Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 5. SADIE
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5. SADIE

SADIE

De pequeña, cuando vivíamos en la casa grande, me gustaba esconderme en el vestidor de mi madre bajo los vestidos y la ropa colgada.

Había tantos que parecía una tienda de disfraces.

Toda una habitación. Me sentaba allí mientras Freddie fingía que me buscaba y me dedicaba a esperar a que me encontrase, con la tela de los más largos acariciándome.

Nunca pensé que volvería a hacerlo, y menos en una fiesta.

Pero allí estaba.

Tenía un pretexto, una excusa. Si alguien pasaba, porque podía ocurrir, simularía que había perdido un pendiente y actuaría fingiendo que acababa de localizarlo en el suelo, celebrándolo y enseñando el que me había quitado y tenía en la mano.

Suspiré. ¿Cómo había acabado ahí? ¿Por qué?

Sabía que debía levantarme e irme, pero mis pies no obedecían la orden.

Estaban paralizados. Toda yo lo estaba. El veneno de la ansiedad y el pánico se había instalado en mi garganta y trepaba por ella clavando las garras.

Me concentré en aplacarlo y me resultó imposible. Era aterrador perder así el control.

En el evento todo el mundo sabía quién era.

Sadie la perdedora, la encasillada, la que fue Libe y después nadie, la que regresaba a Libe como una fracasada.

No quería enfrentarme a miradas que tal vez mi mente manipulara.

En la soledad tan solo tenía que luchar contra mí misma, y ya era suficiente batalla.

A fin de cuentas, estaba perdiendo la pelea, ¿no?

Paladeé la ansiedad, flexioné las piernas y me abracé a ellas, angustiada.

Por mi cabeza en ningún momento pasó que viniera Austin.

Estaba demasiado encantado consigo mismo disfrutando de su nueva posición privilegiada como para percatarse de que yo no me encontraba en la misma sala. Las personalidades se lo rifaban. Directores, productores, actores y actrices. Todos.

Cambié de opinión.

Quizá sí se había dado cuenta de mi ausencia, pero creía que me lo merecía.

Por mentirle, por dejarme destronar, por ser como era.

He ahí el fallo. Me daba cuenta de que lo que mi novio estaba haciéndome no era lo correcto.

El Austin del pasado, el Austin del que me enamoré, jamás habría permitido algo semejante.

El problema era que yo empezaba a tratarme del mismo modo.

Con palabras dolientes y opiniones como garras.

Al principio, cuando él hacía eso me molestaba, le plantaba cara.

Pero una porción de mi interior que, según pasaba el tiempo, cobraba más fuerza consideraba a Austin el único resquicio de felicidad que me quedaba, la única verdad de mi vida.

Se había enfadado conmigo porque estaba demostrándole ser tan decepcionante que no lo soportaba.

Mi madre, mi hermano, toda la gente huía de mí cuando me descubría, pero él se había quedado.

Era la gran estrella y todavía me quería.

Ese era el dato en el que debía fijarme, al que debía hacer caso.

De repente tuve frío y me abracé con más fuerza.

Quise levantarme para apagar la luz. Entonces la puerta se abrió y al otro lado surgió Dacre Stewart.

El actor no me miró con condescendencia o indulgencia, no mostró ningún signo de lástima o pena al hallarme en esa situación.

Es más, si hubiera tenido que definir su expresión habría sido de pura rabia.

Me contempló de arriba abajo ahí tirada y me fulminó con la mirada.

Creo que no deseaba estar allí.

Creo que no pudo irse.

Apretó la mandíbula con llamas en el interior de sus ojos verdes, avanzó un paso y cerró la puerta a su espalda.

En ningún momento pensé en interpretar la historia del pendiente perdido con él.

Podría haberlo echado, pero, por no tener, no tenía ánimos ni para discutir.

Deshizo la distancia que nos separaba y se dejó caer rudo, con las piernas estiradas, en el mismo sitio en el que estaba yo, aunque apartado de mí.

Olía bien e iba vestido de una forma irresistible.

Me pregunté por qué perdería el tiempo conmigo.

— Ecos de guerra —dijo.

Ladeé la cabeza, pero no me estaba mirando.

—¿Ecos de qué? —vacilé, mientras una parte de mí suplicaba que se largara para que si alguien entraba no malinterpretara la escena, y otra rogaba que no lo hiciera porque las paredes habían empezado a estrecharse antes de su aparición, amenazaban con engullirme y desde que estaba allí su aterrador movimiento se había detenido.

—El título de la película de Averno . Su guion me ha llegado por error. —Pronunció la palabra con sarcasmo porque evidentemente no se lo creía.

La inquietud anidó en mi pecho. Siempre había sido una posibilidad, pero acababa de cumplirse. Por esa razón, me sorprendió que mi siguiente pregunta, en lugar de «¿Vas a rechazarlo?», fuese:

—¿Por qué me lo cuentas?

Su respiración, que hasta entonces había estado envalentonada sin que yo lo hubiese advertido, se ralentizó un poco. También su tono.

—Porque quería que lo supieras por mí, de primera mano, sin posibilidad de malinterpretaciones. Para que no puedan jugar con nosotros y hacerte creer que estoy compinchado con ellos. Para que sepas que me mantengo en nuestro bando.

«Nuestro bando...». Aquella expresión me alivió más de lo que debería porque me incluía en algo. Y, en ese momento sí, lancé mi pregunta.

—¿Vas a rechazarlo?

Giró el rostro en mi dirección demasiado rápido.

No sé lo que vio, pero dio la sensación de que más que incomodarle mi debilidad le retorcía las tripas y le dolía, aunque, como de costumbre, se recompuso tan rápido que no llegué a saber si se trataba de un espejismo, de mi necesidad de encontrar aliados entre tanta hostilidad proveniente de fuera y de dentro.

—¿Es lo que quieres?

—Sí.

—Esta vez no hay trucos —matizó antes de sentenciar—: Lo rechazaré cuando me lo ofrezcan, Sadie. No quiero besarme en pantalla con alguien que me detesta.

La posibilidad de besarnos hizo que mi sangre hirviese porque evidentemente si la película se llevaba a cabo Jude y Libe tendrían su momento. Quizá no su final, pero sí disfrutarían de su amor.

—Gracias. —Solté el aire que no sabía que había contenido.

—No me las des. Es incómodo torturar a otra persona.

Vacilé por lo duras que habían sido sus palabras, porque creyese que besarle interpretando era una tortura, y recordé nuestra última noche juntos. No le saqué de su error, aunque puede que debiera haberlo hecho. Al menos, puntualizar ciertas cosas de aquel dolor gratuito que le causé.

—Dime algo. —Rompió el silencio y parpadeé confundida porque la tensión de mis músculos hubiese aflojado un poco—. ¿Por qué te escondes aquí? ¿Es por mí?

Negué con la cabeza. Que creyese que estaba allí para evitar que nos fotografiasen juntos o cualquier cosa similar me pareció absurdo. No obstante, tampoco podía confesarle la verdad. O no toda. Así que rescaté las fracciones que sí podía desvelarle sin sentirme mal por Austin o por mí y le dije:

—No aguanto que todo el mundo lo sepa.

—¿El qué?

—Que mi mejor momento se ha esfumado, hacen que yo también lo vea.

Me miró de arriba abajo otra vez, impactado por mis palabras, como si no pudiese dar crédito, y con los labios apretados destilando parte del rencor que yo sabía que me tenía dijo:

—Recuerdas que esta vez es sin mentiras, ¿verdad?

—Sí.

Estoy segura de que cada palabra que pronunció le dolió, pero, aun así, no se las calló.

—Sigues siendo la mejor actriz que hay en este evento, Sadie.

—Luego se puso de pie—. Cualquier cosa que intenten hacernos, antes de ir por libre, la comentamos.

—Asentí. Dacre llegó a la puerta y antes de irse habló sin mirarme—.

Es una pena que te escondas cuando mañana deberías ser la imagen del evento en todos los medios.

—No voy a posar contigo. —Le malinterpreté, y me aclaró sus palabras soltando antes una risa amarga.

—No te hace falta. La gente puede dudar de si el protagonista fue Nate o fui yo, pero no de ti.

Tú has sido la cabeza de cartel de la serie más exitosa de la plataforma, la única con nominaciones a los premios más prestigiosos de nuestro país y de otros continentes, la que ha obtenido cifras de taquilla que marean y provocan taquicardias...

Y estás en un armario. —Chasqueó la lengua—.

Este no es tu sitio, Sadie. Nunca lo ha sido y tampoco lo es hoy.

Se marchó al acabar y, después de un rato macerando sus palabras, yo también lo hice. Me puse de pie y salí durante la última media hora de fiesta.