Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 4. SADIE
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4. SADIE

SADIE

Mantuve la sonrisa hasta alcanzar una parte del pasillo de los decorados donde no había nadie.

Ahí mi expresión mutó y apreté los dientes con fuerza.

No sabía qué me molestaba más, si el intento por parte de Rose Plec de humillarme públicamente o lo mucho que me había afectado.

Las dos cosas. Torcí a la derecha y aceleré el paso.

En otro momento, en otras circunstancias, no me habría hecho tanto daño. Estaba convencida de ello. Pero la inseguridad se encontraba ahí, aferrada a mis huesos, y el recuerdo de aquella penosa primera lectura la había despertado. Sentía su latido en mi pecho, retumbando en mis oídos.

«¿Y si esa es la verdad y lo que has vivido estos últimos años una fantasía?

», me pregunté, y aumenté de tal modo el tamaño de mis zancadas y la velocidad para escapar de mis propios pensamientos que salí corriendo.

Creía haberlo superado, lo había hecho, no podía retornar a la etapa en la que dudaba de mis aptitudes, por mucho que mis últimos trabajos no funcionaran.

Sin embargo, el vídeo había puesto de manifiesto mis fallos, y la voz de mi madre comparándome con una roca y dinamitando las posibilidades que tendría de actuar profesionalmente había regresado de su destierro.

Corrí más rápido.

Las luces automáticas se encendían a mi paso, pero yo iba tan veloz que apenas les daba tiempo.

La respiración se me envalentonó y noté que el sudor se adueñaba de mi cuerpo.

Por mucho que me fastidiara, mi inquietud era algo que se vislumbraba por fuera y apreté el paso para alcanzar mi camerino y encerrarme.

De hecho, casi lo había logrado cuando las vi.

A ellas. Laura y Candice. Desconocía cuándo habían hablado, quizá en la cena, pero seguían conversando en mi puerta, como si nada, como si se hubiesen reencontrado, reconocido en el pasado y disfrutasen de descubrirse en el nuevo presente.

Es más, Laura lo estaba gozando tanto que ni siquiera apartó del todo la vista de la morena, o no lo hizo prestando la suficiente atención, por eso pronunció animada:

—Sadie, te estábamos esperando.

Mientras que Candice, más observadora, al menos esa tarde, dijo preocupada:

—¿Qué ha pasado?

Ni siquiera lo pensé cuando tiré de ellas y las metí en el interior de mi camerino.

Las solté, cerré la puerta y con las manos todavía apoyadas en la madera resoplé deshecha.

Mi pecho subía y bajaba con violencia. Toda actriz necesita a alguien con quien ser ella misma para no enloquecer.

Para mí esa era Laura. Una vez más relajada, cuando me giré, cuando me di la vuelta y la expresión de mi fiel amiga de Producción había cambiado, podría haberle pedido a Candice que saliera, que nos dejase intimidad.

Al fin y al cabo, llevábamos años sin mantener relación.

Sin embargo, al mirarla no me salió expulsarla.

Fui a la pequeña nevera que tenía en la estancia, abrí una botella de agua, le pegué un trago, me dejé caer en el asiento en el que me habían adecentado y les conté lo ocurrido.

—Son unos cabrones. No tenía ni idea —sentenció Laura. Su boca formaba una línea recta.

—Debéis andaros con cuidado —fue el aporte de Candice, y no me pasó desapercibido que hablaba en plural, por Dacre y por mí, porque, claro, ahora eran pareja y tenían una hija juntos, tuve que recordarme.

Como toda respuesta, encogí los hombros porque lo que buscaba era descargarme, no que me consolaran, y Laura salió para asegurarme una vía de escape despejada con la que llevarme de vuelta al resort. Lo lograría. Muchas veces ese era su trabajo. Nos dejó solas a Candice y a mí.

Mi antigua amiga apenas había cambiado con el paso de los años.

Sus ojos seguían siendo negros como la noche, la melena quizá algo más corta y su estilo impecable a la hora de vestir.

Habían citado a los humanos para grabar algún plano recurso, poca cosa, su recorrido se limitaba a la zona de los mortales.

Nos sonreímos y de repente reparé en la mano que había llevado cerrada todo el trayecto para que no se me escapase la sensación de su contacto.

La abrí con urgencia. La caricia de Dacre mientras grabábamos había llegado de manera inesperada, pero yo me había aferrado a ella y después la había atesorado.

Experimenté la culpa.

No podía enfadarme porque estuvieran juntos, aunque mentiría si dijese que me resultaba indiferente.

No obstante, a ella sí que podía molestarle nuestra actitud si malinterpretaba los hechos.

Dacre y yo hablando en el mirador de piedra, en el jacuzzi, dándonos la mano.

La foto. De pronto me di cuenta de que mis actos podían haberla conducido a la confusión, de que podían haber causado un conflicto entre ellos, a no ser que con Candice fuese diferente, que Dacre confiase en ella y la hiciese partícipe de lo que ocurría, que la quisiese de verdad, no como había hecho conmigo.

El posible amor entre ellos me escoció.

Supongo que estaba más preparada para imaginarlo follando que amando.

Aparté el pensamiento porque era demasiado sincero e inadmisible y me dispuse a darle una explicación.

—Candice, Dacre y yo... —balbuceé.

—Sois dos adultos que podéis hacer lo que os venga en gana, sin heriros, por supuesto.

—Adivinó lo que le iba a decir, y como había hecho antes pluralizó.

Me pregunté si sabría algo de nuestra última noche y su gesto me lo confirmó—.

Agnes no es su hija, él solo es su tío postizo y no es para menos, se ha portado igual que un hermano conmigo.

Aquello me pilló por sorpresa. Me descuadró. Sentí un repentino alivio, como si los pulmones pesaran menos, y no tendría que haber sido así. No quería que aquello me alegrara, pero lo hacía y mucho. Ella siguió hablando.

—Todavía no sé la razón por la que no se ha dignado a contártelo.

Imagino que su motivación tiene algo que ver con lo mucho que disfruta de tu confusión.

—Puso los ojos en blanco y negó con la cabeza del mismo modo que supuse que haría con su hija, como si Dacre y yo fuésemos dos niños pequeños.

Luego fijó los ojos en los míos—. No me tienes que dar explicaciones sobre este tema, aunque agradezco cualquier cotilleo.

—Sonrió para restar intensidad a la atmósfera del camerino y apoyó una mano sobre la mía—.

Lo que sí deberías preguntarte es la razón por la que escuchar esto de mis labios te ha gustado tanto.

No dije nada.

Tampoco lo negué.

Tan solo volví a encoger los dedos sobre sí mismos donde él me había tocado.

Candice salió a buscar a Laura y me dejó sola en aquel silencioso camerino.

Normalmente me encontraba cómoda con la quietud, pero ese día no, porque mis pensamientos eran demasiado intensos y no quería escucharlos.

No quería oír que, de nuevo, parecía caer bajo el embrujo de Dacre Stewart.

Poco a poco él me erosionaba, me hacía dudar, y no podía permitírmelo.

Tras tantas equivocaciones había aprendido que debía hacer caso a mi intuición, el problema era que mi intuición esa tarde resultaba confusa, estaba resquebrajada, el espejo que se rompe y no devuelve un reflejo claro.

Me había dado la mano, por impulso, sin premeditación, y lo único que Dacre ganó con ese gesto fue la mueca de confusión que se le dibujó en el rostro al percatarse de lo que estaba haciendo cuando la cámara dejó de grabar.

Sus dedos se habían cerrado como garras haciendo que el pánico en mi interior se empequeñeciese y... Dejé de pensar en lo sucedido.

Me levanté y me puse a dar vueltas por el camerino.

A lo largo de mi carrera había estado en camerinos más grandes y otros más pequeños, lujosos y utilitarios, pero todos tenían algo en común.

Eran fríos, a pesar de que la calefacción estuviese al máximo.

Estancias impersonales, como si hoy te perteneciesen a ti y mañana a otra persona.

Te hacían sentir que estabas de paso. Y esa era la sensación que más me dolía, la de que me movía sin dejar huella, la de que cuando todo acabara nadie se acordaría de mí.

Distinguí una caja en uno de los estantes.

Me di cuenta enseguida de que alguien se la había olvidado.

La abrí y descubrí que se trataba de una caja de música.

Y un detalle más. Pertenecía al tremendo merchandising de Averno que se vendía por todas partes.

En su interior había dos figuritas. Una era Dacre y la otra era yo, ataviados como Jude y Libe la noche del baile del salón en la que se despedían, cuando nuestros ensayos practicando la coreografía me llevaron a querer besarle.

«¿Ella le quiere?»; recordé la pregunta que le formulé a nuestra directora, Tabitha Mehta.

«Creo que si alguien puede quererlo es ella, Sadie. Nadie más. Es a la única persona o ser sobrenatural a quien él se lo permitiría».

Le di cuerda y nuestras versiones en miniatura comenzaron a moverse en círculos al compás de la melodía que sonaba en la escena.

Me resultó hipnótico y sobrecogedor y me permití recordar lo bonito que lo habíamos hecho, que no todo lo que hicimos estaba mal, que dimos vida a Jude y a Libe, creamos nuestra propia versión de su historia; sin nosotros no habrían sido los mismos.

En aquel momento alguien llamó a mi camerino, cerré la caja y contuve el aliento.

La dejé en el estante y fui hacia la puerta.

Reconozco que pensé que se trataba de Dacre.

Laura habría entrado sin llamar y no se me ocurría nadie más que pudiese venir a buscarme.

Me detuve al alcanzarla. No sabía muy bien el papel que debía interpretar, si debía interpretar alguno, y la confusión me resultó extraña.

Quería darle las gracias por apoyarme y a la vez lo que la verdad pudiese mostrarle me aterrorizaba.

Agarré el pomo, la puerta sonó de nuevo y abrí con el estómago encogido.

La persona que estaba al otro lado me hizo dar un paso atrás.

—¿Austin? —vacilé.

No sé si la reacción se debió a la impresión de encontrármelo allí, al rechazo que me producía o a que, después de atormentarme dándole vueltas a su traición, me había olvidado de su existencia.

Mi pareja, porque hasta que no rompiésemos continuaba siéndolo, había venido a Brookings y se le veía ojeroso, cansado y con el pelo, que normalmente le brillaba, lacio.

Me aparté a un lado y él entró. Cerré detrás.

Austin no me habló de inmediato. Caminó en pequeños círculos con la mirada baja, se le notaba alterado, se pasó la mano por la cabeza y cuando por fin la alzó sus ojos estaban acuosos y las ojeras en exceso oscuras, cosa que me preocupó.

Olvidé el dolor que me había causado y le escuché.

—¿Cómo has podido hacerme eso? ¿Cómo has podido...

creértelo? —demandó angustiado, y la sombra de una sospecha comenzó a tejerse en mi interior y me pellizcó el corazón—.

Yo jamás... Yo nunca... —Las palabras se le atropellaban.

La desesperación y la impotencia se tragaban su cara—.

Te quiero, joder. Estoy enamorado de ti.

¿Cómo piensas que...? ¿Cómo has creído que pediría que te vetasen para un papel...

? Jamás lo habría permitido, maldita sea.

He despedido a Aisha en cuanto me he enterado, pero no puedo sacarme de encima el dolor de que creyeses que fuera cierto.

Me lancé en sus brazos y le abracé. Yo tampoco podía creerlo.

Yo tampoco lograba entender cómo en lugar de llamarlo y solucionarlo en cuanto me había enterado desconfié de él.

Lo que había hecho no tenía nombre. Ninguno.

Me sentí la villana de la historia. La protagonista a la que gritas mientras lees un libro.

Hundí la cara en su pecho y presioné ansiosamente las manos con las que le agarraba por la espalda.

—Shonda Davis quiere separarnos —dijo.

Esa tarde rompí el contrato con mi representante.