Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 2. SADIE
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2. SADIE

SADIE

Sumergí la cabeza en el jacuzzi y chillé.

Grité con todo lo que daban de sí mis pulmones atragantándome con el agua que entraba en mi boca.

No me importaba que la sensación fuese incómoda y asfixiante.

Lo necesitaba. Quería descargar la rabia, la impotencia.

Austin había tratado de ponerse en contacto conmigo varias veces desde la publicación de la fotografía y mi reacción había sido primero ignorarle y después lanzar el móvil a la otra punta de la cama y salir huyendo.

No quería escucharle. No quería oír sus excusas de mierda y, lo que era peor, que pretendiese que me las creyera.

Lo que había hecho no tenía justificación y me desquiciaba que, si todavía no era consciente de que conocía su artimaña, intentase recriminarme mi actitud en la foto promocional.

Tenía que hablar con él, iba a hablar con él, pero no era el momento.

Antes de eso deseaba recuperar algo de control, me conformaba con el poquito de dominio sobre mí misma que entonces no tenía.

Salí y cogí una angustiosa bocanada de aire.

El contraste de temperaturas, cálida en el interior y fría fuera, me saludó.

Hundí el cuerpo hasta cubrir los hombros con las burbujas que rompían rozándome la barbilla.

Me pregunté si nuestra relación estaba rota y me atoré con mi propia risa nerviosa.

El amor podía sobrevivir a muchas cosas, muchísimas, pero no a las mentiras.

Sucedió con Dacre y se repetía con Austin.

Apoyé la cabeza recostada en el borde de la piscina y la voz de Freddie me trajo un antiguo comentario que interrumpió mis pensamientos: «En el fondo no eres tan inocente como quieres creer, Sadie, porque te gustaba lo que sentías por él. Todavía te gusta. Y lo echas de menos».

Apreté los párpados con fuerza del mismo modo que lo había hecho ese día con los labios para no contestarle.

Mi relación con Freddie no se anestesió de la noche a la mañana.

Imaginaba que cada uno de nosotros tendría su versión y ninguna de las dos era cierta.

La verdad era una piedra lisa que se moldeaba en la mente de sus protagonistas.

Así, para mí, aguanté, aguanté y aguanté, y podría haber seguido aguantando porque le quería, porque lo ocurrido me dolía y porque le habría cedido mi propia piel de haber sido posible si no estaba conforme con la suya.

Pero al final me dejó sin salidas, instauró un muro al que no podía escalar, comenzó a cerrar la puerta de su habitación por dentro cuando iba a visitarle y a contestar con monosílabos a mis mensajes.

En su memoria no tenía del todo claro lo que había sucedido.

Quizá me culpó como en ocasiones hacía yo, tal vez dejé de parecerle una compañía adecuada.

Fuera como fuese, me prometí ser más lista la siguiente vez, no volver a fallarle, esa era mi única forma de compensarle.

Y me habían vuelto a engañar. «De nuevo.

Eres tonta», resonó en mi interior, y no me gustó porque hasta entonces los pensamientos intrusivos siempre habían estado enfocados a mi físico.

Me preocupaba que tomasen ese nuevo camino, que abriesen más grietas dentro de mí.

Si algún día me quitaba la máscara, cosa que no entraba en mis planes, estaría repleta de remiendos.

Sería horrible. Nadie querría mirarme. Con razón.

Me sobrevino un pinchazo agudo entre las costillas y me sumergí de nuevo para expulsar toda la bilis en forma de un grito que nadie podría oír.

Por supuesto, por segunda vez me atraganté.

Fue una sensación molesta, lo reconozco, pero la prefería a la de las lágrimas que luchaban por abrirse paso contra mi voluntad y escapar.

Llevaba llorando desde la conversación con Shonda.

Cuando terminó la sesión de fotos, salí por la puerta trasera de los estudios porque en la principal se habían congregado un puñado de pecadores y entré en el resort por la cocina porque frente al hall del hotel también había varios seguidores aguardando.

Había llorado en mi habitación debajo de las sábanas, en la ducha con la mampara cerrada y cubriéndome con un cojín.

Había llorado a todas horas, sin diferenciar la noche del día, y había fingido que estaba bien en las pocas ocasiones en que mi presencia se había requerido de forma obligatoria.

Camuflaba mi malestar con una espléndida sonrisa para las cámaras que también nos grababan puntualmente en el resort, aunque se suponía que estas imágenes no las iban a incluir en el documental.

Lo más triste era que no me había costado esforzarme. O no mucho.

Estaba acostumbrada a actuar, lo llevaba haciendo toda mi vida; paré durante una etapa puntual, pero después recobré mi armadura, las costumbres.

«En el fondo no eres tan inocente como quieres creer, Sadie, porque te gustaba lo que sentías por él.

Todavía te gusta. Y lo echas de menos». Esas palabras resonaron otra vez en mi interior y chillé más alto al borde de la asfixia.

Freddie no iba tan desencaminado. Me gustó ser yo cuando estaba con Dacre, liberarme y mostrarme como alguien digno de ver.

Debilidades, flaquezas, defectos, todas esas cosas a las que él parecía querer abrazar con la misma intensidad que a mis cualidades «positivas».

Pero había resultado ser una interpretación por su parte, igual que la de Austin.

Ninguna persona puede quererte y a la vez transformarte en un arma arrojadiza para conseguir algo. El amor y la ambición no son incompatibles. El amor y el profundo dolor sí. Atraía a las personas equivocadas y me enamoraba de ellas. Había algo malo dentro de mí.

Salí con el pelo pegado a la cara. Me lo aparté de malas maneras.

Había perdido a la parte de mi familia que me importaba, mi carrera y aparentemente a mi novio, ¿qué más podía pasar?

Mejor dicho, ¿podía ocurrir algo peor? Sí, por supuesto que sí.

Entre la telaraña de gotas que se había formado en mis pestañas distinguí una silueta que se interponía entre la noche y yo, y adiviné de quién se trataba antes de enfocar y que hablase.

—Espero que tal exhibición de efusividad se deba a que estás tan contenta como yo por la orden de rodaje que hemos recibido —dijo Dacre.

Maldije mi suerte. El complejo tenía dos jacuzzis exteriores, además de los propios del spa.

Estaban situados a ambos lados del resort, en las torres que lo custodiaban.

También había una piscina al aire libre en el edificio central.

El actor podía haber elegido cualquiera de ellos.

O ninguno, si teníamos en cuenta la temperatura a la que estábamos, que él sí que había ido a la cena y que al día siguiente teníamos que trabajar. Pero había terminado allí.

Conmigo.

Su presencia me irritó profundamente.

Me había cuidado de que las luces estuviesen apagadas, pidiéndoselo al director del hotel, para hacer que el resto de los espacios fueran más atrayentes que este, pero en aquel instante se encendieron, deduje que Dacre lo había solicitado, porque dijo:

—Así mejor.

Me pareció una broma de mal gusto, la idea de un cámara infiltrado con un sentido del humor que no entendía.

Las luces de las diferentes piscinas eran de colores, cambiaban según el día y a elección de alguien del resort que yo desconocía.

Pues esa noche, en mi jacuzzi, era el turno del verde.

Fosforito, brillante, y aun así no era tan parecido a una aurora boreal ártica como cuando me encontré con la mirada de Dacre.

El actor estaba inclinado hacia mí, de pie, demasiado cerca para mi gusto y el de mis terminaciones nerviosas, que se encendieron.

Vestía completamente de negro, como la noche nublada que le enmarcaba por detrás, y por un instante me pareció que, escondidos entre sus facciones controladas, sus ojos me estudiaban, escarbaban, y le exasperaba no ser capaz de lo que quería: leerme.

En el acto me di cuenta de que hacer esa suposición era una pésima idea.

Había muchas cosas mal en aquella alianza con Dacre, pero la principal era volver a confiar en él.

Creer que las razones por las que me enamoré de él existían, continuaban existiendo.

Fantasear con que se encontraba allí porque se preocupaba por mí después de verme en el camerino, y no por sus propios intereses.

Debía tener cuidado. Proteger mi siempre errático corazón.

Esbocé la expresión indiferente que siempre le dedicaba y me acomodé.

—Estoy muy relajada, Dacre...

—Ya se ve.

—Utiliza cualquiera de las otras piscinas. Están libres. Y seguro que eres mejor recibido.

Apoyé de nuevo la cabeza en el borde, él cerró los ojos para cargarse de paciencia un segundo y su mano... Su maldita mano me pasó muy cerca, o quizá fue la potencia con la que empujó el agua al dejarse caer en el lateral y hundirla.

—Está caliente... —apreció con una cadencia que me llevó a sospechar que intentaba examinarme de nuevo, y me produjo una extraña satisfacción comprobar que, de nuevo también, no lo lograba.

Dacre no lo sabía, pero cuando algo le irritaba emitía un pequeño ruido, como un soplido expulsando el aire de los pulmones, como el siseo de una peligrosa serpiente antes de clavar los dientes, similar al cascabeleo o la expresión de advertencia que ponía cuando algo le cabreaba, pero más suave.

Más sutil. Dudaba que mucha gente se hubiese dado cuenta, del mismo modo que sabía que cuando estaba enfadado nadie se quedaba indiferente.

Reprimí una sonrisa. Los capítulos del libro que durante tanto tiempo Dacre había leído ahora se escribían en un idioma extraño, y aquello me gustó, no ser evidente por lo menos para él.

—Ese es el punto, ¿no? —dije, como si no me diese cuenta de que mi actitud le estaba crispando.