Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 6. DACRE
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6. DACRE

DACRE

En lugar de partirle la cara a Austin tal y como deseaba me dirigí hacia Rose Plec.

Quizá el actual novio de Sadie no tuviese la culpa de que la actriz estuviese encerrada en el armario, pero me enfermaba verle pavonearse por ahí como si nada mientras su pareja estaba tan mal.

La imagen de la actriz se me vino a la cabeza y me estrechó las costillas hasta que se me clavaron.

Joder. Apreté los puños a ambos lados de mi cuerpo para reducir la tensión y relajé las facciones de mi cara, porque era lo que la gente veía.

Pronto hallé a la productora.

Se encontraba cerca del lateral en el que la había dejado hablando. Fui directo hasta ella, se despidió de sus acompañantes con educación y me dedicó una intencionada sonrisa, como lo fueron sus palabras.

—¿Los abrigos están bien? ¿Todo okey en el armario?

Quería jugar conmigo, pero yo no estaba para tonterías.

—Consigue que los fotógrafos que están en la entrada pasen, y que se queden hasta el final —le dije.

Como era de esperar, Rose me analizó intentando descubrir lo que ocurría, lo interpretó correctamente y ratificó su sonrisa.

—Demasiada confianza en el poder de esa chica, ¿no crees?

—A algo hay que tenerle fe —contesté con desgana.

—¿No quieres que le eche una mano? Soy buena persuadiendo.

—No. Ella sola lo conseguirá.

Sabía que solo tenían que verla, que si lo hacían y ella posaba menos encorvada y sin las ganas de desaparecer que tenía en el photocall , los cautivaría.

Los embrujaría. Se les metería en las venas como un veneno hasta que estuviesen enfermos de ella, como me ocurría a mí, que no me la podía sacar del cerebro.

Sería la estrella que todo el mundo, menos al parecer la propia Sadie Sanders, sabíamos que era.

No necesitaba mi ayuda, la nuestra ; si tratábamos de influir tan solo enturbiaríamos un logro al que se acabaría llegando por el cauce natural.

Rose Plec no se equivocaba al pensar que confiaba en ella, sabía que era demasiado especial para que los profesionales dedicados al asunto no lo apreciasen.

No era solo que su jodido vestido cortara la respiración, era que ella y no otra persona lo llevaba puesto.

La productora fingió que estudiaba mis palabras y replicó entretenida:

—¿Qué consigo yo? Me gustan los tratos justos.

Adiviné que apelar al bienestar de una de sus actrices no la convencería, que solo le daría la risa.

Aplaqué la sensación de cabreo porque me estuviese presionando y, sin fingir que su actitud me agradaba, le hice una oferta.

—Lo leeré. No aceptaré, ni tampoco presionaré de ninguna forma para que ella lo haga, pero leeré el guion de Ecos de guerra con la mente despejada, sin saltarme ni un párrafo y rápido. ¿Te parece bastante?

Contestó demasiado veloz para mi gusto.

—Suficiente, sí. Por el momento, claro.

Detuve el movimiento de mis cejas, que pretendían trepar por mi frente, y el de mi ceño antes de fruncirse.

La seguridad que demostraba por el texto me impactó.

Parecía convencida de que, si lo leía, lo querría interpretar, y Rose Plec rara vez se confundía al descifrar deseos ajenos.

Era su especialidad. Me aseguré de que no notase mi confusión y, aun con la máscara impasible puesta, la productora rio.

Luego dio instrucciones para que mi petición se cumpliera.

—Espero que venga o la presencia de nuevos invitados solo habrá servido para alimentar más el ego de él.

Va a empacharse. —Desvió la mirada hasta Austin para hacerme partícipe de su comentario.

Sabía que no debía caer en su trampa, pero aun así lo hice.

Esbocé una sonrisa de indiferencia y con el mismo tono le pregunté:

—¿No te cae bien? Tiene toda la pinta de que podríais ser grandes amigos.

Ella me devolvió el gesto.

—Por favor, no me hagas preguntas absurdas, Dacre.

¿Qué más da cómo me caiga? Podría odiarle y contratarle si está de moda.

La pregunta correcta es: ¿le auguro un futuro prometedor?

Ni de lejos. Hollywood produce hordas de actores de su estilo, modas pasajeras.

Suben como la espuma, luego desaparecen.

Es cuestión de tiempo que alguien tan insignificante como él le destrone.

—Se quedó en silencio y, pasados unos segundos, me dijo—: ¿Sabes por qué me enfadé tanto contigo?

—Porque no te gusta perder dinero.

Mi comentario la hizo reír.

—También. Pero ese no fue el motivo principal.

Aunque te cueste imaginarlo soy increíblemente rica.

Soy capaz de superar unas cuantas decepciones como la tuya.

El motivo fue que si en aquella época, en alguna fiesta, me hubiesen planteado la misma pregunta: «¿Le auguras un futuro prometedor a tu actor?

», al mío, porque entonces me pertenecías, y habrías ido de mi mano a lo más alto, mi respuesta habría sido: «Sin duda».

Es algo que pensaba, que todavía sigo pensando.

—Hizo una pausa y antes de irse añadió—: Han pasado años, por mi parte la animadversión ha terminado.

Ahí está tu chica. Buena suerte. Espero que deslumbre en los demás tanto como lo hace en tus ojos.

Rose Plec se marchó conforme Sadie entraba. Al principio, nada más distinguirme, me dedicó una mirada encendida. Quizá por lo poco sensible que había sido al tratar de convencerla de que viniera. Quizá por lo que le había contado del guion. Quizá porque era el gesto que le nacía en mi presencia.

Daba igual.

Enderezó los hombros, irguió la espalda, dejó de prestarme atención y fue cuestión de minutos que la vieran.

Comenzó un fotógrafo. «Sadie, aquí». Posó.

Disparó. Boom. Le siguieron muchos otros.

Experimenté algo similar a aquella última noche que pasamos juntos en Pacific Palisades años atrás; debería haber estado enfadado con ella, pero verla contenta, animada y satisfecha me hizo feliz.