Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 6. FREDDIE
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6. FREDDIE

FREDDIE

El hospital fue una ilusión.

Cuando la expareja de Nate me roció con el ácido que iba destinado a él no sufrí lo que se esperaba que sufriera mientras estaba ingresado.

Imagino que me quería engañar a mí mismo.

Que no era consciente de la gravedad. Que me encontraba en estado de shock y continuaba sintiéndome especial.

Las cosas malas, realmente malas, no les ocurren a los protagonistas. Algo así. Yo qué sé.

Vi películas en la cama con Nate, comí los platos de contrabando que me pasaba Sadie e incluso mantuve alguna conversación más seria con mi madre, que, en lugar de alegrarse como el resto de que lo sucedido no me hubiese afectado, aguardaba en silencio y con el gesto ligeramente contrariado dentro de su máscara.

Ella esperaba que mi estado de ánimo cambiase, como terminó sucediendo.

Confié en el dinero.

En la cirugía.

En que los dos juntos eran invencibles.

En que estaba por encima de la normalidad y me sobrepondría.

Era mentira.

No escuché al encogimiento de estómago cuando vi mi rostro sin las vendas la primera vez porque era una cara provisional, desde luego no la definitiva.

A lo mejor me quedaba alguna marca, una pequeña cicatriz de recuerdo.

Nada más. Podría vivir con ello. Silencié al eco mudo de mi corazón, que había subido hasta mis tímpanos, y continué con mi vida.

Tuve que hacerlo muchas veces.

Hasta que llegó el golpe de realidad.

Podían suavizar los efectos de la quemadura en mi piel, pero no reconstruirla por completo.

No serían capaces de devolverme el rostro que tanto amaba y del que me sentía profundamente orgulloso.

La primera cirugía me pareció insuficiente.

La segunda, una broma de mal gusto. En la tercera intenté estampar el puño en la cara del cirujano.

Fue en ese momento cuando me anunciaron que había alcanzado el tope, lo máximo a lo que podía aspirar con los avances científicos que había, y fue en ese momento cuando la bomba que habitaba en mi interior con una cuenta atrás explotó.

Tic-tac.

Boom.

Todavía notaba el efecto de su temblor en mis huesos.

El escenario en el que no me atrevía a pensar, porque no quería siquiera planteármelo, era el que estaba viviendo.

Regresé de la carrera que había dado bien entrada la noche, y al levantar la vista después de estirar me topé con que la luz del salón de la casa de Santa Bárbara estaba encendida.

Mi madre me esperaba, como de costumbre.

Vivía con ella. Con Claire. Me había quedado para la recuperación cuando salí del hospital y allí seguía.

Nada de aventuras por el mundo. No volví a captar la belleza.

Convivir con ella era sencillo. Entendía que los pensamientos oscuros existían, que eran fuertes, y no te exigía que les dieses la espalda por su propia comodidad. Poca gente soporta ver la oscuridad reflejada en las sombras de los ojos de las personas a las que quieren. Pero ella lo hacía.

A los demás mis ideas les dolían.

Creo que quien no ha pasado por un trauma similar difícilmente puede comprender que en ocasiones no es solo que no quieras luchar contra lo malo que hay en ti, sino que te apetece unirte a su ejército y ser uno de sus guerreros.

Abrazar el odio y la desesperación, enloquecer hasta que la rabia y la impotencia te consuman.

La expresión de Sadie mutaba cuando le decía que no quería que me viesen mis amigos y que quizá no volvería a querer nunca.

Nate no alcanzó a entender por qué no le acompañaba cuando se empeñaba en exhibirme públicamente para demostrarme lo poco que le importaba lo que me había ocurrido y que para él continuaba siendo perfecto.

Pero es que no era a él a quien tenía que importarle.

Era a mí.

Y me sentía un puto monstruo desfigurado.

El premio de consolación que le darían los titulares de lo bueno que era por continuar con su novio el deforme. Yo era cruel conmigo mismo, con él y con todos.

Llegué a detestarlos por su actitud. Por no permitirme quemar el mundo para que la Tierra, como yo, empezase de cero.

Suena frívolo, o así me lo hacían creer con sus intentos de restarle hierro, pero me martirizaba no ser guapo.

Que la gente parase de mirarme con el deseo que me había acompañado toda mi vida y comenzase a hacerlo con preocupación y cierto desagrado, con lástima.

A algunos desconocidos les daba miedo. Otros se preguntaban qué me habría ocurrido.

Rompí con Nate.

Pronto aprecié que el actor estaba enamorado de una versión de mí que ya no volvería y era injusto para ambos que tratase de traerla constantemente.

Lo dejé con él y me distancié de Sadie. Mi madre solo me hizo una advertencia.

—No hagas nada de lo que no puedas arrepentirte. —En el no estaba la clave de su mensaje, pero ese tipo de pensamientos jamás me pasaron por la cabeza. Quizá porque mi amor por la vida era lo que en el fondo más me jodía. Quería exprimirla en otro cuerpo y no podía cambiar el mío.

Transcurrieron los meses, los años, y mi hermana se convirtió en una actriz de éxito.

Parecía feliz cuando dejé de seguirle la pista a su carrera.

Lo que siempre había buscado. De Nate no sabía nada.

Era demasiado doloroso hacerlo. Y me parecía una buena señal porque significaba que había pasado página. Así debía ser.

Comencé a ir a terapia tiempo después del primer aniversario de lo sucedido porque mi madre me obligó como forma de contribuir en la casa.

«No pagas nada, ese será tu trabajo». Al principio, me resultó una pérdida absoluta de tiempo y de dinero, con unos progresos tan lentos que me sentía como una persona que cruza la interestatal en forma de caracol dejando un sendero de babas.

Pero la cosa comenzó a mejorar; la presión en mi interior, el olor a basura que se te instala al regodearte en la miseria.

Me creé un perfil falso para hablar con el actor.

Tan solo quería saber que estaba bien, que era feliz.

Confirmar mis deducciones y seguir adelante.

Y me encontré con dos cosas. Una bastante previsible, debo decir.

Me volví a enganchar a su personalidad. La volví a encontrar fascinante.

A fin de cuentas, si él no era el mismo, sí que era similar, y todas mis versiones se habrían sentido atraídas por Nate Levigne.

La segunda la leí entre líneas.

Le pesaba haber dejado la interpretación de primer nivel del modo en el que lo había hecho, de forma apresurada y carcomido por una culpa que no le pertenecía, pero ya no podía dar marcha atrás.

Quise darle la oportunidad de que su cinta se rebobinase.

Concederle que fuese capaz de averiguar si el modo de vida al que le habían conducido sus precipitadas decisiones era el que quería en ese momento o si debía retomar el otro.

Tras mucho pensar descubrí que Averno era lo único que tenía a mano para lograrlo.

Mi arma. Los rumores del reencuentro sonaban de manera consistente y utilicé el secreto que nadie me había contado, solo lo sospechaba, para conseguirlo.

La expresión de Dacre me confirmó que lo que siempre había pensado era cierto. Lo hizo en el acto. El muy cretino seguía apretando los labios cuando se hablaba de su amor por Sadie, como si muy a su pesar no quisiese que se le escapase de dentro, donde lo protegía.

Suspiré.

El documental estaba en marcha, yo ya había hecho mi trabajo y tenía que cortar las comunicaciones con Nate.

Me quedaba sin excusas para no revelarle mi identidad y me sobraban motivos para no querer hacerlo.

Pasé por casa y me encontré a mi madre sentada en el sofá, donde leía un libro con la espalda bien erguida.

Al final, había conseguido un trabajo estable en una biblioteca y recuperado algunos derechos de sus producciones después de varios juicios, lo que le había devuelto parte de su solvencia económica.

Colocó un marcapáginas, cerró la novela y estuve convencido de que me diría «Buenas noches» como siempre y, sin añadir nada más, subiría detrás de mí escaleras arriba, pero entonces habló y lo hizo con toda la calma y la seguridad del mundo, sin alterar un ápice su indescifrable mueca.

—Me dijiste que colaborarías con la economía familiar y volverías a trabajar el día que yo tuviese un teatro —me recordó, y estaba en lo cierto. Eso le había dicho, sí, en una de nuestras pocas discusiones acaloradas, y lo había hecho porque lo consideraba una posibilidad irrisoria.

—¿Y?

Su mirada se clavó en la mía.

—Pues que el lunes regresas a la actividad laboral. Me he comprado uno.

En mitad de aquella revelación aprendí que yo no era el único con poder para tomar decisiones por los demás y me pregunté por qué entonces, qué pretendía, si mi madre ganaba algo. Claire Dawson desempolvaba su figura y salía al terreno de juego llevándome con ella; ¿por qué...?

—¿Y si me niego? —traté de resistirme.

—Es innegociable, y por nada del mundo puedes romper tu palabra. —Puso fin a su intervención, e irritado adiviné que iba a tener que jugar.