Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 3. DACRE
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3. DACRE

DACRE

Lo que estábamos haciendo no era nada nuevo para nosotros. Hay dos grandes performances cuando trabajas en una superproducción. La primera, la que tiene lugar durante el rodaje, la interpretación al uso propiamente dicha. La segunda, durante la promoción.

A los espectadores les gusta creer (y los pecadores no eran la excepción) que parte de lo interpretado, de la mentira que es actuar, se traslada a la vida real y se transforma en una verdad, deseo más común incluso en las series o las películas juveniles.

En estas, cuando el elenco es joven y hay tramas corales, anhelan que sean amigos, cómplices, íntimos, identificar parte de sus personajes en los actores y las relaciones que tienen entre ellos.

Nuestro trabajo es hallar el equilibrio.

Darles lo que desean y a la vez no hacerlo.

Insinuar. A eso era a lo que nos habíamos dedicado durante toda la promoción de Averno y lo que estábamos haciendo durante esa entrevista del reencuentro, solo que cambiando lo que en el fondo querían ver.

Los pecadores anhelaban encontrar cualquier signo, una señal, de romance entre nosotros, acabado o inacabado, y no lo iban a obtener.

Por esa razón, teníamos que medir nuestras palabras, la mínima alteración de nuestro gesto o postura y las miradas traicioneras que, captadas por el objetivo de una cámara, nos podrían jugar una mala pasada.

Había muchas de esas cámaras enfocándonos, una presentadora sentada al lado que nos miraba de frente y la irremplazable presencia de Rose Plec, que vigilaba a sus chicos desde un rincón.

Nos habían citado en una sala multifunción que desde Arte habían adecentado.

Detrás teníamos un croma con el que añadirían textura ambiental a la escena a base de imágenes.

En este sentido, nos habían grabado desde que cada uno bajó de su coche, recorriendo los distintos pasillos que conducían a la sala hasta que por fin coincidimos, nuestro supuesto primer reencuentro entre los tres, porque todos sabían que Sadie y yo ya habíamos tenido uno previo.

No se nos estaba dando mal. En realidad, los tres lo estábamos haciendo bastante bien.

Nos habían hecho preguntas, nos habían puesto escenas de delante y detrás de las cámaras y estábamos respondiendo según lo previsto.

Según lo planeado. Sadie y yo nos habíamos quedado hasta muy tarde la noche anterior planificando cualquier escenario, y nuestro trabajo estaba dando sus resultados.

Me relajé.

Nos estaban retocando para un último pequeño tramo de esa segunda jornada y consulté el reloj que colgaba de una de las paredes.

Quedaba poco tiempo para que pudiesen cumplir con la programación y no nos explotarían mucho más.

Al principio, las respuestas siempre eran más frescas, más ocurrentes, estábamos más despiertos y animados, y era lo que querían: evitar el cansancio; con Los nueve círculos siempre había que estar al máximo.

Al día siguiente visitaríamos algunos escenarios exteriores, nos sentarían con los abrigos puestos y volverían a la carga (habían picado en todo lo que queríamos que picasen).

Hasta entonces podíamos descansar. O eso pensaba yo.

Terminaron de aplicarme los polvos, de acomodarme el pelo de nuevo, y el equipo de Maquillaje y Vestuario que tenía destinado para mí se marchó a la vez que lo hacía el de Nate.

Con Sadie permanecieron unos segundos más.

Querían una versión de ella más adulta y rompedora, y a la par que mantuviese retazos de la antigua.

Aquello requería un juego de sombras, cabello y vestuario muy medido, pero lo habían conseguido.

Se separaron de ella y me forcé a no mirarla.

Nos habían dicho que las cámaras no estarían recogiendo lo que hacíamos entre tomas, pero evidentemente era mentira.

Lo habíamos visto en las escenas que nos habían enseñado.

Muchas eran de la propia hemeroteca, los momentos más valorados por nuestro fandom o con una relevancia especial en el argumento, pero otras pertenecían a nuestro ámbito privado, a aquellos instantes en los que nos grababan entre claquetas y que yo había olvidado o, mejor dicho, me había forzado a no recordar.

Casi me habían desestabilizado.

Casi .

Nuestras sonrisas auténticas, las conversaciones en las que no se oía lo que decíamos, verla con el plumífero que siempre solía llevar y darme cuenta de cómo la miraba. La realidad estaba allí, aunque estuviese basada en mentiras.

La presentadora carraspeó para aclararse la garganta y bebió un sorbo de agua antes de anunciar que retomábamos la grabación.

—En este último tramo pondremos algunas tomas falsas. Podéis ir comentándolas en el directo. Ya sabéis, es algo divertido sin mayor trascendencia. Después os dejamos descansar. —Nos dedicó una sonrisa a los tres y se hizo a un lado para poder mirar a la pantalla donde se reproducían las imágenes.

Los vídeos no tardaron en sucederse. Clips cortos donde se nos trababa la lengua, parte del decorado peligraba (Nate se quedó con una puerta falsa en la mano), maldecíamos porque se nos había olvidado una línea del diálogo o nos partíamos de risa.

Nos pusimos en acción. Los tres comentamos, señalamos la pantalla y nos reímos.

La imagen se fundió a negro. Parecía que se había terminado.

Es más, me estaba levantando para quitarme el micrófono e irme cuando la pantalla comenzó a emitir de nuevo y me senté.

De inmediato reconocí aquel espacio del camping, la cabaña de yoga donde hacíamos las lecturas del guion; un escalofrío me trepó por la columna vertebral y adiviné el instante que se iba a reproducir antes de que empezase.

La primera fatídica lectura.

El impresentable de Lucien empezó a saludarnos en la pantalla y la presentadora rebuscó entre sus papeles.

—Esto no estaba previsto en la escaleta —dijo a alguien a su espalda, y la voz de Rose Plec resonó desde su rincón.

—Da igual. Déjalo. Ya que se ha colado vamos a verlo —pronunció como si fuera casualidad, aunque se trataba de algo completamente intencionado.

Sadie se tensó. Tanto ella como yo recordábamos lo que había pasado.

Nate quizá no tanto, y por eso parecía más tranquilo, pero porque Nate no le prestaba a Sadie la misma atención que le presté yo desde el inicio.

Volvieron a darle al play para reproducir el vídeo y me salí de mi papel para mirar con disimulo y de reojo a la chica de un modo que no pudiese ser captado.

Sonreía con la misma falsa determinación con la que lo hacía yo.

Automáticamente una de mis manos, la que estaba más cerca de ella, se deslizó hacia abajo, como en un espasmo que yo no había ordenado.

Devolví la vista al frente y no le encontré sentido a lo que acababa de hacer.

En la pantalla, Lucien terminó su discurso y Candice empezó la lectura del piloto.

—¿Te encuentras bien, Libe?

La cámara que nos había grabado aquel día sin que nosotros reparásemos en ella no se movía, estaba estática, y desde algún punto recogía todo el semicírculo del elenco sin entrar en primeros planos, tan solo una imagen global que, agradecí, no recogiera gestos, aunque tan solo había que escuchar el susurro terminado en gallo de Sadie en su primera intervención para saber cuál había sido el suyo.

—Eh, sí. No sé qué me ha pasado.

Es curioso cómo al ver las escenas desde fuera parecen diferentes.

Son distintas. En aquel momento, cuando mi enemistad con Sadie estaba más latente que nunca y me palpitaba en las venas, no me di cuenta de nada de lo que sucedía a nuestro alrededor, solo que aparte de ser una persona irritante era una actriz pésima.

Pero sí ocurrió algo. La gente se puso nerviosa.

Los actores se miraron, hubo cierta sensación de alarma porque la protagonista fuese tan mala.

En ese instante Sadie tampoco se percató, pero ahora estaba asistiendo a su juicio. Las puntas de los dedos me escocieron.

—Tranquila, Sadie, a todos nos cuesta coger el tono —se oyó decir al impresentable de Lucien, que nunca había vuelto a trabajar en la industria y se rumoreaba que iba a pasar un tiempo entre rejas.

La cosa no mejoró en los minutos que le siguieron.

Candice retomó la lectura, Sadie articuló un par de frases atropelladas y cuando dijo el «¿Perdón?

» de su línea leyéndolo en la tablet su voz sonó exagerada e impostada, desubicada, y hubo un murmullo generalizado.

Llegó el turno de otros actores, y yo sabía que la cosa se calmaría un poco, aunque no mucho.

El peso de la primera parte del episodio recaía en ella y salía prácticamente en todos los minutos.

La observé en la pantalla volviéndose a equivocar y percibí el ligero temblor de su mano, que cubrió con la otra amplificando la sonrisa.

—Todo el mundo tiene un día de nervios en el trabajo —bromeó la presentadora, consciente como lo éramos todos los que nos encontrábamos allí de que aquello estaba siendo profundamente incómodo e innecesario. Una cosa eran las tomas falsas. Otra, aquel nivel de humillación.

—Por supuesto —respondió la protagonista.

Dirigí la mirada a la esquina en la que se hallaba Rose Plec y me pregunté hasta dónde iba a llegar, si pensaba emitirlo todo, y por qué.

La razón no podía ser hundir gratuitamente a Sadie.

No tenía sentido. Hasta donde yo sabía la productora no odiaba a la actriz.

Es más, la tenía en alta estima por ser una de las primeras en confirmar para grabar el reencuentro.

Había algo que se me escapaba. Algo grande.

La productora me dedicó una sonrisa y enseguida lo adiviné.

Me estaba testando. A mí. Viendo hasta dónde estaba dispuesto a llegar para mantener la farsa, el dominio que ejercía sobre mis emociones.

Sadie no pediría que detuviesen el vídeo por orgullo, y si yo quería ganarle aquel pulso, tampoco.

Pero las imágenes continuaban reproduciéndose y a Sadie el temblor de la mano le alcanzó un pie, con el que comenzó a golpear el suelo, y el pecho, que empezó a subirle y bajarle con movimientos violentos.

Yo no quería que Rose Plec me venciese. No de ese modo.

Y tenía el suficiente control para permanecer opaco, inerte, como si no me estuviera afectando.

De habérmelo hecho a mí habría soportado el par de horas que duró la lectura y me habría ido de allí dándoles las gracias y con una sonrisa.

Sin embargo, se trataba de Sadie. Y yo ya sabía que ella estaba mal, joder.

Había visto el dolor en sus ojos hinchados al encontrarla en el jacuzzi.

De repente ser testigo de cómo sufría me pareció insoportable.

La única prueba que no era capaz de superar.

Fui a levantarme para pedir que detuviesen esa tortura cuando en el televisor Lucien le decía «¿Quieres que nos tomemos un descanso y empezamos de nuevo? », pero alguien se me adelantó.

—No quiero ver esto. Es cruel —dijo Nate, y suspiré aliviado; lo que quería había sucedido sin mi intervención.

Entonces la sonrisa de Rose Plec se ensanchó, mi corazón se saltó un latido y al descender con la vista me di cuenta de que la mano que había dejado caer ya no se encontraba en el hueco vacío entre ambos, sino que había agarrado la suya, la de Sadie, en un gesto involuntario que me había nacido de dentro, y cuando sus dedos se enlazaron con los míos un cañonazo me perforó las entrañas y todo quedó recogido para el puto reencuentro de los cojones que ya empezaba a pasarme factura.