Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 2. SADIE #2
28%

2. SADIE #2

Había venido a algo, a hablar de la maldita orden de rodaje que acababa de mencionar y yo aún no había visto, y no conseguir lo que quería con efecto inmediato le desesperaba.

Nunca se caracterizó por su paciencia. Pero debía tenerla.

Por lo menos hasta que yo recobrara las fuerzas, que era precisamente lo que estaba haciendo entre tanta actuación.

Esconder mis emociones por Austin para evitar echarme a llorar, porque solo después sería capaz de hablar de lo que fuera que le hubiera llevado hasta allí.

Pero había olvidado que Dacre podía ser inesperado.

Como el calor de su aliento.

Las palabras que susurradas a tu oído se tornaban densas como un hechizo.

—Te diré lo que va a pasar —murmuró al inclinarse, y el estómago se me contrajo de la impresión, ya que no me lo esperaba—.

Puedo meterme vestido y que hablemos. Puedo meterme desnudo y que hablemos.

O puedes salir, ponerte el albornoz y que hablemos en las tumbonas como dos personas civilizadas mientras te comes los sándwiches que te he traído.

Todo iba bien hasta la última parte. Hasta que mencionó la comida. Los ojos se me abrieron como platos y giré la cara demasiado rápido, impresionada. Él no tuvo tiempo de apartarse.

Había descuidado mi alimentación de nuevo. No había bajado a desayunar. Tampoco a comer. Menos a cenar. Me había alimentado a base de las barritas energéticas de la máquina que había en mi planta, pero no esperaba que Dacre se hubiese dado cuenta. Y menos que tratase de ponerle remedio.

—¿Me has traído la cena? —pregunté asombrada.

Aquello no formaba parte de nuestro acuerdo.

Cuidarnos era una línea roja que ambos sabíamos que teníamos que evitar a toda costa sin necesidad de establecerlo verbalmente.

Y es que yo no quería volver a las andadas con Dacre, y me había asegurado de que él tampoco.

Ignoré la tensión que se le había acumulado en la mandíbula por la proximidad y miré detrás de su hombro.

Por más que lo desease entonces (y estaba convencida de que lo hacía), ya no podía negar que me había llevado la cena, ya no podía dar marcha atrás, porque sobre una de las tumbonas distinguí la bolsa de la que no parecía especialmente orgulloso cuando devolví la vista a sus ojos.

—Si no te alimentas estarás débil y te necesito fuerte para que puedas pensar.

Me resultó una mentira convincente.

Dacre se levantó dispuesto a cumplir alguna de sus amenazas y, mientras le imitaba poniéndome en pie con el agua cayendo por mi cuerpo y el frío mordiéndome la piel, me pregunté si yo en su lugar habría hecho lo mismo.

Si le habría llevado comida de saber que estaba mal.

La respuesta era no. Quizá porque era más rencorosa.

Quizá porque tenía más motivos para odiarle.

Pero no podía olvidar que él también tenía motivos.

Sobre todo uno .

Y allí estaban los sándwiches.

Detesté su ambigüedad, el incomprensible razonamiento.

Me metí dentro del albornoz y lo anudé. Luego me puse las zapatillas blancas del hotel, una toalla en el pelo, y me senté en la tumbona en la que estaba la bolsa.

Solo entonces Dacre me miró como no lo había hecho mientras estaba en bañador, con un gesto oscuro y atormentado, como si la tela fuese transparente, la expresión de la última vez que me vio casi desnuda.

Abrí la bolsa para distraerme y deshacer todos los nudos que se habían formado en mi interior y comprobé que había cuatro mitades, dos de pavo con ensalada y otras dos de salami.

Alcé la vista impresionada con la intención de darle las gracias y él me contuvo.

—Son negocios. Te necesito con energía. —Repitió el mensaje que pretendía que calase. Agradecí su mentira y que no me pusiera en una situación delicada, como creer que la bondad habitaba en él.

Saqué la primera de las mitades, una de salami, y le di un bocado pequeñito con el que gruñí de placer.

Después lo devoré. Aquello le gustó, porque entre tanto autocontrol surgió una sonrisa con la que apenas movió los labios, pero que le alcanzó la mirada.

Tomó asiento enfrente. Nos mantuvimos en silencio hasta que me hube comido tres de las cuatro mitades y al final fui yo la que lo rompí cuando me di cuenta de que lo que fuera que le había tensionado los músculos le había abandonado y que había regresado al terreno neutral, el nuestro.

—¿Y bien? ¿Qué es tan importante para irrumpir en mi apacible baño?

En lugar de corregirme me reveló:

—Nos han citado mañana. A Nate, a ti y a mí. —Lo dijo como si le resultase extraño, pero en realidad...

—Es lo lógico, ¿no? Fuimos los protagonistas.

Evité caer en la antigua discusión de que la pareja principal según la trama eran Rhett y Libe. El tiempo había demostrado que, a pesar de no terminar juntos, la pareja que el público prefería, y por la que se refería a la serie, era la de Jude y Libe, dos nombres que siempre se recordaban unidos.

—Lógico, sí. Inteligente, no. Resaltará de qué lado de la balanza estaba la química.

—¿Qué propones?

—Que nos esforcemos mucho por darle visibilidad a Nate.

Hablamos de cómo hacerlo, de cómo contrarrestar la genuina intensidad de nuestras escenas ninguneándolas y potenciando la emoción de las que Libe tenía con Rhett.

No debería ser complicado. A fin de cuentas, se trataba de expresar opiniones, y podía fingir que la mía era contraria a la que realmente fue.

Por ejemplo, si me preguntaban (e iban a hacerlo) si fui Team Rhett o Team Jude, expondría que la relación con Rhett era más sana, más de corazón, mientras que con Jude se trataba de la víscera, de un capricho; no contestaría que con Ira fue un amor a primera vista, se querían porque tenían que quererse y todas las acciones de los personajes estaban guiadas, mientras que con Jude surgió del conocimiento del otro, de fraguarse sin pretenderlo.

Era un tema delicado, no podíamos herir los sentimientos de los pecadores que defendían a cada uno de los personajes y cabrearlos, pero después de un rato estuve convencida de que lo teníamos.

No menospreciábamos a Jude, sin embargo, lográbamos que se idealizase un poco menos el romance entre él y Libe.

Si lo que pretendía Rose Plec era reavivar esa conexión, no lo conseguiría.

Hice una bola con el papel que cubría los sándwiches y me levanté para tirarla en la papelera de reciclaje.

Al volver, me encontré a Dacre en actitud extraña.

Me sostenía la mirada, él siempre lo hacía, pero había cierto titubeo en sus ojos, como si las llamas verdes del hechizo que tenía dentro se acabasen de debilitar, expectantes ante lo que me iba a decir.

Por supuesto, su tono de voz no reveló nada, tampoco su postura erguida, solo ese brillo.

—¿Tienes algo bueno que decir de mí durante el rodaje?

Su pregunta me pilló desprevenida mientras me sentaba.

Me quité la toalla del pelo y el cabello cayó por debajo de mis hombros, como una cortina que me tapaba parte de la cara.

Lo aparté y vi que Dacre se fijaba en mis orejas y fruncía el ceño.

Acababa de darse cuenta de la operación estética.

No me molestó que lo hiciera, sí el fugaz gesto de absoluta confusión que le cruzó las facciones durante un parpadeo.

Sabía que mis orejas le gustaban. Durante el breve periodo de paz que hubo entre nosotros las acariciaba por detrás y por delante y me mordía el lóbulo.

Pero operarme, querer verme mejor, no era ninguna decisión que se pudiese juzgar desde fuera; lo que sí podía valorarse eran mis motivaciones, la razón por la que empezaron a atormentarme («Dumbo», «Son las alas con las que planea al volar», recordé algunos comentarios), aunque eso él no lo sabía y a mí no me gustaba reconocer hasta qué punto me influían las opiniones ajenas porque quería estar por encima de ellas, pero en realidad no lo estaba.

Adoraba a las protagonistas fuertes y decididas, y en mi exterior yo era una simulación perfecta de ellas, la imagen que proyectaba.

Mi interior, no obstante, era algo más ambiguo.

Nos mantuvimos la mirada e insistió con aparente indiferencia:

—¿Hay algo ?

Claro que lo había. De hecho, mucho. Por mi cabeza circularon imágenes que iban desde cuando se colocó en un lateral en el evento fan hasta la noche de la playa.

Muchas y apiñadas, huyendo en tropel por la pequeña grieta que se había abierto en la celda de máxima seguridad de mi cerebro en la que las tenía recluidas.

Apreté las manos disimuladamente para que no las viera y detener el torrente que amenazaba con desestabilizarme, sellé la brecha, y le devolví el guante.

—¿Tendrías algo bueno tú que decir de mí? —La sonrisa que le nació fue puro sarcasmo.

—¿Me creerías?

—No.

—Entonces vamos a inventarlas para cuando nos pregunten.