Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 1. DACRE
26%

1. DACRE

DACRE

En toda producción que se precie hay escenarios recurrentes.

Quizá no son tan espectaculares o llamativos como los de las batallas o los que se usan para una escena clave.

Pero son necesarios. A los espectadores les gusta reconocerlos.

Su familiaridad. Sentirse en casa. La cotidianidad con lo que lo falso parece más verdadero. El Grill era eso en Averno .

Se trataba de un local apartado del propio Brookings, a la salida de una carretera.

Cuando llegamos estaba en ruinas, con maderas tapiando las ventanas y la puerta maltrecha.

Grabamos algunas escenas de flashback de la primera temporada allí, así como las visiones que hablaban de un futuro postapocalíptico.

Luego lo adecentaron. Limpiaron las paredes, restauraron la puerta y colocaron ventanas.

Lo mismo con su interior. Se convirtió de esta manera en el lugar al que las humanas iban a hablar, los pecados bebían y en ocasiones el caos se desataba.

También se hacían fiestas. Muchas. Casi siempre disfrazados.

Un espacio multifunción que cuando terminamos compró un inversor para hacer negocio, como con todas nuestras cosas, y que esa noche habían reservado desde Producción para llevarnos a cenar y ya de paso sacarnos del castillo, quiero decir, del resort.

Estábamos todos. Todos menos Sadie. Detalle que no me había pasado desapercibido.

Los coches con los actores habían ido llegando escalonados, pero el suyo no había aparecido y tampoco iba a hacerlo.

Saludé a Gascón. Le dediqué un «Hola» y él me respondió «Qué pasa, tío» con una descarada sonrisa de indiferencia, para situarse a continuación en otra mesa.

Al final, terminé con la persona que había previsto desde el inicio: Candice.

Nos sentamos a una de las mesas del fondo y la chica se dejó caer estratégicamente dando la espalda al resto del mundo.

Me gustaba su compañía, aunque en aquellos instantes los nervios la tuviesen un poco ausente entre tanto ruido.

No se debía a Agnes. Habíamos estado con ella en el hotel, le habíamos dado de cenar, le habíamos leído su cuento y se había quedado dormida.

En aquellos momentos una cuidadora profesional contratada por la productora vigilaba su sueño para que Candice socializara.

Sus nervios se debían a que todavía no había hablado ni con Sadie ni con Laura.

Las evitaba. Y nos encontrábamos en la segunda jornada de grabaciones.

Las excusas para no cruzarse con ellas se le acababan.

Ese día las entrevistas habían sido muy personalizadas, enfocadas en cada uno de nosotros y aislándonos un poco del resto.

Pero no sería así para siempre.

Ella lo sabía y le inquietaba; era consciente de que yo ya había coincidido con la actriz de ojos de loba y tan solo me había preguntado:

—¿Se lo has contado? —en referencia a la falsa paternidad que me habían atribuido.

—No le debo ninguna explicación de mi vida.

—Disfrutas atormentándola.

Desde que me lo dijo la noche anterior había estado tentado de preguntarle, de consultarle como si no viniese a cuento, por ese «atormentándola» que me había perforado el cerebro.

«¿Por qué debería atormentarla que tú y yo tuviésemos una hija juntos?

». Si no lo había hecho era porque conocía de sobra la respuesta y me hubiera gustado demasiado escucharla.

Resistirme lo había sentido como una victoria.

A fin de cuentas, Sadie me había dejado demasiado clara la opinión que tenía sobre mi verdadero yo en nuestro último encuentro en el puñetero Pacific...

; mira, ni siquiera quería completar el nombre del sitio.

Chasqueé la lengua.

Me saqué de la cabeza a Sadie, me saqué de la cabeza sus putas lágrimas y analicé la decoración del Grill.

Las diferencias con respecto al escenario que desde Arte habían construido en su momento eran mínimas.

Las tablas de madera, los bancos acolchados, la barra, el billar donde protagonicé con Libe una escena muy socorrida en ese tipo de ficciones y las lámparas de araña verdes que hacían un guiño a mis ojos.

Aun adaptado a la vida real, todo seguía igual, incluso la mirada de desprecio que me dedicó Laura al encontrarme con sus ojos, una mirada que llevaba acompañándome desde que herí a su amiga y que ahora se acentuaba por la chica que tenía enfrente y que era incapaz de echarse kétchup en su hamburguesa abierta.

—¿Quieres...? —Le ofrecí mi ayuda.

—Por favor. —Resopló.

Le quité el kétchup y con un simple movimiento bañé su comida en salsa.

—¿Me puedes contar ahora qué te pasa, Candice?

—No sé si esto ha sido buena idea.

Apoyó los codos en la mesa, descansó la cara en el hueco de las manos y suspiró.

Habíamos hablado muchas veces sobre el final de Averno y el modo en el que se habían deshecho de nosotros.

En algunas ocasiones desde la autocompasión, sobre todo por su parte, detallando lo mucho que le había afectado y cómo había minado su autoestima que la considerasen tan irrelevante.

Otras riéndonos desde el sofá de nuestro piso por la forma en que la habían jodido al final.

No obstante, a esas alturas Candice tenía superado el tema profesional.

No necesitaba que Rose Plec la validara para sentirse buena actriz.

Así pues, deduje, su nerviosismo se debía más al presente que al pasado, a cierta chica de pelo corto que no había podido olvidar.

Dudé durante un buen rato sobre si preguntarle o no y finalmente lo hice.

—¿Por qué nunca tuviste nada con Laura?

Los ojos de Candice se abrieron como platos.

—Menudo disparo tan gratuito, Dacre —me acusó.

Durante el rodaje era bastante evidente que se gustaban y siempre había tenido la duda de por qué no había sucedido nada entre ellas si era mutuo.

Es más, cuando se presentó en mi piso de Nueva Orleans y puse la mente en orden tras la sorpresa inicial, también le pregunté por qué razón no había acudido a ella.

«Te prefiero a ti. Cuando te comparas con lo peor no pareces tan malo», fue su respuesta, y tiempo después se disculpó por esas palabras.

Candice jamás era hiriente, así que entendí que era el nombre de la chica de Producción lo que la había desestabilizado y traté de no volver a mencionárselo.

Llegamos al pacto no verbal de no hablar de ellas.

Yo, desde que una noche volvió a salir y más tarde la escuché en su habitación llorando; ella, desde que me vio regresar de mi último encuentro con su amiga sumido en el odio y la desesperación más profundos.

Hasta entonces había funcionado. Eliminarlas de nuestra relación.

Pero allí estábamos. Y evitarlas era del todo imposible.

Me preparé para que Candice me recomendase meterme en mis asuntos con toda la razón y ella contratacó con una sonrisa.

—¿Por qué llevas desde ayer intentando sonsacarle a todo el mundo el estado de ánimo de Sadie y si le ha pasado algo desde que ha llegado al rodaje? Al resto los engañas porque lo haces parecer casual entre tus demás preguntas, pero a mí no.

Era cierto, lo había hecho, y a Candice no le había pasado desapercibido. Me sostuvo la mirada y le confesé:

—Porque quiero saber.

Me devolvió la misma moneda de sinceridad.

—Porque Laura eligió mal el momento. Me declaró sus sentimientos la noche que me despidieron, después de nuestro baño nocturno en aquella playa escocesa, y no creí poder soportar perder dos cosas que me importaban en tan poco tiempo, así que mentí y la rechacé.

Si no comenzábamos nada, no podía acabarse.

Pero me equivoqué, porque sucedió de todas formas, terminamos alejándonos.

—¿Te arrepientes?

—Me castigo. Cuando algo no sucede tiendes a idealizarlo y la fantasía que imaginas es de esas en las que te quedarías a vivir, como un tráiler o una película, los mejores minutos de una relación condensados.

Nadie se flagela reproduciendo las discusiones, solo los instantes bonitos.

—Ahí se confundía. En las pocas ocasiones en las que me había permitido practicar ese ejercicio con Sadie, yo sí los traía a mi mente porque echaba de menos incluso las peleas.

El modo de desafiarme. La forma de hacerme reflexionar y aprender.

La mirada de Candice se desplazó por mis facciones para estudiarme y me preguntó—: ¿Qué es lo que no me has contado?

Le había hablado de nuestra conversación en el mirador de piedra, del plan y de que para la foto se lo había saltado.

—La vi llorar.

—¿Por...?

—No tuve nada que ver.

Candice asintió. Me gustó que me creyese sin reservas, que confiase en mí. Guardaba fidelidad a su amiga a pesar del tiempo transcurrido, pero ahora también me quería a mí. Imagino que su cerebro hizo malabares para tratar de protegernos a ambos.

—Antes, cuando he ido al lavabo, he escuchado a Shonda hablando con ella. Le deseaba un buen baño en el jacuzzi.

Arqueé las cejas por si acaso no la había entendido bien.

—¿Insinúas que debería ir?

—Te digo dónde puedes encontrarla. Lo que hagas con la información es cosa tuya.

El corazón me palpitó con fiereza. El hecho de no saber y tener su última imagen devastada clavada en la retina me estaba matando.

Aunque necesitaba una excusa. Una razón.

Para ella y para mí. Por su bien y por el mío.

Y como si el universo por una vez estuviese conspirando de nuestro lado, la orden de rodaje del día siguiente llegó y me dio un motivo.

—Si me levanto es probable que Laura venga a ocupar mi lugar. No parece el tipo de persona que evade las situaciones —la advertí, y Candice me dio la razón.

—No, ella las enfrenta de cara. Me decepcionaría que hubiese cambiado.

—¿Quieres que me quede? —le ofrecí sinceramente. Era de las pocas personas que antepondría a uno de mis deseos.

—Quiero vivir esta experiencia sin temor a encontrármela, y dejar de fantasear con cómo será nuestro reencuentro. Entre tantos momentos inventados necesito uno auténtico.

Le acaricié la mejilla con un inusual gesto de cariño.

—Por si te sirve, estoy bastante seguro de que se acaba de poner celosa.

—Vete a la mierda. Y ten cuidado. —Rio.

—Dirás que lo tenga ella.

—No. Eres tú el que me preocupa, Dacre.

Y me dedicó la misma mirada que la primera y última vez que me derrumbé en sus brazos.