6. NATE
NATE
Además de los acantilados escarpados y el lago había muchos rincones que descubrir a las afueras de Brookings, en la zona del camping. Senderos salvajes, rutas domesticadas, claros iluminados y vegetación frondosa que impedía el paso de la luz y hacía de los días noches.
Exploré muchos de ellos durante la grabación de Los nueve círculos .
Algunos por trabajo. Otros por Freddie.
Cuando el giro romántico de la relación de Jude y Libe fue demasiado evidente para poder negarlo, los guionistas comenzaron a trabajar en una nueva trama independiente para mi personaje. Un argumento ilusionante repleto de posibilidades.
Grababa muchos flashbacks en la naturaleza más pura.
Lo bueno de que fuésemos unos círculos milenarios era que se nos podía introducir en cualquier punto de la historia y tenía sentido, desde el origen del universo hasta la Edad Antigua, pasando por los vikingos, la Nueva Orleans del siglo XVIII, para hacerle un guiño a Entrevista con el vampiro , y la actualidad.
Los pecados formábamos parte de todas las sociedades y había mucho donde escarbar, donde investigar.
Como digo, su mundo no tenía límites. De hecho, fue solo un rumor, pero un rumor fundado en el interés y en las audiencias, que si lograban introducir personajes con gancho, estos podrían incluso llegar a tener su propio spin-off y el universo de Averno se expandiría más allá de lo imaginado.
Fue uno de los planes que jamás se cumplió por el final abrupto de la serie.
No tuvieron tiempo.
Y recorriendo antiguos senderos en busca de un lugar concreto me di cuenta de que me habría gustado que ocurriese, participar en aquella locura, hurgar en el pasado de mi personaje y continuar interpretándolo.
Ser profesor estaba bien, aunque las emociones eran distintas a las de mutar, a las de transformarte completamente como un superhéroe.
Todavía no sabía cuál de las dos cosas prefería.
Aparté unas ramas y continué el ascenso calándome la capucha del cortavientos.
La neblina se disipaba poco a poco, pero aún humedecía, y quería llegar al final lo más seco posible para que no me venciese el frío antes de alcanzar el lugar en el que Freddie y yo mantuvimos nuestra segunda conversación seria.
Después de las dificultades del principio tuvimos nuestro momento dulce, calmado, pausado, de amor.
Freddie venía a menudo a verme y el corazón me vibraba de una forma desconocida, como las notas sobre la cuerda de un violín que nunca se ha tocado.
Solía pedirme que me dejase la ropa de Rhett puesta cuando acababa la jornada.
Oscura, aparatosa, de guerrero, aunque luego se quejaba porque «Joder, tiene un millón de cremalleras, enganches y botones.
Es muy complicada de quitar», mientras chasqueaba la lengua teatralmente y se entregaba a desnudarme.
Yo solía sonrojarme y me dejaba llevar por la efervescente sensación de que estaba haciendo algo prohibido.
Sacar la ropa del set estaba del todo vetado.
En el sitio al que me dirigía vivimos uno de esos momentos y algo más.
Se trataba del enclave donde había rodado una de las supuestas batallas de la guerra de la Independencia y el Poder de Averno y donde Rhett, en calidad de señor de la Ira, había azuzado a ambos bandos manipulándolos desde dentro con sus hilos invisibles, y una vez terminada la matanza se paseaba satisfecho por el sendero de destrucción y soldados muertos que había creado.
Visualmente fue impresionante y a mí me supuso todo un reto.
Creo que se lo comenté tantas veces a Freddie que me propuso volver al día siguiente, cuando la grabación ya había terminado y los camiones de los diferentes equipos se habían marchado.
Distinguió una pared de roca que se parecía convenientemente a la de la escena de Crepúsculo y trató de cargarme a caballito, como hacía Edward con Bella antes de mostrarle su piel cubierta de purpurina.
Un segundo después los dos estábamos en el suelo riéndonos.
—Pesas una tonelada —se quejó, y bromeé.
—Y media. Tonelada y media, porque lo de que seas un flojo no lo contemplamos...
Me propinó un codazo suave en el costado y permanecimos un rato tumbados con las carcajadas haciéndonos cosquillas en la garganta. Al final él dijo:
—Es extraño, ¿sabes?
—¿El qué?
—Te quiero como pensaba que solo podía quererme a mí mismo.
Me coloqué de lado, apoyando el peso de la cabeza en la mano, y le consulté:
—¿Eso es malo?
—Es una declaración de mierda. Me da vértigo no estar a la altura.
—Poco a poco imitó mi postura y clavó sus ojos castaños en los míos—.
El otro día, cuando mencionamos la posibilidad de vivir juntos en un futuro y dijiste que te daba miedo fastidiarla porque a veces necesitas espacio, no estuve a la altura.
—Me escuchaste y asentiste, ¿qué más puedo pedir?
—Mucho, Nate, mucho . Por ejemplo, cuando más tarde estuve en casa y pude ordenar los pensamientos me di cuenta de que lo que debería haberte dicho es que no importa, que iremos a nuestro ritmo.
El tuyo y el mío. No tenemos que ser una pareja al uso.
¡Qué diablos! ¡Las parejas al uso no existen!
—Sonrió y me acarició la mano que tenía apoyada en el suelo repasando cada dedo con suavidad y cariño.
El estómago se me encogió de la impresión y se me puso la piel de gallina.
Freddie sonrió y creí que el corazón se me iba a salir de la caja torácica.
Esa era su magia—. El día que demos ese paso, si es que nos decidimos a darlo y no queremos ser una pareja en viviendas separadas, podemos alquilar una casa con dos habitaciones situadas en los extremos opuestos para que cuando no quieras verme no tengas que cruzarte conmigo, y cuando sí que te apetezca podamos dormir juntos, abrazados.
En mi cama siempre habrá un hueco para ti —bajó el volumen de su voz y la intensidad de sus palabras aumentó—, también en mi corazón.
No mentía al decirte que te quiero como pensé que solo podría quererme a mí, Nate.
Eso es lo que debería haberte dicho en lugar de asentir con la cabeza, por mucho que mis asentimientos sean condenadamente sexys.
Alcancé el lugar justo cuando los recuerdos escocían demasiado, e iba a bloquearlos.
Me dejé caer y me tumbé. Al instante, un par de lágrimas rodaron por mis mejillas.
No lo había superado. No lo superaría nunca.
Le quería incluso cuando mis entrañas chillaban que dejase de hacerlo porque no lo iba a recuperar.
Nunca. Jamás. Habían pasado años y nada entre nosotros había cambiado.
Bueno, eso no era del todo cierto.
Entonces estaba allí. En Brookings. Y me convencí de que eso debía de significar algo.
Iba a sacar el móvil cuando él se me adelantó, por supuesto, bajo la personalidad de mi amigo cibernético.
Le había avisado de que iba a hacer senderismo y que el día había amanecido nebuloso, e imaginé o quise creer que estaba preocupado.
A veces me molestaba su actitud. Me cabreaba.
Lo que estaba haciendo conmigo me parecía una broma cruel e innecesaria.
Otras, sentía verdadero pánico de que se acabara.
De que su motivación llegase a su fin y los mensajes terminaran.
Por eso no le confesaba que sabía quién era desde la primera frase.
Por eso me tragaba mis sentimientos y los aplastaba con los dientes cuando me escribía.
Por eso me amoldaba.
Porque no quería presionarle, pero las costillas me presionaban a mí.
Desbloqueé la pantalla y leí su mensaje.
¿Qué tal va la ruta de senderismo mañanera?
Emití una gutural risa ronca con la que asusté a los pájaros.
«¿En serio, Freddie, en serio?».
Fue la primera vez que me planteé no contestarle.
Pagarle con su propia medicina de silencios e incertidumbre, pero en el último instante no pude cumplir mi amenaza, mi deseo.
Atrapé mi labio inferior entre los dientes, lo mordí con rabia y con el sabor de la sangre adhiriéndose a mi paladar tecleé.
He venido al lugar en el que mi exnovio y yo hablamos de irnos a vivir juntos.
Ups, suena al tipo de tema del que no te apetece hablar.
Quiso librarse. Cualquier otro día lo habría dejado pasar. Pero ese no pude.
Lo cierto es que no me incomoda en absoluto.
Me abstuve de escribirle: «¿Te incomoda a ti? ¿Eh?».
La pasión y las ganas con las que se lo había enviado se desvanecieron cuando después de un rato en el que en la pantalla ponía «Escribiendo» no me envió nada.
Ahí vino el miedo. No el arrepentimiento.
Solo el temor afincado en mis vísceras. Me pregunté si ya estaría todo, si acababa de cansarse o de aburrirse, si nuestro segundo contacto en esta vida se había terminado.
Tuve tanto frío que me senté, me encogí sobre mí mismo con las piernas flexionadas y me abracé. El amor no debería ser eso. El amor no debería doler. Entonces, cuando la desesperanza amenazaba con desmenuzarme en pequeñas migajas, la pantalla brilló.
Háblame de él.
Conociéndole, sabía lo que le habría costado elegir ese texto entre todos con los que podría haber evitado la conversación, y sentí que algo estaba cambiando.
Fue mi primer amor, aunque antes tuve otra pareja. A veces creo que será el único.
Contuve el aliento y en esa ocasión tardó menos en responder:
Te diría que le olvidases, que es lo mejor, pero no me gusta invalidar las emociones ajenas, a pesar de que sería el consejo correcto.
Quise escribirle muchas cosas, decírselas, pero todas se resumían en:
Gracias por entenderlo.
Yo también he querido mucho.
Boom. Mi corazón me quebró en dos de un latido.
Volví a ser valiente.
¿En pasado?
No importa.
Adiviné que no debía insistir. Freddie se había abierto más de lo que lo había hecho durante meses y por el momento me resultó suficiente.
Bueno, cambiemos de conversación: ¿qué hay de ti?
Voy a empezar un trabajo.
Aquella también era una alteración en sus rutinas.
¿Sí?
Es un poco forzado, pero me temo que no puedo quejarme. Mi madre ha comprado un teatro. Quiere que la ayude con las obras, aunque no tengo ni puta idea de ese tipo de cosas, y que luego cuando abramos trabaje como empleado. No está mal. Tampoco bien. Solo es lo que es.
En todo ese tiempo nunca había hablado con sinceridad de sí mismo.
Sí me había confesado algunos de sus pensamientos, pero jamás hechos que me acercasen a él, a su verdadero yo.
Me pregunté si se debía a un despiste, a que en el fondo empezaba a resurgir la necesidad de que le descubriese, o si no existía ninguna razón, tan solo mi anhelo de hallar señales.
No obstante, fui precavido. Hasta estar seguro no podía dar más pasos.
Cuéntamelo todo.
¿Dispones de mucho tiempo? Va para largo.
Para ti el que necesites.
Con aquel brote de esperanza hundiendo sus raíces en mi interior, respiré el aroma de la naturaleza y acepté que lo único auténtico de aquella telaraña de mentiras era que Freddie en apariencia avanzaba y yo le esperaba en el bosque, en mi vida, con mi pecho, mis pulmones y mi corazón a su disposición.