero seguir contigo porque soy demasiado para ti.

Su comentario me superó.

Noté cómo el pecho se me hundía y aplastaba los órganos.

La crueldad que su comentario desprendía me había acuchillado.

Me mató y me sentí caer, y sin vida como estaba no había razón para seguir soportándole.

—Sadie, tu turno —anunció el organizador del evento, y me llamó a mí, solo a mí, pero estaba tan estupefacta, tan petrificada, tan congelada sobre mis pies, que apenas lo oí.

Entonces sí, la mano de Austin se cernió sobre mi muñeca.

Esbozó su sonrisa de revista y articuló para que solo yo le escuchase:

—Vamos, acabemos cuanto antes con esta pantomima ridícula.

En contraste con sus movimientos sutiles, delicados, cuando mi mano se zafó de su contacto lo hice de un modo exagerado, violento, levantándola hasta casi dibujar una ola en el aire. Todo el mundo nos vio.

—No.

—Sadie...

—No.

El silencio se hizo a nuestro alrededor y no pudo disimular la repulsión de su mirada.

—No montes un espectáculo ahora. En público no.

Repasé sus rasgos afilados, duros. Antes no me observaba de ese modo, como si le diera asco y a la vez no pudiese desprenderse del trofeo que representaba porque odiaba perder sus posesiones, aunque le hubiesen aburrido y ya no le gustaran. Eran suyas y de nadie más.

La respiración se me envalentonó y me di cuenta de que no le quería cerca, de que no deseaba seguir esforzándome por conservar a mi lado a una persona que ya se había ido.

El puñal con la punta enroscada que él mismo me había clavado resquebrajó la superficie acristalada del reloj de arena que contenía nuestro amor, y los pocos granos que le quedaban se desplomaron de golpe.

Sentí el pecho convaleciente y me atreví a decirle:

—Suerte mañana con las portadas. Sin mí seguro que consigues alguna.

Fueron mis últimas palabras antes de irme.

Me coloqué el antifaz sobre los ojos, anudado en mi cabeza, y a partir de ahí los recuerdos empiezan a nublarse, a tambalearse.

Me marché, eso es lo único que tengo claro. Desatendí mis obligaciones, ignoré los gritos de las personas que me llamaban y entré por una puerta accesoria en los pasillos que conducían a la fiesta. Una vez allí simplemente eché a correr.

Lo hice sin rumbo. Sola. Agarrando la falda, que rozaba el suelo, para no caerme.

En aquel momento no pensé en lo maleducada que quedaría a ojos de la prensa.

A fin de cuentas, desde la organización ya se inventarían algo.

Que estaba indispuesta, que tenía que atender una llamada urgente.

Cualquier cosa. Tampoco le di importancia a que era mi tarde.

Mía . Mi preestreno. Y que, hasta la enésima pelea de la jornada con Austin —había discutido con él por llamada, por mensaje y en directo—, aquel hecho me había llenado de ilusión.

Tan solo recorrí pasillos vacíos, otros que no lo estaban, y cuando alcancé el jardín en el que desembocaría el evento descubrí que no podía respirar.

Mis piernas estaban hechas de gelatina. Mis huesos, fracturados.

La fiesta se dividía en dos ambientes que se usarían en momentos distintos.

El salón donde Rose Plec y Tracy Montgomery darían un discurso de agradecimiento y apertura, y el espacio al aire libre donde terminaría.

Pasé de largo la pista y las preciosas guirnaldas de luces que la cruzaban, las mesas altas con velas, los árboles decorados con pequeñas bombillas que los salpicaban como luciérnagas.

Me sumergí al fondo, a donde nadie llegaría, y las sombras me abrazaron.

Me sentí cómoda entre ellas, reduje el paso, pero no fue suficiente para volver a respirar con plenitud.

Se trataba de un espacio igualmente cuidado.

Quizá pertenecía a otro de los salones del complejo.

Me deshice de los tacones que llevaba y el frescor del césped hizo que los dedos de mis pies se reanimaran, no así mi alma.

Aún angustiada anduve hasta un árbol. Desconocía su especie.

Tenía un tronco robusto y las ramas más bajas caían como cortinas.

Las aparté y me metí dentro. Apoyé la espalda en la corteza y poco a poco resbalé sin reparar en el dolor con el que arañaba mi espalda.

El silencio era sobrecogedor y lo interrumpí con el sonido de mi propio llanto.

Estaba llorando desconsolada, no sabía desde hacía cuánto, destrozando el maravilloso maquillaje ahumado para sustituirlo por ríos de tinta negra.

Me quité el antifaz por segunda vez y lo tiré a un lado.

Lo lancé con violencia.

Lloré todavía más alto.

El semirrecogido con el que había ido también se había deshecho.

Me lo arranqué y ondas desordenadas cayeron por delante de mis hombros.

Ya estaba. Lo había fastidiado todo. Mi relación con Austin.

Mi carrera. La premier. Era mi culpa por no saber contenerme.

Mía . Intenté poner la mente y mis sentimientos en orden, pero eran ovillos de lana desmadejados.

Triste, decaída y enfadada encogí los dedos sobre las palmas de las manos y me clavé las uñas.

No iba a ser capaz de salir de allí. No iba a ser capaz de hacer nunca nada salvo esconderme en ese árbol.