Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 2. DACRE
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2. DACRE

DACRE

Bastó una voz discordante para que el resto se alzara y el castillo de naipes de la productora cayera. Candice me advirtió de sus intenciones la noche anterior.

—Voy a decir la verdad de Averno . —Enarqué una ceja y aprovechó mi confusión para colocar las piernas encima de las mías.

Nos encontrábamos en mi habitación del resort de Brookings.

Agnes y ella pasaban mucho tiempo allí. De hecho, la pequeña acababa de quedarse dormida después de que entre los dos le leyéramos un cuento—.

Lo que estamos contando no es la realidad.

Puede que no me emitan. Con total probabilidad no lo harán.

—Rio—. Pero me desahogaré, lo echaré todo fuera y me quedaré a gustísimo. Eso es bueno, ¿no?

Levanté la otra ceja y las dos casi se tocan.

—¿Necesitas mi aprobación? Sería toda una desagradable novedad... —Como acto reflejo le masajeé los pies. Ella gimió un poco de placer.

—No, pero me gustaría contar con tu apoyo.

—Eso siempre lo tienes, y más cuando planeas boicotear a Rose Plec.

—No es un boicot —se defendió, y confesé con voz suave:

—Lo tienes, Candice, siempre lo tienes.

Candice no se sentía cómoda con la versión edulcorada, optimista y falsa de la historia del rodaje de Averno que estábamos vendiendo, la mentira que ella misma había contribuido a construir a través de sus declaraciones en las entrevistas, y quería ponerle remedio.

—Mañana —apuntó.

—Va a ser poéticamente hermoso ver cómo les rompes los esquemas.

Averno había sido muchas cosas buenas, pero también tenía sus sombras, y no le podían robar la oscuridad porque era parte de su esencia.

De esta manera, cuando entré en el set y nos microfonaron yo ya sabía que aquello iba a ocurrir.

Candice era tenaz en sus decisiones. Lo que dudaba era cuándo sucedería, y el momento llegó en un instante cualquiera, cuando menos venía a cuento, para confusión de todos.

El elenco al completo estaba allí, situado en aquella especie de gradas tenebrosas que habían creado para la última entrevista del reencuentro, la grupal.

Candice, sentada en la última fila, interrumpió a Massy, la mejor de nuestras entrevistadoras, justo cuando estaba dando paso a algunas tomas falsas.

—Lo pasé muy mal cuando mataron a mi personaje. Sufrí mucho.

La periodista miró los papeles que descansaban en su regazo, por si acaso estaba programado y se le había pasado por alto, pero no encontró nada.

Alzó la vista y contempló a la actriz para averiguar qué se le estaba escapando.

«Anécdotas, estamos hablando de anécdotas, hay que reírse, a qué viene esto», debió de pensar.

Sin embargo, varios objetivos recogían la escena, así que fue precavida y se mostró comprensiva.

—Normal, nadie quiere morir, aunque sea en la ficción.

Se oyeron algunas risas y Massy los fulminó con la mirada. Mofarse de los sentimientos ajenos estaba mal. Hizo amago de retomar la conversación para reconducirla, pero Candice no se lo permitió.

—No me refiero a eso. Me refiero a que caí en algo parecido a la depresión, salvando las distancias, por favor. No quiero frivolizar con el tema, pero no conozco otra forma de definir ese estado de profunda tristeza para que se entienda.

Me percaté de que la postura de Sadie, su atención casi abstraída hasta ese instante, se tensaba y se fijaba en su amiga.

La estaba escuchando. Hasta entonces me había preguntado en varias ocasiones dónde debía de tener la cabeza.

El cuerpo estaba en el asiento de al lado, entre el de Nate y el mío. Su mente, lejos. Candice continuó.

—El guion que lo anunciaba me llegó de sopetón cuando menos lo esperaba durante la gira europea y...

Me derrumbé... Aunque fingí lo contrario.

Sonreí durante los eventos que me quedaban, eso es lo que se veía y lo que aparentemente importaba, pero por dentro estaba devastada.

Asustada. ¿Qué sería de mí? ¿Había sido mi culpa que un personaje con tanto recorrido y tan querido en las novelas terminara de esa manera?

¿Volvería a trabajar a ese nivel? Ahora sé que no, y que trabajar interpretando en un restaurante no está mal cuando lo disfrutas y deja de agobiarte que te reconozcan y te señalen con un dedo porque te sientes una fracasada, pero entonces la idea me aterraba.

—Se aclaró la garganta—. Me hablaron de muchas cosas espectaculares cuando me contrataron en Averno , y admito que otras tantas las imaginé yo.

Sería mi disparadero. Me convertiría en una estrella.

Nadie mencionó que cabía la posibilidad de que mi papel no funcionara, que en las grandes producciones recuerdas a las cabezas de cartel y no a todos los actores que caen por el camino y son descartados.

Tampoco me hablaron del estado anímico, mental y físico en el que acabas sumido cuando te das cuenta de que eres uno de los segundos.

Le siguió una descripción descarnada de cómo había pasado las siguientes semanas, meses, el primer año.

A mí se me encogió el corazón y se me revolvieron las tripas.

Sadie se aferró a su asiento con fuerza, como si sus dedos fuesen garras, y la respiración se le empezó a marcar en el pecho.

La verdad no tiene por qué ser bonita, tiene que ser cierta, y puede doler.

Sabía que Candice lo había pasado mal en los castings en los que la ninguneaban y la despreciaban por su papel de segunda en la serie de más éxito del momento, cuando la reconocían y se burlaban al verla trabajando en el bar o en algunas entrevistas en las que la habían tratado como una caricatura.

Es decir, sabía que había sufrido, pero no tanto.

Su discurso acabó con un alegato a favor de la salud mental y con una explicación que no le debía a la audiencia pero que aun así decidió dar:

—No cuento esto para dar pena ni desanimar a nadie.

Es más, con todo, volvería a interpretar a Gloria con los ojos cerrados.

Quizá es lo más irónico de la situación.

Pero... A mí me habría gustado saber a lo que me enfrentaba, conocer la cruda realidad de la ficción y no solo la fantasía que nos venden y que no quiero ayudar a perpetuar con mi testimonio.

Averno no es solo los que triunfaron, también somos los que desaparecimos, lloramos y hoy estamos aquí, aunque solo sea a través de una pequeña representación, fingiendo que su recuerdo no nos escuece un poco y que en su momento no nos sentimos ninguneados y menospreciados.

Engañados. No quiero que si a alguien le ocurre lo mismo se sienta tan solo como me sentí yo.

Aunque todo pasa. De todo se sale. Con ayuda profesional, claro —sentenció, y se hizo el silencio.

La presentadora no sabía dónde meterse y disimulaba como podía, le debían de estar gritando todo tipo de órdenes a través del pinganillo.

Candice se había salido del guion y no era lo que buscaban, Massy lo sabía, pero ¿cómo interrumpir un testimonio tan desgarrador y auténtico con alguna de las trivialidades que habían dominado la entrevista hasta entonces?

No había manera. Que los que viniesen después lo cortasen o, mejor aún, que Gascón, que se aclaró la garganta para hablar en ese momento, lo hiciera.

Más o menos creo que eso fue lo que pensó Massy por su gesto de alivio antes de volver a hablar, estoy convencido.

—Muchas gracias por abrirte, Candice. Has sido inspiradora. Gascón, ¿querías aportar algo?

Sadie hizo ademán de levantarse para ir con su amiga, pero la contuve situando una mano de forma estratégica sobre su muñeca para rozarla en una breve caricia.

Me miró y sutilmente negué con la cabeza, un movimiento seco y rápido, y después devolví la vista al frente y la solté no sin antes advertir su pulso desbocado en la yema de mis dedos.

Confié en que entendería el mensaje. Yo también quería abalanzarme sobre Candice y estrecharla entre mis brazos como tantas veces había hecho en el piso, o hacerle cosquillas, pero si nos movíamos, si actuábamos, le restaríamos autoridad y protagonismo y nos lo llevaríamos nosotros.

Y ese era su momento. Además, Candice no parecía asustada por el acto de valentía que acababa de protagonizar, sino relajada, satisfecha y feliz.

Nos quedamos en nuestro sitio y... Hasta entonces las intervenciones de Gascón habían sido fragmentos de un monólogo de comedia esparcido en varios momentos. Coñas, comentarios jocosos y una crítica velada que pocas personas habían pillado cuando había apuntado:

—Eliminaron todas las escenas de sexo de mi trieja, con lo mucho que me había documentado...

—Bueno, ya había bastante sexo en la serie. Avaricia iba a orgía por capítulo.

—Hay quien opina que cuando de follar se habla nunca es suficiente.

Ups, perdón, no debería haber empleado esa palabra.

Podéis poner un pitido encima, ¿cierto? —Había sonreído a la cámara con picardía, pero su gesto, que se emitió en la pantalla de al lado de Massy, se había contraído un poco al recordar lo que le dolieron los vetos en ese ámbito a su personaje.

Avaricia iba a orgía por capítulo, pero a él no le dejaron tener ni una escena íntima.

No obstante, aguardé resignado a una intervención similar a las que llevaba protagonizando toda la entrevista o, ya que estábamos, a que se bajase los pantalones, enseñase el piercing del pezón, lamiese la mejilla de la persona que tenía al lado o algo por el estilo.

Estaba convencido de que le había perdido, de que el chico que había conocido se había ido y debía asumirlo, pero entonces escuché su risa ronca y por un instante me pareció que su nueva voz y la antigua se mezclaban.

—Quiero contarte una anécdota de la que me acabo de acordar. Bueno, dos .

La presentadora suspiró complacida. Gascón iba a hacerle el trabajo sucio de redirigir la entrevista. Genial.

—Sí, sí, claro. Adelante.

El chico se llevó la mano al mentón teatralmente y yo iba a desconectar el cerebro cuando le oí decir: