4. DACRE
DACRE
Sabía por qué Sadie me había mandado un escueto mensaje citándome en la torre del resort, pero anticiparlo no hizo que escucharlo de sus labios fuese más fácil.
—¿Te has leído el guion? —me preguntó en cuanto crucé la chirriante puerta después de subir andando el último tramo de escaleras. Había dudado mucho sobre si ir o no, pero al final me había quedado sin excusas. No quería ser un cobarde y evitarla.
La torre que custodiaba el complejo se encontraba en su punto más alto.
Desde allí, si te asomabas a la baranda de piedra, se podían distinguir los dos jacuzzis al aire libre y la piscina cubierta.
La oscuridad había caído sobre la construcción envolviéndola como un manto y estaba lloviendo.
Una fina lluvia que te acariciaba más que calarte de golpe, aunque a la larga su efecto fuera el mismo.
Hacía frío. Mucho. El viento feroz te empujaba con violencia.
Me fijé en que la chica llevaba puesta su chaqueta con capucha, pero esta le caía por la espalda en lugar de cubrirla.
Miraba al frente, a la lejanía, no a mí, a pesar de haberme llamado.
La puerta que me había conducido hasta allí se cerró por inercia y nos sumimos en la más absoluta oscuridad.
La luz estaba reservada para los espacios de abajo, que brillaban.
—Sabes que sí lo he leído. Nunca me he podido resistir a las cosas que no me hacen bien —respondí a su pregunta.
Sadie se rio.
Fue una risa amarga.
Me había comprendido perfectamente.
Nunca deberíamos haber leído Ecos de guerra , de la misma manera que entonces entendimos que nunca deberíamos haber participado en el reencuentro, porque aquello, nuestras incoherentes decisiones, habían despertado algo, algo dormido, que había estado hibernando, la presencia de un monstruo aferrada a mis anhelos, que fue como lo sentí en aquel instante en el que toda la partida quedó al descubierto, porque ninguno de los dos pudo engañarse más.
—Quiero hacer la película —sentenció Sadie con determinación y frustración.
Su tono reflejó cómo me sentía yo en mi interior.
No debería querer ese maldito papel, darle a Jude su final, pero lo deseaba con todas mis fuerzas.
La lluvia comenzó a empaparme el pelo y una gota se prendió de mi labio antes de abandonarlo.
—Lo suponía —dije resignado.
—¿Qué opinas?
—Opino que si llego a saberlo no habría aceptado todo esto tan a la ligera.
Crucé los brazos a la altura del pecho y en la vibración de su voz percibí una sonrisa igualmente vencida. Al final Averno nos había ganado.
—Ni yo, aunque si nos ceñimos a los hechos, tampoco me dejaste más opciones.
—Siempre es mi culpa —traté de bromear, pero soné más rígido que divertido.
En aquel momento Sadie se giró y me contempló.
Me miró, me miró y me miró entre la llovizna.
Durante unos segundos solo me analizó.
Luego dijo con la boca seca:
—No, siempre no, Dacre. —Se frotó las manos para que el cruel viento gélido no se aferrase a sus dedos enroscados y me contó—: He hablado antes con Nate. Está al corriente de todas mis opiniones , y yo de las suyas.
Emití una risa ronca.
Estaba demasiado tenso.
No podía creerme que al final tantos esfuerzos preventivos no hubiesen servido para nada.
—Me alegra saber que soy tu segunda opción.
Sadie arqueó una ceja y le expliqué:
—De lo contrario habría temido que te hubiesen practicado una lobotomía, y no tengo costumbre de negociar con personas con el cerebro alterado. Además —bajé el volumen—, dos es mejor que último, que nada.
—Antes no pensabas así. El uno era tu número favorito y lo perseguías a cualquier precio.
—Antes era distinto en muchos aspectos. —El nerviosismo estaba derrumbando demasiadas barreras, así que me apropié de él.
Lo recogí en mi interior y lo aplasté. Esbocé una sonrisa manipulando cada uno de sus tramos—.
Pero no finjamos que hemos venido aquí a redescubrirme.
Cómo soy ahora no te interesa. Lo has dejado claro muchas veces.
De manera que, dime, Sadie, ¿qué es lo que quieres de mí?
—¿Participarías?
Lo pensé y lo único que me salió fue:
—No estoy orgulloso de mi respuesta a esa pregunta. ¿Y tú? ¿Qué piensa Nate?
—Nate cree que se lo debemos —hablaba de los demás, del equipo, el cast y los pecadores—, y como es buena persona está dispuesto a hacerlo.
—Percibí en su voz la admiración que sentía por el actor—.
Pero yo soy algo peor. Tengo más sombras.
Siempre lo has sabido. Por eso... —Se tragó el «te fijaste en mí» que le bailaba en la punta de la lengua—.
Ellos —de nuevo el equipo, el cast y los pecadores— han influido en el planteamiento, en que me decidiese a leer el guion con la mente tan abierta como era capaz, pero no son la totalidad de la razón final de que quiera decir que sí.
—Ahí estaba. Mis músculos se pusieron en posición de alarma—.
Quiero por ellos, sí, pero también quiero por mí, por...
—le falló un poco la voz— nosotros. —Rápidamente desvió la atención—.
Había olvidado el cariño que le guardaba a Libe.
Ella me cambió la vida. Me devolvió la esperanza y abrió camino.
Aquel nosotros era la palabra por la que yo no quería subir.
La manera en la que sacudió cada una de las células que me daban forma a pesar de haberlo anticipado durante mi ascenso por la escalinata fue inhumana.
Me dio la razón. Debería haberme quedado en mi dormitorio, haber cogido un vuelo a la mañana siguiente para irme y haberme despedido de Sadie durante el preestreno del reencuentro para luego no volver a vernos.
La fulminé con la mirada porque estaba enfadado con ella, con el poder que todavía ejercía sobre mí, y conmigo por no ser capaz de evitarlo.
El cielo rugió. La lluvia comenzó a descargar más fuerte, feroz, tanto que a pesar de la cercanía la cortina de agua casi impedía que nos viéramos y empezamos a calarnos.
En poco rato estuvimos bañados.
Pero ninguno de los dos reaccionó.
Nos mantuvimos quietos, cautelosos, con el gesto medido.
Apreté los labios y hablé entre dientes.
—¿Qué quieres de mí Sadie? —insistí—. Y esta vez ayudaría que fueses más concreta. No me has hecho subir hasta aquí para una charla amistosa. —Había tensión en mi voz, como la del rayo que vimos desplomarse en el horizonte.
—¿Estarías dispuesto a volver si yo dijese que sí?
La sangre bombeó mi corazón con fiereza y se trasladó a mis sienes.
Automáticamente me dolió la cabeza y lo que tenía delante perdió consistencia.
Una cosa era desearlo y otra decidirnos a hacerlo.
—¿Vas a decir que sí?
—Antes tengo que hablar con Austin.
Esbocé una sonrisa afilada.
—Cierto, se me olvida que ahora hay alguien a quien tienes que pedirle permiso.
—No tengo que hacerlo —me corrigió—, pero me gusta tratar las cosas con mi pareja. ¿Y bien? Me has pedido trasparencia y no puedo ser más clara. ¿Estarías dispuesto a volver, Dacre?
—No porque tú me lo pidas.
—Lo imaginaba, y me parece bien. No nos debemos nada.
Se dispuso a marcharse, pero en el último segundo la retuve agarrándola por la muñeca. Pronunciar las palabras que dije a continuación me costó más que si me introdujesen un machete por la garganta.
—Sí estaría dispuesto por mi estúpida ineptitud para sacármelo de encima. —La solté y ella se detuvo confundida.
—¿Qué?
No contesté. Era demasiado. Sin embargo, los ojos de Sadie me estudiaron con precisión y permití que se colase dentro, que viese mis ruinas. Su mirada se abrió aturdida y dijo:
—Tú... No es que desees retomar el papel... Nunca has dejado de quererlo.
Era hora de admitir una de las tantas verdades que me había estado negando.
—Exacto. —Chasqueé la lengua.
Durante años me había dicho que renunciar a mi carrera no me había afectado, que, a pesar de mi equivocación en las formas, fue un acto de amor con el que tampoco había perdido gran cosa. Jude, la interpretación... ¿A quién le importaba?
Durante años me había mentido.
Me había alejado solo para descubrir que la actuación se me había colado en los huesos y era la forma en que les daba vida.
Reconocérmelo fue aún más duro que decir adiós a mi sueño.
Admitía su pérdida, las veces que había taponado ese agujero en mi corazón, ignorando la sangre que caía a borbotones por los costados mientras me decía que podía ser feliz haciendo otra cosa y que podía también sentir amor por una chica que no fuese la de los ojos dorados.
Pero era falso.
Al menos, lo primero.
Mi pulso desbocado me lo chilló.
Presioné todavía más la mandíbula, cabreado, mientras Sadie y yo nos mirábamos.
—Si pudiera hacer cualquier cosa para no querer interpretar a Libe lo haría —dijo confesándome que su situación no era muy distinta a la mía.
—Si pudiera hacer cualquier cosa para no querer lo que quiero, yo también.
Mi respuesta a tu pregunta es que participaré en Ecos de guerra si los dos acordamos decir que sí aquí, porque lo deseo de un modo animal, Sadie.
Es una verdad que detesto con la misma intensidad que me domina —sentencié, y la lluvia arrastró las palabras por mi cuerpo quemándome.
Estaba hecho.
Íbamos a añadir otro terrible error a la lista.