2. DACRE #2
—¿Cuál prefieres, la de cuando me censuraron el vestuario por gordo o cuando me quitaban de las fotografías por feo?
—La periodista palideció y él sonrió con descaro—.
No logro decidirme. Ambas son puro entretenimiento.
—Le sostuvo la mirada con determinación y sonrió.
La pobre Massy solo pudo boquear como un pez sin llegar a conjugar una palabra antes de que él volviera a hablar—.
Venga, no te pongo en un aprieto, voy a contar las dos.
Por favor, que alguien traiga palomitas.
El Gascón seguro de sí mismo me gustó igual que lo había hecho el antiguo, el tímido.
Imagino que hay personas con las que simplemente conectas en todas sus versiones, y él era una de ellas.
Así, durante un rato largo relató lo que yo ya sabía, el vestuario modificado para ocultar su figura, la posición accesoria lateral para poder quitarle de las imágenes, los momentos en los que le aleccionaban para que pareciese simpático porque era lo que buscaba el público en las personas como él, el gordito gracioso que despertase ternura e hiciese reír.
Aquello habría destruido a cualquier producción.
Pero no se quedó ahí.
Relató el después, lo que yo desconocía.
Perdió peso por el trauma que entre todos le habían provocado, y podría haber caído en un problema muy grave de no haber buscado ayuda por su cuenta.
Pero la cosa no acababa ahí. Se convirtió en el exgordo que ahora era guapo, y por esa razón no le daban los papeles ni de gordo ni de guapo.
Y le seguían tomando por gracioso cuando él nunca se había considerado una persona con especial gracia, así que el papel había acabado inmiscuyéndose en su vida real y ahora no sabía si los comentarios que soltaba eran suyos o si los había leído en algún sitio.
Poco a poco y sin tregua desmenuzó a su personaje, a su persona, lo que le habían obligado a hacer y lo que él había asumido para seguir en el mundo del espectáculo, hasta que resumió su intervención en una frase:
—Después de Averno me convirtieron en un meme y lo acepté. ¿Siguiente?
Hablaron más. Muchos. Casi todos menos Sadie, Nate y yo, que escuchando sus historias nos sentimos unos privilegiados.
No les íbamos a quitar espacio, ya que nosotros siempre tuvimos un micrófono a nuestra disposición.
Así, descubrimos que durante la grabación había compañeros desesperados al lado del teléfono para que los llamaran, para que les dieran una línea, porque no tenían otra ficción en la que actuar; y otros esperaban la llegada del guion con los brotes de ansiedad disparados por si se habían cansado de sus personajes y los despedían.
Había muchos testimonios. Muchísimos. Y la gente se animó.
Fue un efecto llamada que parecía interminable.
Por eso, cuando la última actriz terminó y nadie tomó la palabra, Massy sonó desesperada al decir:
—¿Alguno más? —Se encontraba al borde del colapso.
No comprendí su actitud. Era evidente que no lo iban a emitir.
Como mucho un par de frases inofensivas que no pillasen por sorpresa a la opinión pública y no generasen gran controversia.
Entonces, ¿por qué a quien tenía en el pinganillo todo aquello le molestaba tanto?
Estaba siendo un ejercicio de liberación, de consuelo colectivo, empatía y hacer piña...
De repente lo entendí.
Descubrí que eso en sí era un riesgo porque nos querían separados y egoístas, de ese modo era más sencillo que accediésemos a cualquier mierda y no nos quejásemos por lo básico.
Alguien debería haber llamado a Candice y haberle dado una explicación con más mimo y menos protocolaria.
Alguna persona debería haber levantado la mano y haber dicho que, independientemente de su complexión, Gascón tenía que llevar las putas trasparencias.
Todos deberíamos habernos quejarnos del trato.
Incluso yo, porque me impidieron volver a trabajar durante años.
Massy soltó el aire que había contenido cuando nadie hizo amago de hablar y anunció:
—Retomamos esta tarde. Ahora voy a tomarme una tila.
Se arrancó el pinganillo de la oreja y se marchó.
La mayoría de la gente hizo lo mismo. Sadie, a quien se veía muy afectada, entre ellos.
Regresó al lugar donde tenía su mente, el guion; era evidente por la forma en la que me miró antes de desaparecer.
Pero yo me quedé. Porque Gascón había ido caminando hacia el pequeño catering y quería hablar con él.
Me situé a su lado mientras el actor seleccionaba uno de los sándwiches y decía sin mirarme:
—¿He estado bien?
Crucé los brazos a la altura del pecho.
—Durante casi toda la entrevista has estado petulante, creído y robando la palabra a los demás siempre que tenías la oportunidad para contar cosas que no le interesaban a nadie.
Sonrió a la vez que cogía un triángulo relleno de atún.
—Entonces he estado magnífico.
Se lo llevó a la boca y lo mordió. Hasta esa mañana, hasta esa entrevista, cada vez que había intentado interactuar con él después de que me dijese que no le interesaba arreglarlo conmigo se había marchado.
Pero ese día se quedó. Y lo vi como una oportunidad.
Los sentimientos estaban a flor de piel y podía aprovecharme si sacaba a flote los míos, por mucho que se tratase de un ejercicio que en ocasiones causaba el efecto contrario y me ahogaba.
—Lo siento —le dije.
Eran pocas las veces que pedía perdón porque eran pocas las veces que me arrepentía, que lo sentía.
La gente abusaba de la muletilla, la desgastaba en la boca, la garganta y la lengua.
No le daba el valor que merecía. En mi opinión, cuando se pedía perdón debías lamentar en el alma lo que hiciste, debía atormentarte, pero, sobre todo, debías estar seguro de que de volver atrás no lo repetirías.
De nada sirve pedir perdón si luego llevarías a cabo el mismo acto paso por paso.
Por eso no me arrepentía de todos mis errores.
Pero de ese en concreto sí, no debería haberlo dejado solo.
No debería haberlo abandonado. Nuestra amistad me importaba, me seguía importando.
Gascón masticó lentamente el atún con los ojos fijos en los míos, tragó y me instó a ser sincero con él:
—Dime una verdad, Dacre, y me pienso si te perdono.
Se la concedí.
Escarbé en lo más profundo de mi ser y me arranqué algo que dolía.
—Estaba tan consumido en Sadie que me volví ciego, no veía nada más. Fui un puto egoísta contigo. Lo siento.
Gascón mantuvo un gesto neutro que poco a poco fue sustituyendo por una sonrisa. Agarró un triángulo para mí y me lo tendió.
—Bien, ahora podemos hablar de reconciliarnos, alma en pena enamorada.