Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 3. DACRE
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3. DACRE

DACRE

A aquel saludo, con el que saboteamos el plan de la productora, le siguió una conversación banal para hacerle un guiño al fandom y así destensarnos.

—Han arreglado la pata del trono con la que intentaste matarme. —Usé un tono más ronco del que pretendía, haciendo alusión a la vez que su personaje creyó que podría terminar con el mío de un estacazo como a un vampiro.

—Qué decepción. —A ella casi le falló la voz, pero se recompuso para corregirme—. Aunque fue Libe, Dacre, no yo.

Un poco más de teatro y nos separaron. Ya no nos querían allí.

Habíamos grabado la escena que habían planificado, aunque no les hubiera salido como en su escaleta.

Al final, si atendíamos a la imagen, ella había quedado como la reina, firme y enderezada, y yo había clavado la rodilla en el suelo.

Acudí directamente a mi camerino para tranquilizarme.

Tocarla había sido mucho peor de lo que había imaginado.

La sentía por todas partes, incluso en las vísceras, enroscada con fuerza.

El vestido, la raja, el hormigueo en las puntas de los dedos que se había trasladado al resto de mi cuerpo.

Agradecí que volviesen rápido a por mí. Una vez que tuvieron lo que querían, no valía la pena posponer la excusa que nos habían puesto para estar en ese lugar.

Me guiaron hasta uno de los patios de las naves, donde habían colocado un arco de flores con eucalipto, paniculata blanca y rosas rojas para emular a los grandes clásicos del romance paranormal, como Crepúsculo .

En el lateral había una mesa con café, zumos, agua, bollos, bocadillos y tostadas.

Candice estaba allí. Se había camuflado entre el elenco de humanos y evitaba con empeño que su mirada conectase con la de la chica de producción, Laura.

Todavía no había ni rastro de Nate o Sadie.

Él llegaría el último y ella estaría recuperándose, previsiblemente enfadada porque su piel me había saludado.

Se le había encendido y puesto de gallina en la zona que le había rozado, y a pesar del breve contacto yo solo había querido seguir ahí acariciándola.

Me la saqué de la cabeza haciendo un especial esfuerzo para que la imagen de la puta raja y su muslo desapareciese de mi cerebro, donde parecía que se había incrustado, y paseé la vista por el lugar.

Pronto localicé a alguien a quien me apetecía ver.

Gascón. Era una de las pocas personas del rodaje a las que había echado de menos.

Me encaminé hacia él y una sonrisa genuina me brotó cuando me percaté de que, por fin, por una maldita vez, lucía el look que deseaba y por supuesto merecía.

Ropa estrambótica, trasparencias y... ¿pezoneras?

Mi sonrisa se acentuó. A mí me parecía un estilismo horrible, propio de algunas bandas de rock.

Él estaría encantado. Llegué a su altura, estaba junto a los bocadillos que no había probado.

En su lugar, tenía un vaso de batido verde.

Le saludé mientras le daba un trago vislumbrando el escenario y le dije:

—¿No te parece demasiado? Se te va a salir un huevo. —Me refería a los pantalones, en exceso ceñidos. Una broma para romper el hielo. La manera de entablar una conversación.

Antes era fácil. Al menos, con él. Pero Gascón ya no era la misma persona, y no solo físicamente. Me lo demostró en la primera oportunidad que tuvo. Se giró hacia mí, me dedicó la sonrisa que conocía y que entonces me pareció un tanto diferente, y tan solo me dijo sin alterar el tono:

—Que te quede una cosa clara, Dacre, tú y yo no somos amigos.

Fue una declaración de intenciones con la que me anunciaba que no me iba a poner las cosas sencillas, que el actor que derrochaba inseguridad y ternura se había ido y el nuevo no confiaba en mí. No pude culparle. A fin de cuentas, al otro le quería y aun así le abandoné.