Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 1. SADIE
39%

1. SADIE

SADIE

Esa tarde me fui a la zona de acantilados de la montaña que daban al mar.

Alquilé un coche y sin avisar a nadie me marché.

Conduje hasta el bosque, me camuflé como pude para que los grupos de pecadores que visitaban varios puntos del rodaje no me vieran, tomé el sendero que conocía y bajé.

La última vez que había estado allí lo había hecho con Dacre, cuando me contó lo que sucedía con Lucien Strauss y la decisión que tomó se tornó un punto de inflexión en nuestra relación.

Noviembre había llegado acercándonos al final del rodaje del reencuentro, atenuando la luz que se filtraba a través de las densas nubes.

Aparté una rama esquelética y salté un charco para continuar el descenso.

El día era gris pero no triste. Había aprendido a apreciar la belleza de los tonos apagados.

Necesitaba pensar.

Resultaba irónico que, tras medir cada pequeña intervención con Dacre para que no nos afectase, al final lo hubiera terminado haciendo el poco tiempo que había pasado con los humanos, cuando con la mayoría de ellos, ni entonces ni ahora, había tenido mucha relación.

Observé una bandada de pájaros que salió volando a mi paso y seguí andando.

En las entrevistas con Nate y Dacre había estado tensa, tratando de interpretar mi papel lo mejor posible, pero en las de los humanos me había relajado.

Y ese no había sido el error. El error fue que los había escuchado, que los había analizado, y que la conclusión que había extraído no me gustaba demasiado.

Siempre pensé que éramos Dacre y yo.

Aunque no quisiera, para mí Los nueve círculos fuimos nosotros.

Él y yo solos. Sin embargo, había mucha gente más.

Decenas de personas. Actores como Matt, que parecían desesperados por conseguir algo de notoriedad.

Actrices como Giovanna, con la que apenas había intercambiado un par de palabras fuera del rodaje y que sin embargo defendía a mi personaje con ferocidad y fervor, como si para ella la ficción hubiese significado algo importante.

Dada mi relevancia, cuando me negaba a participar en la película de Averno , que en aquellos instantes ya sabía que existía, dictaminaba sentencia para todos ellos. ¿Por qué? ¿Por no compartir escenas íntimas con Dacre? ¿Por no ser una actriz de segunda, como mi subconsciente consideraba al resto?

Me sentí mal, y para frenar el frío me subí la cremallera de mi abrigo marrón, aunque la prenda no logró mitigarlo. Tenía los copos de nieve esparciéndose por dentro, en los huesos. El camino llegó a su parte llana y vislumbré la playa salpicada de peñotes.

¿Así era yo? ¿Egoísta? ¿Superficial? ¿Egocéntrica?

Sabía que no era malo mirar por tu propio interés, pero es que el mío estaba muy difuminado, confuso, porque debería alegrarme que la grabación del reencuentro se acabara, pero eso no era lo que estaba sintiendo.

En el resort, mientras había estado planificándolo todo con Dacre, había logrado cierta estabilidad, pero ahora se esfumaba.

Se me echaba encima el futuro y, contra todo pronóstico, no se estaba nada mal allí aislada.

Supongo que decidí exprimir la situación antes de volver al mundo real.

En la naturaleza lo de fuera parecía menos hostil, perdía fuerza.

Avancé unas cuantas zancadas y tomé asiento en la arena.

Pronto me di cuenta de que no era buena idea.

El viento que se había levantado y rizaba las olas cargadas de espuma en el agua trajo consigo unos pequeños granos de arena que se me metieron en los ojos.

Localicé una roca grisácea sobresaliendo y me dirigí a su encuentro.

Tenía una parte lisa, así que me dejé caer con suavidad en ella mientras me calaba la capucha, que acto seguido se me voló para atrás.

Fue ahí cuando pude desviar la mirada al océano y también cuando me topé con Dacre Stewart, que salía de él.

Hasta ese momento nuestros encuentros habían sido meramente profesionales.

Habíamos hablado mucho durante las últimas semanas, pero nunca saliéndonos del guion.

Recibíamos la escaleta, adivinábamos las preguntas y ensayábamos la farsa juntos.

Nos iba bien. Las pocas veces en las que los límites se habían desmenuzado, como cuando me dio la mano, como cuando vino al armario, mi corazón se había atorado, confuso porque lo que debería haber sentido y lo que de verdad sentía eran dos cosas distintas.

En cualquier caso, mejor así.

Desconocidos hasta que nos separáramos.

Y con todo mi raciocinio le sostuve la mirada, a sabiendas de que de no haberlo hecho tal vez me habría ignorado y se habría marchado, y que mantener mis ojos ámbar en los suyos quizá se interpretase como una invitación para que se acercase.

A fin de cuentas, no había nadie más allí, como la otra vez.

El paralelismo entre ambas escenas me puso la piel de gallina y expulsó un poco la sensación de culpabilidad que me había azotado.

Tuve que recordarme que me encontraba allí porque no éramos solo Dacre y yo, porque en los libros en los que solo hay dos puntos de vista también conviven otras opiniones, aunque nadie las lea.

No le hizo mucha gracia verme.

No le hizo ninguna.

Últimamente cada vez parecía más enfadado con mi presencia, y habría jurado que tal cosa se debía a que cada vez que me tenía cerca me prestaba más atención, como si yo le preocupase, aunque, claro, una parte de mí pensaba que eso eran solo imaginaciones mías.

Yo empezaba a sentir una presión aguda en el pecho al saber que, entonces sí que sí, muy pronto no le volvería a ver, y odiaba tanto la sensación que me inventaba excusas para no tenerla.

No es que quisiera compartir un segundo más con él de los que nos quedaban en Brookings...

Quería compartirlos todos. Y eso hacía que la codependencia que estaba desarrollando hacia Austin aumentase, porque sentía que le estaba traicionando, que era mala y que estaba sucia, que le debía algo. Que le debía mi ser .

Dacre, vestido con un traje de neopreno negro, se agachó para recoger la tabla de surf que estaba usando.

Dudó de si venir o no, y cuando lo hizo y el corazón se me atascó inapropiadamente en la garganta apuntó con la barbilla la ropa que tenía a mi lado para justificar que se acercaba. Intenté aparentar normalidad.

—No sabía que surfeabas.

Dacre apoyó la tabla en la arena.

—No lo hago.

Arqueé una ceja, y mientras se deshacía de la parte de arriba del neopreno, quedando desnudo desde la cintura hasta la cabeza, se tomó la molestia de explicármelo.

—Agnes se quería bañar. No quiere irse de aquí sin hacerlo. El traje es térmico. Me pareció la única manera de cumplir su deseo y he venido a comprobarlo.

Era verdad, Agnes. Gracias a mi cada vez más fluida relación con Candice conocía a la pequeña y era inevitable darte cuenta de que adoraba a Dacre. Hasta Laura se había ablandado un poco, solo un poco, después de lo que la niña contaba de él. Candice trataba de evitarle en las conversaciones.

Pasé por alto su imponente musculatura y reprimí las ganas de contemplarla.

—¿Y bien? ¿Es buena idea?

Una sonrisa ladeada se perfiló en su cara y el estómago se me contrajo.

—Nefasta. Tendrá que conformarse con una tarde de chicas con ostras en el jacuzzi.

—¿Tarde de chicas? —Fue lo que más me llamó la atención de ese comentario.

—Le gusta torturarme con gomitas horribles que me pone en el pelo, pero se lo perdono.

Se trataba de la primera vez que hablábamos de algo que no estaba relacionado con nuestro pasado o con el rodaje, y me sorprendió lo que escuchaba, lo que descubría. Su nueva versión.

—Nunca te imaginé... —No supe cómo definirlo.

—Nunca me imaginaste haciendo nada bueno.

Tranquila, también te lo perdono —bromeó, y se giró para terminar de desnudarse.

Lástima que buena parte de su atractivo residiese en su espalda, en el modo en que se cernían y ensanchaban los omoplatos, en sus definidos brazos y en las robustas piernas que seguían al bañador negro ajustado que tuvo la deferencia de quitarse con una toalla enroscada en la cintura—.

¿Qué haces aquí? —preguntó como si nada, con los dientes tintineándole, pero de nuevo tuve la sensación de que le otorgaba a la pregunta más importancia de la que aparentaba.

Por mi cabeza circuló la opción de mentir, pero al final le dije la verdad, porque los dos estábamos implicados.

—Pensar. ¿Alguna vez te has planteado que las cosas podrían haber sido distintas?

Se colocó los pantalones negros y se los subió de un salto. Luego me miró con el único color intenso que había en el ambiente gris: su verde.

—Necesito contexto.

—Hoy he grabado con los humanos. Matt parece desesperado por hacerse notar, la nostalgia de Giovanna es evidente, y Candice... Tú mejor que nadie sabes lo que siente al respecto.

Terminó de ponerse el jersey de manga larga y cuello vuelto beis y me prestó atención.

—Necesito que seas más concreta.

Me mordisqueé el labio y balbuceé:

—Me ha dado por pensar que si yo... si yo...

si yo no hubiera amenazado con irme quizá no te habrían despedido y la supervivencia de la serie habría sido otra, diferente, más temporadas, más tiempo para ellos para hacerse un nombre, incluso para ti.

Con mi arrebato, yo —bajé la voz—, a lo mejor —la hundí más en mi interior—, lo destruí todo —confesé al fin.

No era una idea que hubiera surgido esa tarde.

Era una idea temprana, que llevaba macerando mucho tiempo en mi interior, más o menos desde que se anunció el final de la serie y, tras el visionado previo en el preestreno, vi la cara de tristeza de todos los participantes.

Aquel no era el final que Averno se merecía, y yo lo había propiciado, de otro modo no tenía sentido que se hubiesen sacado de encima a Dacre de la forma en que lo hicieron.

Contemplé su rostro y ni su mejor máscara pudo camuflar que estaba profundamente horrorizado con mi conclusión.

Abrió la boca, pero la voz no le salió. En su lugar, me examinó con los ojos entrecerrados, como si estuviese calculando el alcance de mis palabras.

Estudió mis rasgos, la tristeza y la inseguridad que esa tarde no sé por qué no aparté de mi expresión.

Cerró los labios y tragó saliva, como si pasar la bola le costase un tremendo esfuerzo, sin dejar de mirarme. Luego simplemente dijo:

—No fue tu culpa. No fue la de nadie. Deja de imaginar.

Quiso sonar trivial, pero sonó ronco, como si tuviese lijas raspando el interior de su garganta.

Cambié de conversación. Deduje que en el caso de que hubiese sido así, de que le hubieran despedido para contentarme, Dacre no lo quería saber porque le restaba poder.

Volví a aterrizar la mirada en su rostro y confesé:

—Quiero leerlo.

—¿El qué?

—El guion.

No fingió que le sorprendía. En el fondo, desde la conversación en el armario ambos sabíamos que terminaría haciéndolo, que no podría vivir sin saber qué fue de Libe.

—No te va a gustar —me advirtió, revelando que él ya lo había hecho.

—¿Por qué?

—Porque se aman, Sadie, se aman demasiado.