Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 2. DACRE
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2. DACRE

DACRE

Hay gente a la que el traje de la mentira le viene grande.

Tropieza con su largo, se le enreda, se cae, y su verdadero cuerpo, el que trata de ocultar, se muestra a través de los huecos de la holgada tela.

Cameron, el hombre de la casa de acogida y vecino de mi abuela, era uno de ellos, y pensaba utilizarlo en mi beneficio.

—Adelantaos —le dije a Candice, que había venido con Agnes a visitarme a mi habitación del hotel en Nueva York.

—¿Y tú qué vas a hacer? —me preguntó con inocencia la niña.

—Una llamada —respondí, pero su madre me corrigió.

—El tío Dacre va a jugar a los detectives. —Conocía mi propósito y no había juicio en sus palabras.

—¿Te puedo ayudar? Siempre gano al Quién es quién —ofreció Agnes, y me agaché para quedar a su altura.

—No, pero muchas gracias, peque. —La despeiné con cariño y ella sonrió.

—Mucha suerte —se despidieron de mí, y salieron para unirse a Laura e ir juntas al evento. Su amistad y ese algo más que ellas tenían estaba sanando y Agnes la adoraba. «Laura es superguay»; recordé sus palabras, y sonreí, a pesar de que la chica de Producción todavía no me tragaba del todo.

Me quedé a solas. Ataviado para la fiesta, con un margen de media hora y una meta en mente.

Juliette lo había intentado, se había esforzado mucho, pero no había averiguado nada de mi padre biológico.

Llegaba mi turno y sabía exactamente lo que tenía que hacer.

Desenfundé el móvil que guardaba en el bolsillo, caminé hasta la cristalera con vistas a Central Park y busqué su contacto.

Los Sullivan siempre habían sido vecinos de mi abuela desde que se mudó después del accidente.

Es decir, desde que yo tenía memoria, aunque vivieron un tiempo fuera coincidiendo con el inicio y desarrollo de su enfermedad.

Recordé que de niño adoraba a la madre, Ruth, una mujer adelantada a su época que de joven había llevado el aserradero familiar en el que buena parte de las personas que compartían ese apellido trabajaban, hasta que tuvieron que venderlo y ella se dedicó en cuerpo y alma a cuidar a su hijo Logan.

En cambio, temía al padre, Brock, el hombre hosco de gesto huraño que se me quedaba mirando fijamente sin decir nada cuando yo jugaba en el jardín.

Personas corrientes que estaba convencido de que poseían la información que me interesaba.

Nunca quise saber del hombre que me había engendrado, pero que me negaran la información disparaba mi curiosidad.

Pulsé el contacto y llamé. Había preparado el terreno los días previos para que no sospechase, para que se confiase.

Así, telefoneaba con regularidad a Cameron con la excusa de conocer el estado de una obra de la que, en realidad, recibía vídeos explicativos diarios del jefe de la cuadrilla comentándome los avances.

El objetivo real era que me contestase sin pensar, y lo logré.

Observé mi reflejo en el cristal. Fuera atardecía y las calles de Manhattan se llenaban de una nueva vida mientras los edificios se tornaban dorados gracias a los últimos rayos. La resplandeciente ciudad vibraba constantemente con gente de todo tipo que siempre parecía tener prisa.

En un mundo en el que lo disruptivo estaba de moda, yo me había decantado por lo clásico.

Un elegante traje dos piezas oscuro que complementaba con la camisa blanca y una corbata fina negra.

Era mío. Sadie lo reconocería. Un guiño o un castigo, aún no sabía por qué lo había escogido.

Me lo había puesto tan solo otra vez. Una.

La noche que fui a Pacific Palisades y terminé con el traje mojado y el corazón hecho trizas.

El rencor y el dolor se me empezaron a adherir a las tripas y agradecí que en ese momento Cameron descolgara.

No era un recuerdo al que tuviese especial cariño, y últimamente venía demasiado a mi encuentro.

Me preparé para entrar en acción y el hombre habló.

—¿Qué hay, Dacre? Tenía pendiente llamarte para comentarte que han terminado de aislar el tejado y protege bastante bien.

Lo sabía. Aun así, no le corté y dejé que me lo explicara.

Por el ruido, Cameron iba andando por la calle y hacía mucho viento. Se resguardó en algún lugar para que le oyese mejor y una vez que hubo terminado le lancé mi pregunta.

—¿Quién era mi padre, Cameron?

Como cabría esperar, el interrogante le pilló desprevenido, pero respondió rápido.

—Nathan.

—¿ Qué Nathan?

Mis sospechas se confirmaron mientras él tardaba un segundo de más en contestar:

—El único Nathan que he conocido.

—Y que no se encuentra en los registros del instituto donde se supone que estudió.

Yo no había estudiado allí. Habían tratado de distanciarme todo lo posible del accidente.

Pero él sí. Y esa vez no solo tardó un segundo, tardó dos, y su voz sonaba incómoda cuando habló, como la de un niño enfurruñado porque está contando una mentira y, a pesar de defenderla a muerte con todas sus armas, se da cuenta de que le están pillando.

—Los registros estarán incorrectos.

—O lo incorrecto es la información que siempre me habéis dado. —Sonreí.

Cameron retomó la marcha convenientemente y el viento volvió a colarse feroz en nuestra conversación.

—Perdona, no te oigo. Estamos ante la primera nevada y las cosas se están poniendo muy feas. —Se escudó en una verdad para no tener que seguir hablando.

—Solo dime algo, ¿era una mala persona?

Al otro lado se hizo un silencio empañado por las inclemencias meteorológicas.

Le había dado muchas vueltas y era la única conclusión a la que había llegado.

Que se tratase de un cabrón, un absoluto cretino impresentable que hacía bien en no conocer.

A la gente no le gusta ensuciar la imagen de los muertos, verter mierda.

Los vuelven personas idílicas, seres de luz, incluso cuando no lo merecen, rescatando sus pocas acciones buenas.

Pero yo no tenía una imagen preconcebida de él.

No iban a rompérmela. De haberla, lo que opinaba de mi padre biológico pertenecía más a la actitud de su familia, que una vez que murió no quiso saber nada de mí, que al propio protagonista.

De esta manera, tan solo se trataba de resolver una incógnita, y entonces dejaría de insistir.

Sin embargo, Cameron no pudo contenerse y una verdad escapó de su traje de mentiras.

—Fue el mejor. —Percibí que estaba apretando los labios.

Luego colgó. Se disculpó por la tormenta y las manos que debía enguantar y dio por finalizada la llamada. Y yo me quedé ahí, frente a aquel cristal, con más ganas que nunca de averiguar, pero antes tenía que acudir a una fiesta.