1. SADIE
SADIE
La plataforma donde se emitió Averno cumplía quince años.
Para una cadena de televisión era poco, para una plataforma de streaming no.
Querían festejarlo y para ello organizaron una fiesta.
Se celebraría en Nueva York, en una de sus terrazas con impresionantes vistas, y teníamos que ir.
Habíamos sido una de sus ficciones estrella, buena parte de la audiencia se había suscrito por ella.
Nuestro elenco habría estado invitado en cualquier caso, pero la grabación del reencuentro nos otorgaba cierto estatus, una chispa de notoriedad.
Desde la productora pausaron el rodaje para que pudiésemos ir.
Aterrizamos el día antes y nos quedaríamos hasta el día después.
Mientras tanto disfrutábamos de una habitación en The Mark, frente a Central Park, y podíamos aprovechar la tarde previa para hacer lo que quisiéramos.
En mi caso, descansar. Dar un paseo tal vez y ver ponerse el sol desde la azotea del hotel.
Al menos, ese era el plan inicial, porque la realidad estaba siendo diferente.
Me encontraba en mi habitación y la llamada que acababa de recibir me había disparado el pulso.
«Relájate, Sadie, relájate. Él llevaba razón», me dije.
Tomé asiento en el sofá frente al ventanal que daba al pulmón de Manhattan.
La firma que me iba a prestar el vestido para el evento acababa de contactar conmigo para informarme de que finalmente no me lo dejarían.
Mi imagen no cumplía las expectativas del diseñador.
Lo lamentaban. Así de escuetas habían sido sus aclaraciones.
Imagino que de haber contado con Shonda esta habría puesto el grito en el cielo y les habría explicado que esas cosas no se hacían, menos cuando la gala se celebraba al día siguiente.
Después me habría consolado recordándome los múltiples diseñadores que aún me querían, algunos emergentes, francamente buenos, de estilo novedoso y rompedor de los que podría ser imagen, y me habría dicho que no me preocupara, a muchas artistas les habían sucedido cosas similares en el pasado, no era alarmante; además, me habría recordado que vestir marcas de lujo nunca había sido algo con lo que estuviera especialmente de acuerdo, aunque al final había pasado por el aro.
Sin darme cuenta me estaba convirtiendo en todo lo que no quería ser cuando empecé.
Pero Shonda ya no era mi representante.
Aquel hecho todavía me escocía, y eso que no la había reemplazado.
Sin embargo, no me había quedado más remedio que tomar esa decisión cuando Austin me detalló todas las razones por las que consideraba que nos encizañaba; la última y principal, su mentira sobre mi veto en la película que al final mi novio sí tenía que hacer si no quería pagar las penalizaciones de su contrato.
—A lo mejor ella no era consciente de los pormenores... —Había tratado de defenderla, pero Austin no me había dado opción.
—Lo sabía, Sadie, claro que lo sabía, pero engañarte la beneficiaba. ¿No lo ves? Quiere separarte de mí porque no soporta que yo desee lo mejor para ti y vea su ineptitud, por no mencionar que es amiga de Dacre.
No creía que la motivación de Shonda para engañarme fuese ejercer de celestina.
Es más, dudaba que de alguna manera Dacre pretendiese algo así.
No obstante, lo cierto era que antes de soltar una bomba de tal tamaño Shonda debería haberse asegurado.
Las consecuencias eran importantes y nos había hecho daño.
Así, al mismo tiempo me sentí mal por echarla de menos, por necesitarla, y por la inquietud que me recorrió las extremidades y me aceleró el pecho cuando el sonido del grifo del agua de la ducha se cortó.
Austin me había acompañado. No quería perdérselo.
Y estaba excesivamente entusiasmado por ese vestido en concreto.
Era de la mejor marca femenina y él vestiría un esmoquin de la mejor masculina.
«Las fotos quedarán espectaculares, Sadie.
Seremos la envidia de todo el puto Hollywood», me había dicho eufórico.
No sabía cómo planteárselo. Se enfadaría, eso seguro, lo que dudaba era de si con ellos o conmigo, de manera que cometí una estupidez.
Mentirle era absurdo, dado que se enteraría a la noche siguiente, pero creí que así dispondría de más margen para inventar una justificación convincente, incluso para decir que había sido decisión mía cuando yo no estuviese tan caliente, tan desbordada, y fuese capaz de actuar.
Atribuirme el hecho y evitar enfrentarme a su expresión de «Eres una fracasada».
Por eso, cuando salió del baño con la toalla enrollada a la cintura y al mirarme detectó mi gesto de contrariedad y me preguntó con el ceño fruncido: «¿Todo bien, Sadie?
», no pude más que interpretar un papel.
—De maravilla. Me molesta un poco la espalda. Creo que son las cervicales.
Aun estando mal era buena actriz, porque Austin sonrió, se situó detrás de mí y mientras me masajeaba los hombros por debajo de la camiseta dijo:
—Deberías ir más al gimnasio para coger tono. —Luego desvió la mirada a la ventana y añadió—: Central Park está precioso en esta época otoñal. Las fotos que nos tomen cuando vayamos a pasear van a ser cojonudas. ¿Has traído el gorro granate? Combinará con mi bufanda verde aceituna.
Me mordí el labio y me pregunté por qué las imágenes le importaban tanto cuando antes le daban igual, si seguiría creyendo que nuestra proyección como pareja era espectacular cuando a la noche siguiente apareciese ataviada con uno de mis vestidos viejos, y si el asfixiante nudo que se me había formado en la garganta se debía a que me sentía mal por engañarle o temía la decepción que Austin experimentaría cuando conociese la verdad, cuando supiese que estaba en la alfombra roja de la mano de la actriz de segunda en la que poco a poco me estaba convirtiendo.
Me agarré al borde del sofá sintiendo verdaderas ganas de chillar, como la noche del jacuzzi, y sonreí.
—Lo llevo en la maleta.
—Vamos a estar impresionantes.