5. FREDDIE
FREDDIE
Claire Dawson nunca se caracterizó por su sensibilidad ni antes ni después de su alcoholismo.
Tenía un carácter férreo, autoritario. Quizá cuando todo pasó quisimos proyectar una imagen idílica de ella en el pasado, pero lo cierto es que aquella versión de mi madre jamás existió.
Era atenta, sí, educada con nosotros, también, y nos cuidaba y nos protegía.
Sin embargo, no era el tipo de madre que se deshace en halagos, gestos de cariño o palabras de orgullo, apoyo y amor y, aun así, nunca dudamos de que nos quería, porque lo hacía.
No todo el mundo exhibe del mismo modo sus sentimientos, pero eso no significa que no los tenga.
Ella lo hacía, enroscado dentro vivía su amor por nosotros, aunque a su manera estructural, firme y comedida, de pequeños gestos casi imperceptibles más que de grandes acciones.
Hacía mucho tiempo que no pensaba en ella de ese modo.
Cuando, mientras se bebía el café con el periódico, nos felicitaba por nuestro esfuerzo, no por los logros; o cuando volvía de sus viajes y nos planteaba una pregunta a la ligera con la que demostraba haber estado atenta a cada uno de nuestros movimientos.
Pero aquella tarde lo hice.
La recordé.
Estábamos sentados en el sofá, y el sillón de la sala y el reflejo de su imagen resurgió en mi cerebro durante un parpadeo.
Las obras de la pequeña sala de teatro que había adquirido estaban en marcha, mi función consistía en permanecer allí desde que los obreros llegaban hasta que se marchaban, y la odiaba por ello.
No solo por obligarme a salir de casa a plena luz del día, sino porque daba igual mi actitud claramente crispada o mi negativa a entablar conversación con nadie, uno de los chicos me había preguntado si algún día querría que fuéramos a tomar algo juntos.
A mí , que hacía cuatro días que había dejado de calarme el gorro para que todos atisbasen mi monstruosidad encarnada.
A mí , a pesar de que siempre gruñía y les dedicaba miradas de desdén, no por su trabajo, sino porque dado el amplio tiempo que pasábamos juntos los obreros pretendían interactuar conmigo.
Le sostuve la mirada furibunda a mi madre un rato y ella alzó uno de los dedos con los que pasaba los folios del guion que estaba leyendo sin apartar la vista de él.
—Un momento, me quedan tres páginas y ya podré atender a tus infantiles ofensas.
Gruñí.
Me pareció que ella sonreía, aunque evidentemente no llegó a hacerlo.
Las previsiones de fin de obra estaban dispuestas para al cabo de cinco meses, pero Claire ya se había puesto en marcha y no paraba de leer manuscritos.
Parecía entusiasmada, a su forma, claro, con los textos, con lo que allí se iba a desarrollar más que con el resultado de la fachada y las instalaciones.
El entusiasmo en el lenguaje de Claire Dawson era no parar de trabajar.
Terminó uno de los tantos guiones que había recibido y me dedicó su atención.
—Listo, ya puedes descargar tu frustración; ¿qué ha sido hoy? ¿Alguien te ha dado los buenos días sin chillar como es debido? —Lo pronunció sin alterar la expresión ni el tono, como si fuese en serio, y me hizo sentir inmaduro y estúpido.
—Tú no lo entiendes.
—Pero a ti te encanta explicármelo. Venga, adelante.
La terapia a la que llevaba yendo años le estaba haciendo bien. No parecía diferente, pero sí más serena, menos dañina. Nos sostuvimos la mirada un rato largo en silencio y terminé levantándome.
—No eres psicóloga ni esto, una terapia experimental, mamá. —Escupí la última palabra impregnada con el rencor que sentía por el mundo. Ella me respondió pausada.
—Lo sé. Pago la tuya. Y dejar de ir no es negociable.
Le había dicho que no quería seguir viendo a la nueva psicóloga porque no era buena, como las quince anteriores.
La realidad era que con esta última me había empezado a resquebrajar, como si estuviera más dispuesto a aceptar ayuda, y aquello me aterraba, que hubiese una solución y me la hubiese estado negando durante tanto tiempo.
—Un chico me ha pedido salir —cambié de conversación.
—Ah, entonces no me extraña que te pongas así. Es el fin del mundo.
Apreté los puños, frustrado ante su aparente tranquilidad y la manera en la que afrontaba todo sin alterar en apariencia su inescrutable mueca, y le dije:
—¿Ahora vas a ser la madre del siglo?
—Ambos somos conscientes de que no lo voy a ser nunca, pero sí la mejor productora; ¿sabes por qué?
Porque comprendo que lo importante y lo que hay que cuidar es el texto, la obra, el resto es accesorio.
Puedes revestir un buen argumento de lo que sea, pero gustará incluso si lo muestras desnudo.
Puedes poner a los mejores actores y una millonada sobre el escenario en uno malo y la trama se caerá por su propio peso.
Le solté una carcajada amarga.
—¿Intentas hacer un símil sobre el texto y mi interior? Qué bonito, mamá, qué bonito. —Aplaudí. Ella se limitó a observarme.
—¿Has terminado? —dijo al rato, y asentí—.
Ese no es mi estilo, Freddie. Tampoco es lo que te voy a decir, pero aun así te comentaré una cosa.
Da igual que no vuelvas a salir con un chico en lo que te queda de vida, seguirás gustando, lo siento por revelarte la enorme tragedia.
Por mucho que desees creer que es cierto, nunca has gustado por tu físico.
O no solo. Era tu conjunto. Parecías el sol.
Atrayente, hipnótico y radiante, y eso ni se puede robar ni te lo puedes quitar. Lo lamento de nuevo.
Era lo más amable que me había dicho nunca.
Me jodió tanto que volví a reír como un desequilibrado.
—Ojalá hubieses tenido tan buenas palabras para tu hija, a la que hacías bullying .
—Ese es un tema que trataremos en su momento Sadie y yo. No pienso discutirlo contigo.
Recogió la pila de folios para ir a darse un baño y cuando pasó por mi lado dijo:
—Si tanto te afecta que él vaya a estar en Los Ángeles a lo mejor deberías ponerle remedio. O no, y seguir siendo el inmaduro de veintipico años que cuando tiene un conflicto lo resuelve intentando pelear con su madre. —Conforme terminó se marchó y, enfadado, grité para mí mismo.
Nate me había contado quién era y que venía al preestreno del reencuentro en Los Ángeles.
Me había invitado sin saber quién era yo.
Y por eso estaba como un puto desequilibrado.