3. SADIE
SADIE
Cuando compartía limusina con Dacre al inicio de nuestra historia, incluso antes, era diferente.
No sé por qué lo recordé, había subido a Hummers otras veces después de que lo nuestro hubiese acabado y ni siquiera se me había pasado por la cabeza, pero yendo con Austin lo hice.
Quizá porque las comparativas eran odiosas.
Quizá porque deseaba que el que ahora era mi novio me hubiese dado lo que el actor, con el que no llegué a compartir esa etiqueta, me dio.
Por lo general, las limusinas son amplias, lujosas, con espacio de sobra para dos.
Dacre siempre lo recortaba. Al principio, para atormentarme molestándome con su indeseada presencia.
Luego, para atormentarme de otras formas.
Sus manos me acariciaban las piernas, se aferraban a mis muslos y me subía encima de él a horcajadas.
Yo observaba la pantalla tintada, donde estaba el conductor, debatiéndome entre la vergüenza y el morbo, pero al final sus besos lograban que lo olvidara.
Viajar con él era estimulante, urgente y divertido.
Viajar con Austin siempre había sido más relajado.
Esa tarde había un silencio denso instalado entre ambos, mi interior gritando que le pusiera fin a esa pesadilla y me perdonara, mientras retorcía las manos, y miradas de reojo para comprobar que mi novio seguía observando su móvil porque no quería verme.
Porque le avergonzaba. Porque estaba enfadado.
Le había tenido que desvelar la verdad. No al principio.
Al principio, cuando salí con mi precioso vestido gris perla de caída rasa, tirantes, ceñido, con la espalda al descubierto, defendí que había sido mi elección, que me encantaba, que quería ponérmelo.
Después, tras comprobar el estado de profunda decepción en la que se sumía por mi criterio, se lo había confesado.
Han sido pocas las veces en mi vida en las que he buscado despertar compasión, empatía, pero esa había sido una de ellas.
Con mi mirada, con mi gesto estrangulado, con el balbuceo de mi voz al pronunciar su nombre en un susurro muerto.
Pero nada.
Austin no había comprendido que yo era la principal perjudicada y que me dolía, que necesitaba consuelo, y era extraño para mí porque nunca tendía a concederme el lujo de descargar mis inquietudes en otro, de buscar que me levantaran.
Desde ese momento tan solo me había dicho «Tenemos que irnos» y se había encerrado en su silencio.
Me removí incómoda en el asiento. Las luces de la ciudad pasaron por nuestro lado.
Acaricié el tejido de mi vestido, que siempre me había resultado suave al tacto, y lo sentí áspero, tosco, tela de mala calidad.
Lo había comprado años atrás en una tienda de barrio durante un paseo; lo había visto en el escaparate y me había enamorado de él.
El flechazo se había confirmado al pasar y probármelo.
Desde entonces cada vez que me lo ponía me sentía guapa, segura, bien retratada.
En aquel instante pensé que parecía cutre y barato.
Clavé la vista al frente y me dirigí al conductor.
—¿Falta mucho?
—Cinco minutos.
Austin continuó ignorándome.
La pantalla del conductor volvió a subirse y me dije que tenía cinco minutos para solucionarlo. Cinco minutos para arreglar la situación y poder estar feliz en la fiesta. Pero ¿cómo? ¿Cómo enmendar que los diseñadores de primer nivel ya no me quisiesen? Ladeé el cuerpo en su dirección y le dije:
—¿Podemos hablar? —El cinturón me molestó y tiré de él para que no me agobiase. Austin no dio señales de responder, así que añadí—: Por favor.
Tardó unos segundos antes de ceder, bloquear su teléfono y mirarme.
—Tú dirás.
Iba perfecto. Era perfecto. Austin hablaba tanto de la perfección que por un momento me dio la sensación de que la encarnaba.
Me reprendí por haber reclamado su atención sin tener claras cuáles iban a ser mis palabras.
No podía decirle la verdad, que era solo un vestido y que en realidad no me había ofendido tanto, que el que llevaba ahora no tenía un nombre de marca en la etiqueta, pero siempre me había parecido muy bonito, porque me acusaría de haber perdido la ambición; para él ese era el punto más importante de nuestra profesión y quizá estaba en lo cierto.
Tampoco que lo que menos necesitaba antes de ir a una fiesta y exponer mis inseguridades era que él las alimentara.
Sin opciones, viendo cómo la paciencia se le agotaba y el tiempo para aterrizar en la alfombra roja se estrechaba, le solté lo primero que me vino a la cabeza.
—No podía hacer nada.
—No, claro, tú nunca puedes... —respondió con sarcasmo, y tras unos segundos callado añadió con tono autoritario—: ¿Sabes lo que admiraba de ti? —No me pasó desapercibido que había empleado el tiempo en pasado. Negué con la cabeza—. Que eras el sueño de América.
— ¿El sueño de América? —vacilé, y se tomó la molestia de explicármelo.
—Tú lo encarnabas. La actriz que empieza desde abajo y llega a lo más alto.
Las escuelas de interpretación te utilizaban como ejemplo.
—Me halagó su comentario hasta que sentenció chasqueando la lengua—: Ahora tendrás suerte si a este ritmo dentro de unos años te recuerdan.
No es el vestido, Sadie, tan solo es un puto vestido, es que estás permitiendo que te arrebaten lo que has logrado sin oponer resistencia. Te has rendido, y solo se rinden los...
No llegó a decirlo, pero no le hizo falta. Podía completar la frase por mí misma: «Solo se rinden los perdedores».
La mirada me escoció y la garganta me ardió justo cuando llegamos. Quise decirle muchas cosas. Que era un impresentable. Un gilipollas. Que se fuera al infierno. Pero lo que salió de entre mis labios ligeramente abiertos por la impresión fue un:
—Lo siento.
Mi autoestima estaba débil.
—Pues ponle remedio.
Los gritos de las personas que nos esperaban fuera nos interrumpieron. Me quité el cinturón y le dije:
—Vamos.
Tenía la máxima de pararme siempre como deferencia con la gente que aguardaba en las alfombras rojas. Austin movió la cabeza de un lado a otro sin moverse del sitio.
—Saldré después de ti.
Sonreí.
Por las posiciones en las que nos encontrábamos era lo evidente.
Agarré la manilla y le dije divertida, olvidando lo que acababa de decirme:
—Eso ya lo sé.
—No, Sadie, no lo haces. Saldré después. —Arrugué el gesto temiendo estar comprendiendo lo que me decía y él me lo confirmó—. Cierra la puerta cuando estés fuera. Esperaré a que vayas por la mitad para hacer mi aparición.
Asentí en estado de shock. Austin no quería posar conmigo.
Me castigaba o se avergonzaba de mí. Ninguna de las dos opciones era buena.
Abandoné la limusina y, mientras me enfrentaba a fotógrafos, firmaba autógrafos y me tomaba instantáneas con el público luciendo una espléndida sonrisa, tuve frío.
Dentro de los huesos. Perforándome el alma.
A la gente no le extrañó que Austin saliese después.
O no le extrañó mucho.
Algunos artistas no querían ser fotografiados con su pareja cuando era su momento para no restarle protagonismo, y podía pasar por el caso.
Porque Austin era más importante que yo.
Mejor actor. Mejor todo. Me encontraba tan inmersa en ese pensamiento que me achicaba que ni siquiera reparé en que la mayoría de las personas que estaban allí eran pecadores y me reclamaban a mí, o que el coche de Dacre llegó y prácticamente olvidaron la existencia de mi novio.
«Actriz de segunda».
«Perdedora».
«Débil».
Las tres expresiones se repetían en bucle en mi cabeza cuando el actor que encarnaba a Traición descendió de su vehículo, me distinguió entre la multitud, se agarró a la puerta con fuerza y apretó la mandíbula como si tuviese delante un milagro y le jodiese porque no era el suyo.
«Actriz de segunda».
«Perdedora».
«Débil».
Era lo que resonaba en mi cabeza mientras Dacre me observaba como si fuese una maldita diosa.