Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 5. DACRE
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5. DACRE

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No sabía a qué coño estaba jugando Sadie, pero fingí que sí porque solo había una cosa que soportaba menos que las sorpresas: ser el gilipollas que las recibía.

Aguanté la máscara ante la cara de estupor de nuestros compañeros, la soporté cuando Rose Plec me felicitó («Vaya, vaya, cuántas cosas tenéis guardadas») y la apuntalé cuando Shonda me vio buscar a Sadie y me indicó: «Se ha ido a su camerino.

No me gusta lo que estáis haciendo, pero sé que intentar disuadirte de algo es inútil».

Entonces sí, me largué.

Me fui directo al camerino de Sadie Sanders, donde la actriz enterraba la cabeza para esconderse, con la intención de decirle todas las cosas que me bullían en las venas.

Por ejemplo, que decidir ser cómplices y luego ir por libre está mal.

Por ejemplo, que por su culpa iba a tener esa puta raja del vestido en todas mis pesadillas a partir de ese momento.

Se había encaramado a mí de un modo sexy y provocativo, y en lo único en lo que podía pensar era en que no había sido suficiente, no en que acababa de joderme la estrategia.

Me deslicé por los pasillos sin que nadie me interceptara y pasé directamente a su camerino.

Ni siquiera me planteé que pudiese estar cambiándose, deshaciéndose del maldito vestido para ponerse su propia ropa.

Gracias al cielo la encontré vestida. Lo agradeció mi cuerpo y toda la anatomía que había despertado de golpe de un largo proceso de letargo.

En aquellos años, por inusual que pareciese, no había follado.

Lo había intentado. Dios y el diablo saben que lo había querido hacer con todas mis fuerzas y en diferentes ubicaciones.

Pero en el último instante nunca me apetecía.

Me daba pereza. Ninguna persona me llamaba lo suficiente.

Creía que era porque el empacho de sexo que había tenido desde mi adolescencia le había restado encanto al asunto.

Pero entonces descubrí que se trataba de Sadie, porque al distinguir su silueta de espaldas con todas sus curvas marcándose en lo único en que pude pensar fue en que me apetecía follármela de todas las maneras posibles hasta que el jodido universo implosionase.

Pero me contuve.

Apoyé el cuerpo en el marco de la puerta que había cerrado, me coloqué la careta de suficiencia y le dije en tono de advertencia:

—No me gustan las sorpresas, Sadie.

Respondió sin darse la vuelta.

—Solo ha sido la pose de una fotografía. Te recomiendo que lo superes.

—Y una mierda.

Sadie no hacía las cosas porque sí. Tampoco era tan buena mentirosa como yo.

Sabía que no me engañaba al sumarse al plan en el mirador de piedra ni tampoco después, en el salón del trono, al ejecutarlo.

Si lo había hecho, si se había salido del papel, era porque existía un motivo, y yo quería conocerlo.

Me aburrí de andarme con delicadezas y en dos zancadas estuve a su lado.

La agarré del brazo con suavidad para obligarla a encararse a mí y mientras miraba la sujeción preguntó:

—¿Qué narices crees que haces?

Era simple.

—Hablar.

Se zafó del agarre, su mirada ascendió y...

A Sadie se le notaba cuando lloraba. Creo que por eso durante un tiempo fue incapaz de hacerlo en pantalla.

Hay gente que llora de manera comedida, discreta, como un suspiro o un carraspeo elegante y educado.

Sadie no era así. Cuando Sadie lloraba se convulsionaba y expulsaba las lágrimas contenidas, cabreada, con tanta fiereza que el rostro se le ponía rojo y se mantenía del mismo color durante varios minutos después de acabar.

Así estaba cuando la encontré. Deshecha.

Devastada. Demudada. La humedad todavía se aferraba a sus pestañas y tenía la nariz irritada, la zona encima del labio mojada.

Nunca me gustó verla llorar.

Ni cuando yo lo provocaba, ni cuando actuaba, ni cuando no tenía ni puta idea de qué le pasaba.

Verla llorar de agonía es de esas cosas que sabes que están mal.

Como abandonar mascotas, robar a ancianos o herir a alguien que quieres.

No deberían suceder y punto. Inmediatamente me desinflé. Inmediatamente ella se dio cuenta.

—No lo hagas —me avisó con los labios apretados.

—¿El qué?

—Compadecerme, consolarme. Lo empeorarías.

No soy muy dado a obedecer, pero en aquella ocasión lo hice. Obedecí a sus suplicantes ojos, que me pedían que me marchara, y me fui del camerino sin exigirle explicaciones. Hice lo que me había pedido, sí, pero en lo que quedaba de día no pude sacarme sus lágrimas de la cabeza.