Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 4. SADIE
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4. SADIE

SADIE

Habría podido ir directamente a la sesión fotográfica cuando vinieron a buscarme, pero en el último instante reculé. Nada tuvo que ver con Dacre. Caminaba con la persona de Dirección que me acompañaba por el pasillo de los camerinos cuando distinguí el nombre que me hizo frenar.

—Adelántate, ahora mismo voy.

Ella leyó el nombre, mi expresión inamovible, y asintió, aunque su gesto revelaba que no estaba conforme con que nos retrasásemos. Adivinó que no tenía alternativa. Yo no iba a ceder. En la puerta ponía N ATE . Y me urgía hablar con él.

Nate Levigne y yo mantuvimos el contacto mucho tiempo después de que mi hermano le dejase, imagino que porque para ambos el otro era la conexión con el Freddie del pasado.

Gracias a nuestra relación le recordábamos.

Le traíamos de vuelta. Pero hubo un momento en el que la memoria se tornó dolorosa porque distaba, y mucho, de lo que estábamos viviendo, como si ambas versiones de mi mellizo fuesen irreconciliables, y poco a poco dejamos de comunicarnos, de consolarnos, de hablar.

Nos convertimos en la clase de personas que se felicitan las Navidades y los cumpleaños con mensajes que cada vez son más breves hasta que ocupan una sola palabra: «Felicidades».

Golpeé la madera y aguardé a que me abriese.

Nate Levigne estaba exactamente igual, tanto por fuera como por dentro, puede que un poco más fuerte por el trabajo en la granja de su abuela donde ayudaba. Me alegró comprobar que había recuperado la luz en la mirada y la paz en una expresión que durante bastante tiempo vi tambalear.

Se portó muy bien con mi hermano. Fue paciente, comprensivo y estuvo presente.

Nunca le abandonó. Le quiso hasta que Freddie no pudo soportar más su amor.

Tuve el pálpito de que el rubio aún seguía amándolo, aunque fuese como a un recuerdo, porque cuando me vio se deshizo un poco, las pupilas le traicionaron y fueron directas a los escasos rasgos que compartía con mi mellizo.

—Sadie... —La voz le sonó ronca, raspada. Noté que un cúmulo de lágrimas se agolpaban detrás de mis ojos. Habíamos vivido muchas cosas juntos. Demasiadas. Hospitales y desgracias. Quise abrazarle y en su lugar balbuceé.

—Sé que ha pasado demasiado tiempo, pero...

No me hizo falta verbalizarlo. Nate tiró de mí y me atrajo con la precaución y la delicadeza que solo él tenía.

Apoyé la mejilla en su pecho y cerré los brazos en torno a su cuerpo.

Hay personas con las que cuesta un mundo dar el paso, reconciliarte, volver a conectar tras una ausencia; y hay otras con las que simplemente sucede, creo, porque te sale de dentro.

Con Nate sucedió así. El impulso me aupó y me alzó hacia él.

Podía llevarme mal con Dacre, podía estar confundida con la situación de Candice, pero no soportaría la fría indiferencia o la lejanía con el chico dentro del cual residía la última porción cálida del corazón de mi hermano.

—Lo siento. —Levanté la barbilla al soltarnos para mirarlo—. Era complicado.

—Mucho —reconoció él.

—¿Crees que podremos soportarlo?

Hablar de Averno en el documental con Nate iba a ser hablar de la relación que fraguó con Freddie desde que se conocieron en la presentación del tráiler de la serie en Los Ángeles, cuando perdieron mi maleta y llamó a la puerta de la habitación de hotel que yo compartía con mi hermano.

—Creo que somos más fuertes de lo que pensamos —sentenció, y supe que dolería, pero que las cosas que duelen también se pasan.

Nos sonreímos y echamos a andar a la vez. Necesitaba solucionar nuestras circunstancias y estar bien con él antes de meterme de lleno en el nido de víboras que era la grabación del reencuentro. Suficientes frentes tenía abiertos. No deseaba más. Mucho menos con alguien a quien quería.

Cuando llegamos al plató exterior que habían preparado para la sesión me pregunté de quién habría sido la idea de hacerlo allí.

Al aire libre. No se podía confiar en la meteorología de Brookings ni siquiera cuando las previsiones dijesen lo contrario.

No obstante, ese día el cielo parecía despejado, salvo por alguna nube, y no daba la sensación de que se fuese a desatar ninguna tormenta.

Estaba equivocada.

Me acerqué a mi equipo mientras Nate hacía lo mismo con el suyo y nos retocaron el maquillaje, el pelo y el vestuario.

Luego, nos indicaron que debíamos encaminarnos al arco de rosas gótico, en el que nos especificarían dónde situarnos.

Estaba yendo hacia allí cuando distinguí a Shonda en un lateral, apartada.

Mi representante discutía abiertamente con alguien por teléfono, y en el último segundo decidí ir a su encuentro.

Poseer una información que Shonda Davis no sabía era excitante.

Continué con la intención de contarle lo que Austin me había dicho y la alcancé justo cuando decía:

—No me pidas que me calme, Bran. Nadie en la historia de la humanidad ha logrado tranquilizarse con esa frase. Pensaré en lo que me has dicho, rumiaré todo lo que tenga que rumiar y más tarde te devuelvo la llamada, cuando me nazca ser educada.

Escuchó lo que respondían al otro lado y sin más colgó.

Acto seguido, se quitó las gafas para limpiarlas con la manga de su camisa.

Hacía eso cuando estaba estresada. Quizá no era el mejor momento para revelarle la información.

No obstante, puede que tardase en tener otro igual.

Y quería que lo supiera por mí. Su relación con Austin no era buena y le culparía aun sin tener ninguna prueba.

Yo quería contárselo de forma objetiva, defender a mi novio.

Él no tenía la culpa de que ambos no les cuadrásemos y le eligiesen a él.

Aguardé hasta que se puso de nuevo las lentes.

Shonda dio media vuelta y al encontrarse conmigo la expresión le mutó.

No me esperaba. En un principio, no supe descifrarla.

Parecía que le incomodaba mi presencia y que al mismo tiempo me compadecía.

Abrió la boca para decir algo, pero al final reculó.

Cambió de idea y dijo otra cosa. Lo supe porque, cuando Shonda se tragaba unas palabras, se le veía.

—Sadie, deberías ir a hacerte las fotos... —apuntó, y la corté.

—Tengo que contarte una cosa.

—Después.

—Pero es que no puede esperar. —La impaciencia me pudo—. Austin me ha llamado esta mañana. Ya sé por qué nos han descartado para el papel.

Su mirada se desplegó y dibujó el gesto de mayor desprecio de todos cuantos le había visto.

—Un segundo: no solo ha tenido la desfachatez de pedir específicamente que te aparten del proyecto si querían contar con él, sino que además...

¿te ha llamado para contártelo? ¿Cómo cojones se hace eso?

¿Cómo narices se traiciona a la persona que en apariencia quieres y se lo trasladas en una llamadita?

¿Acaso está orgulloso? ¿Puede justificarlo... ? —refunfuñó indignada.

De un tiempo a esa parte me consideraba una buena actriz, pero ahí no pude disimular.

La sorpresa. El impacto. El flechazo que me atravesó y el boquete que me había causado.

Los pies me fallaron. Tuve náuseas, noté cómo la sangre de la herida abierta goteaba.

Como si me encontrase en un cubículo, las paredes cobrasen vida y me estrechasen.

La sensación fue claustrofóbica. Una cosa era aceptar que accediese a protagonizar una ficción sacrificándome y otra que él mismo hubiese pedido que me rechazaran.

O su equipo. Daba igual. Adiviné que Shonda acababa de enterarse en esa llamada y por eso aún no había calculado que yo no lo sabía, que la información que yo tenía estaba sesgada, que solo conocía la que beneficiaba a Austin.

—Sadie... No dejes que te influya —apuntó cuando comenzaron a llamarme para que acudiese a tomarme la maldita fotografía, pero no podía moverme del sitio.

Estaba clavada—. ¿Sabes qué? Voy a sacarte de aquí.

Inventaré cualquier excusa. Si hace falta fingiré un tropiezo.

Nadie puede culparte porque cuides de mí si me hago daño. Eres buena persona y...

La interrumpí apretando los labios.

—No. Quiero hacerlo.

Pocas veces se conoce la intrahistoria de una fotografía, pero aquí va la de esta.

Abandoné a Shonda mientras trataba de detenerme y lo hice a conciencia.

Con la rabia, la frustración y la tristeza guiando mis pasos.

Como una cerilla prendida. Con la tormenta que no caía fuera descargando en mis huesos.

Oí atentamente dónde me situaban y me coloqué entre Dacre y Nate.

Ni siquiera le vi a él, a Dacre , porque delante de mis ojos circulaban otras imágenes.

La mía atrayendo a Austin en los primeros photocalls cuando no le pedían que posase.

Un beso.

Sus manos enredándose para deshacer con urgencia los nudos de la espalda de un vestido y nuestras risas.

«Prométeme que nuestro trabajo no se interpondrá entre nosotros».

«Te lo prometo».

Las videollamadas en las giras.

Correr a su encuentro en el aeropuerto.

«Me han dado el papel, Sadie, es para una producción de mierda, pero al menos no estoy acabado».

«Confía más en ti».

El boom.

Su primera portada.

La multiplicación de likes en sus posts .

Cientos de personas en su primera gira.

Mi primer fracaso.

«No te preocupes, irá bien».

Su segundo éxito.

Mi película que no despegó.

Austin, una foto en el photocall y su mano tirando de la mía.

«Sales conmigo, Sadie. Siempre juntos».

«Siempre».

Mi tercera mala fortuna.

Llorar.

«Deberías dejar a tu agente».

«No voy a hacerlo».

«Tú misma».

Fueron muchos los momentos que se me pasaron por la cabeza en ese instante.

Bonitos, neutros, regulares. Pero cuando me obligaron a volver porque habían dado las indicaciones y todos estábamos colocados, solo quedaba el último.

El que me disoció y me hizo salir de mí.

El que durante un lapso me convirtió en otra persona.

Porque no quería ser yo misma. Alguien tan fácil de engañar.

Me lo habían hecho dos veces y ambas habían sido personas a las que amaba.

A las que me había entregado y que después de conocerme habían determinado que mis sentimientos no valían nada, que yo no valía nada.

Salí de mi cuerpo, me contemplé y me desprecié.

«Eres idiota, Sadie». Quise pagarle a Austin con la misma moneda.

Devolverle parte de su dolor. E hice una tontería.

Sin pensar. Sin meditar. Desde la venganza.

El fotógrafo se llevó la cámara al ojo para disparar y justo cuando iba a hacerlo ladeé el cuerpo en dirección a Dacre provocando que la raja de mi muslo se abriera y se mostrara, esbocé una expresión que bien valdría ser el póster de una película, le toqué la mano y con el otro brazo le agarré dejando caer parte de mi peso sobre él.

Estoy segura de que en algún despacho dieron aplausos.

También que a Dacre le costó disimular la tensión que se acumuló en su mandíbula al sentirme.

Fue una imagen grupal, pero solo se nos veía a nosotros.

A Sadie y Dacre siendo más Libe y Jude que nunca.

La Libe y el Jude que los pecadores anhelaban.

Una fotografía a la que era imposible resistirse y que alcanzó un millón de likes a los minutos de que la colgaran.

—Un éxito, ha sido un éxito —dijeron después en los mismos despachos.

Hicimos lo imposible.

Superamos las previsiones más optimistas.

Yo solo quería que Austin sufriera del mismo modo que yo lo estaba haciendo, porque en el fondo no era tan buena persona como creía, y lo que conseguí fue una imagen que tuvo todavía más efecto que la que Rose Plec pretendía con la encerrona en el salón, porque esa Libe que parecía que iba a arrasar con el mundo gustó a los telespectadores, quienes empezaron a hacer conjeturas sobre el potencial que tendría el regreso de su personaje, y a pedir que volviese como solo lo sabe hacer una audiencia enardecida, exigiéndolo.